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Tatarabuela de la soberana británica actual y del rey de España, don Juan Carlos I, la reina Victoria (Londres, 1819-Isla de Wight, Reino Unido, 1901), fue monarca de Gran Bretaña e Irlanda entre 1837 y 1901, y emperatriz de las Indias desde 1876 hasta su muerte.
De ascendencia casi exclusivamente alemana, Alejandrina Victoria (Drina, como la llamaban en la infancia) fue la única hija del príncipe Eduardo, duque de Kent y Strathearn, hijo del rey Jorge III, y de Victoria de Sajonia-Coburgo. A los 16 años conoce a su primo y futuro esposo, el príncipe Alberto de Sajonia, con el que se casó en la Capilla Real del Palacio de Saint James el 10 de febrero de 1840 y con el que tendría un matrimonio feliz y nueve hijos. Vástagos cuyas uniones conyugales con hijos y nietos de otros monarcas europeos terminarían por conferir a la reina Victoria el popular título de la abuela de Europa, portadora del gen de la hemofilia, por cierto.
Situada en primera línea de sucesión al trono desde niña, sucedió a su tío Guillermo IV en la corona británica (1837), pero no en la de Hannover que pasó al duque de Cumberland en virtud de la ley sálica. Durante los primeros años de su reinado estuvo muy influida por el liberal lord Melbourne y por su tío Leopoldo I de Bélgica.
Su matrimonio con Alberto de Sajonia operó un profundo cambio en su mentalidad y sus preferencias políticas fueron sustituidas por una aproximación al conservador Robert Peel, primer ministro del Reino Unido entre 1841 a 1846. A partir de entonces, la reina Victoria haría de la corte británica una institución modélica que recuperó incluso el favor de la burguesía.
Respetuosa con el régimen parlamentario, no llegó a dominar totalmente sus tendencias autoritarias, que le codujeron a sobrellevar con dificultades la gestión del liberal Henry Temple, lord Palmerston, y a exigir el conocimiento previo de cualquier medida ministerial que, a partir de entonces, tendría que contar con su aprobación. Una medida que obligaría a dimitir al jefe de gobierno John Russell cuando éste aprobó unilateralmente el golpe de estado de Napoleón III contra Francia en 1851. Intromisiones de la soberana que fueron especialmente fuertes en su política exterior, siempre favorable a prusianos y austríacos.
Tras la muerte de su esposo, la reina cayó en una período de postración que le mantuvo alejada temporalmente de las tareas de gobierno. Un semirretiro del que la sacaría el conservador Benjamin Disraeli, que la coronó emperatriz de las indias, si bien la soberana nunca visitó las colonias.
La reina Victoria permaneció en el trono durante 64 años, hasta su muerte, en un período histórico trepidante marcado por la gran expansión del Imperio Británico y por la Revolución Industrial. Una época de profundos cambios socioeconómicos y tecnológicos, que covirtieron a su país en la primera potencia del mundo. Un tiempo de gran prestigio para la corona -hasta el punto de adoptar el nombre de la reina: la época victoriana- contextualizado en un clima de éxitos políticos y militares, y de prosperidad económica y cultural.
Su reinado se constituyó en el símbolo más elevado del imperialismo británico, del que ella siempre se mostró partidaria no sólo en política exterior sino también en la reprobación de toda discrepancia interna, caso de Irlanda, cuyo pleno sometimiento a la corona británica siempre defendió.











