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La antepenúltima vez que España se declaró en bancarrota fue en 1867. Después se sucederían los impagos de 1872 y 1882. Pero el episodio de 1867 dejó una huella imborrable entre los españoles de la época. El país arrastraba una grave crisis financiera desde el año anterior que hacía barruntar la catástrofe y que probablemente tuvo mucho que ver en el triunfo de La Gloriosa (19-27 septiembre de 1868), que desalojó del trono a Isabel II.
Tan sólo once días después de que se constituyera el Gobierno revolucionario (¡once días!), la Gaceta de Madrid publicaba un decreto de reacuñación de moneda que reformaba por completo el sistema monetario y hacendístico de la nación. Nacía la peseta, que sobreviviría durante 130 años más, una moneda con la que su impulsor, el ministro Laureano Figuerola, quería sumar a España además a la Unión Monetaria Latina, puesta en marcha en 1865 por Francia, Italia, Bélgica y Suiza. Aquella Unión pretendía que cada país miembro acuñara monedas con el mismo valor, el mismo peso y la misma ley, para favorecer la circulación de las divisas entre ellas.
En el número de julio os contamos el efecto de aquella suspensión de pagos entre los españoles, la espiral de deuda pública de aquellos años y la evolución y vigencia de aquella Unión Monetaria, para muchos, el precedente fallido del euro.















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