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27 abril 2012 |
“Así que tú eres la nueva. Vaya, ¡vas a poner la ciudad patas arriba con esa falda naranja y esos guantes largos! ¿Por qué no te pasas por la galería mañana sobre las cinco? Verás la exposición y conocerás a Roy (ese Roy no era otro que Lichtenstein). ¡Es su inauguración, y podrías quedarte a la fiesta”, así cuenta la autora, Annie Cohen-Solal, cómo fue su primer encuentro con Leo Castelli, en 1989, recién nombrada agregada cultural de la embajada francesa en Nueva York. A partir de entonces y hasta su muerte, en 1999, formó parte de “la familia” Castelli.
Leo le enseñó todo sobre el arte estadounidense y le abrió las puertas de la comunidad intelectual y artística norteamericana, le presentó al escritor Calvin Tomkins, a coleccionistas como los Dayton y Barbara Jakobson, a los conservadores Christian Ileana y Michael Sonnabend, y a artistas, como Jasper Johns, con quien el galerista mantenía una relación muy estrecha (su obra, Racing Thoughts, 1983, está inspirada en la vida del galerista, y la Castelli Galery la vendió a Jane y Bob Meyerhoff por 850.000 dólares).
Cuando decide escribir esta biografía se da cuenta de que todo lo que sabe es lo que le ha querido contar Leo, sus amantes, sus esposas, sus hijos: “Todas mis impresiones se forman en el contexto de Nueva York en la década de los noventa, en un mundo que era el de Leo, bajo el hechizo y la coreografía de Leo, el imcomparable creador de mitos (…). ¿Por qué Castelli parecía empeñado –a base de repetir sin descanso las mismas historias por muy elegantes que fueran– en que su autorretrato llevara a un callejón sin salida cuando alguien intentaba conocerle de verdad?”. Y en pos de la búsqueda del gran secreto oculto del galerista, inició una investigación, que se puede calificar casi de policial, a partir de las pocas pistas que le había dejado. Buscó su rastro y el de su familia en Trieste, Udine, Venecia, Monte San Savino, Milán, Viena, Budapest, Siklós, Bucarest, París, Sao Paulo, San Francisco, Nueva York, buceando en archivos, entrevistándose con documentalistas, historiadores, rabinos, primos, sobrinos, visitó todas las casas donde había vivido, las tumbas de sus antepasados en los cementerios judíos de Italia y Hungría.
El resultado de esa búsqueda es la primera parte del libro, en la que la autora, a la vez que desentraña la historia de la familia Castelli, va desmenuzando el devenir del judaísmo y su diáspora europea. Así, la historia comienza en San Savino (la Toscana) en 1656, sigue en Trieste, Viena, Bucarest, París. En períodos clave, como el Imperio austrohúngaro, la Primera Guerra Mundial, cuando la familia se tiene que trasladar de Trieste a Viena; su vida en París con su mujer Illeana, de donde tienen que huir ante el avance de las tropas nazis en Francia por el origen judío de él (aunque él no se considere judío y diga “los judíos más burgueses se sentían a la vez integrados y rechazados (…) por mi parte, fui un declarado defensor de la asimilación y si era un agnóstico tradicional, lo era, debo admitirlo, por motivos sociales”) y de su mujer; su llegada a Ellis Island (Nueva York) el 12 de marzo de 1941; la Segunda Guerra Mundial, cuando vuelve desde Estados Unidos a Europa formando parte del Servicio de Inteligencia Militar, por su conocimiento del Viejo Continente y por los cuatro idiomas que domina: italiano, alemán, francés e inglés. También asistiremos a sus primeros escarceos en el arte, cuando en 1939 inicia el camino que le conducirá, dieciocho años después, a su verdadera vocación, al asociarse con René Drouin para abrir la Galerie d’Art Decoratif en la plaza Vendôme, donde el 5 de julio de ese mismo año inauguran su primera y única exposición.
La segunda parte de la obra es la que engloba los años de 1946 a 1956, donde tiene lugar la metamorfosis de Leo Castelli, de europeo típico a puro estadounidense (y no sólo por haber conseguido la ciudadanía), de aficionado a la vida social a su compromiso con el trabajo y el arte. Fueron los años en que se transformó la esencia artística de Nueva York, y Castelli con ella, pasando de obervador a protagonista. Veneraba el MoMA y se sentía deslumbrado por el genio de Alfred H. Barr, director y fundador del museo (y muy comprometido con la vanguardia europea, transformando su institución en un refugio para exiliados de la Vieja Europa): “Alfred Barr tenía en el MoMA una enciclopedia del arte europeo inconcenbible para ningún museo europeo de la época”. En un gesto simbólico, Leo donó una pieza de su colección al museo, un retrato de Gorky.
Es el momento del nacimiento de la Escuela de Nueva York, aunque la situación de los artistas norteamericanos, considerados durante décadas ciudadanos de segunda, aún habría que librar una gran batalla frente a los bastiones del filesteísmo. Y ésta sería precisamente la batalla a la que se sumaría Castelli. A lo largo de estos diez años ayudaría a este emergente mundillo artístico, establecería alianzas, ejercería de comisario independiente y en agente de la obra de Kandinsky en Estados Unidos; en definitiva, sería el vínculo entre el Viejo y el Nuevo Mundo, lo que alguien definió como o el “intermediario transatlántico”.
La tercera parte del libro recoge el período de 1957 a 1998, ya como líder absoluto del arte estadounidense. El 3 de febrero de 1957, Leo Castelli inauguró su primer espacio de arte en Nueva York: el salón y la habitación de su hija se convirtieron en una galería improvisada y como todo distintivo, simplemente colocó una placa de cobre en la fachada del edificio “Leo Castelli, 77 Este, 4”; así se transformó de simple aficionado en marchante. El proyecto de esta primera exposición fue establecer un diálogo entre Pollock y Delaunay, confrontando una de las pinturas de goteo más extraordinarias de la década de los cincuenta y una torre Eiffel truncada. Componían la muestra cuadros de formato más pequeño de artistas franceses y estadounidenses: “Yo estaba convencido de que en mi primera exposición tenía que reforzar aquella idea de que la pintura estadounidense era tan buena como la europea”.
A partir de ahí, su figura como marchante no hizo más que crecer, convitiéndose en el principal galerista de arte contemporáneo de Nueva York, reinando durante más de cuatro décadas en la Gran Manzana. Lideró movimientos como el pop-art, el minimalismo y el arte conceptual; descubrió a artistas como Andy Warhol, Jasper Johns, Robert Rauschenberg, Jackson Pollock o Roy Lichtenstein.
Solamente dos apuntes más, sobre dos momentos que marcarían su vida artística, uno fue su Exposición de la Calle Nueve, aunque apenas se vendise, porque el edificio ruinoso del Village donde se celebró resultó ser su Caballo de Troya desde el que los artistas conquistaron la ciudad, en particular a los ricos y famosos, eliminando la línea que separaba el centro de los barrios residenciales, la bohemia y lo burgués. Y, sobre todo, porque su admirado Barr, que acudió a la inauguración, se dirigió a Castelli diciéndole: “Vamos a algún sitio tranquilo donde puedas explicarme cómo te las has arreglado para realizar semejante hazaña (e iba a anotando al dorso de las fotografías que Leo le había dado, el nombre del artista al que correspondía la obra), nunca había oído hablar de ellos”. Las cosas habían cambiado, ahora sería Castelli, con su profundo conocimiento de la escena contemporánea neoyorquina, quien le presentaría a Barr a los artistas estadounidenses emergentes y completamente desconocidos para el director del MoMA.
El otro momento fue la Bienal de Venecia de 1964, que se puede decir que cambió el panorama artístico a nivel mundial, ya que fue determinante para la introducción en Europa del arte estadounidense, cuando Robert Rauschenberg obtuvo el Gran Premio. Aunque siempre ha sido un tema polémico y ha babido acusaciones de presiones, lo cierto es que se trató de un enfrentamiento decisivo entre tres culturas, tres historias, tres países: Italia, Francia y Estados Unidos.
En resumen, este gran libro es la vida de Leo Castelli, pero también la historia del arte, comenzando en la Toscana renacentista, desarrollándose a través de la Italia barroca, la Viena expresionista, la Bucarest modernista, el París surrealista, el Nueva York del expresionismo abstracto, para finalizar con el surgimiento de los artistas del posdadaísmo, el pop y el minimalismo de la última parte del siglo XX. Por poner un pero, creo que el lector agradecería que las notas fuesen a pie de página en vez de al final del libro, lo que entorpece un poco la lectura.
Si lo desea, puede descargarse un capítulo del libro aquí.
Ángela SANZ COCA














