Argentina, los años del miedo
Dos libros de ficción sobre el golpe de estado militar de 1976 han sido premiados en 2012: "La extraña ilusión", de Santiago Velázquez, y "Una misma noche", de Leopoldo Brizuela. En una entrevista, sus autores hablan del miedo, la culpa, la vergüenza, las torturas...
16 julio 2012
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UNA MISMA NOCHE, Leopoldo Brizuela, Madrid, Alfaguara, 288 págs., 18 €

Curiosamente, dos premios de narrativa han recaído este año en dos novelas que tratan sobre el golpe de Estado de 1976 en Argentina: el Premio Alfaguara de Novela 2012, Una misma noche, de Leopoldo Brizuela, y el XIV Premio Tiflos de Novela, La extraña ilusión, de Santiago Velázquez. Aunque, lógicamente, hay una cercanía temática entre ambos libros, también hay que reconocer que son, tanto conceptual como formalmente, muy distintos.

Así, la novela del argentino Leopoldo Brizuela (La Plata, 1963) tiene un tono intimista, con cierto trasfondo autobiográfico, que recubre una profunda reflexión sobre la culpa, el miedo y la cobardía, por la que transita su protagonista, Leonardo Bazán, quien se enfrenta, a través de la escritura, a su doloroso pasado en una búsqueda a corazón abierto de la redención personal y, por extensión, social. Sin duda, un gran libro, emotivo, sincero, desgarrador por momentos, y primorosamente escrito, que, en un trasunto de tantas historias vividas por el ser humano a lo largo de su historia, enfrenta a un hombre, y a la sociedad que lo cobija, a la inevitable, o no, claro está, asunción de su responsabilidad por unos hechos terribles que han marcado a fuego su devenir.

LA EXTRAÑA ILUSIÓN, Santiago Velázquez, Madrid, Castalia Ediciones, 352 págs., 16 €

En cambio, el madrileño Santiago Velázquez, que nació en 1977 y, por tanto, no vivió ni por origen ni por edad el golpe de Videla, lo hace desde una perspectiva más histórica y periodística. El reportero Jon Altadil empieza a interesarse por lo que pasó en los años de la dictadura argentina cuando conoce a Cloe, una mujer argentina hija de un militar que participó en los vuelos de la muerte. Ella, que de alguna manera forma parte del bando de los verdugos, le va contando la historia de su familia, una saga de militares de Bahía Blanca que comienza con su bisabuelo para acabar con su padre en la ESMA. Un recorrido revelador y muy bien trazado por la historia reciente de la Argentina, desde la Primera Guerra Mundial, pasando por la Segunda Guerra Mundial, el peronismo, los montoneros, el papel de los militares y la sociedad civil en el golpe, hasta nuestros días. La novela va alternando los puntos de vista narrativos, verdugos, víctimas, periodistas, lo que no resta, sin embargo, un ápice de solidez a su estructura, muy bien construida, y también muy efectiva, ya que la novela te atrapa desde las primeras páginas.

“EL QUE FUE PRESO Y VOLVIÓ TIENE CULPA DE SOBREVIVIR, EL FAMILIAR TIENE CULPA DE NO HABER MUERTO ÉL TAMBIÉN, Y ASÍ SE VA CONVIRTIENDO EN UNA CADENA INCESANTE”,  LEOPOLDO BRIZUELA, AUTOR DE UNA MISMA NOCHE, PREMIO ALFAGURA DE NOVELA 2012

El protagonista de la novela es un escritor que más o menos tiene la edad de usted y que vivió el golpe de Estado militar y la dictadura siendo un adolescente. ¿Se puede decir que este libro es, en cierto modo, autobiográfico?

Los dos asaltos son reales, tanto el que se produjo en 2010 como el de 1976, aunque no fueran exactamente iguales a como ocurren en la novela. El de 2010 fue para robar en una casa del vecindario y fue perpetrado por una banda de ladrones con toda la apariencia de estar formada por miembros de la policía; en 1976, en la misma casa, que es lo que nos llamó la atención, hubo otro asalto por policías de la dictadura que se llevaron a una chica que vivía allí y que desapareció. Cuando sucedió este robo me golpeó mucho porque me hizo recordar lo que había pasado en 1976 y, sobre todo, me dio mucho miedo comprobar que aunque vivimos en democracia, el vecindario seguía expuesto a una banda que actuaba como en la dictadura.

Cambié muchas cosas, como hacemos siempre los escritores, en medio de un barrio real, inventé vecinos que no existen, cambié a los padres del protagonista, aunque sí mantuve su edad, porque creo que la experiencia que tuve yo, solo es posible en los de mi generación.

Y justamente en este sentido, ¿cómo cree que ha influido en el planteamiento y el enfoque de la novela esa experiencia suya de crecer y formarse durante la dictadura?

Una persona con unos diez o incluso cinco años menos hubiese reaccionado de manera completamente distinta a como lo hice yo en este último asalto, porque en 1976 alguien de esa edad era demasiado joven y, en 2010, la mayor parte de su vida había transcurrido ya en una Argentina con un gobierno democrático. Yo, en cambio, entré precisamente en la secundaria el primer día de dictadura; mi primer día de clase fue el día del golpe, y la dictadura terminó cuando cursaba el primer año de Letras en la universidad, es decir, que mi formación esta muy ligada a toda esa época.

Así que cuando ocurrió el segundo asalto, hubo algo que me llamó mucho la atención: yo era el único que podía comprender esa particularidad de los hechos porque los vecinos de la época de la dictadura o están muy viejitos o muertos, entonces no pueden recordar, no pueden asociar ese presente con el pasado, y los jóvenes eran demasiado chicos en esa época. Por tanto, el único que sabía que en esa misma casa, con una diferencia de treinta años, se había producido un asalto de casi las mismas características era yo. Eso fue lo más importante para decidirme a escribir, y también, que si nadie se anima a denunciar ese pasado, es como si nunca hubiera ocurrido.

Pero lo que sí quiero decir es que el personaje, y eso es algo que a mí no me pasó, está iluminado por los juicios de la verdad, por la idea de que una condena no atañe solo al condenado y a la víctima sino a toda la sociedad, que emitir sentencia es iluminar a la sociedad con algo de lo que pasó. El personaje está muy obsesionado por el dilema de si declarar o no declarar, aunque necesita que en algún sitio se diga que eso que él vivió es verdad, porque el discurso perverso de la dictadura es decir eso no pasó. Hace poco Videla publicó sus memorias, y después de treinta y cuatro años de negar todo, lo admitió, pero sin ningún sentimiento de culpa, después de haber sumido en la incertidumbre, la locura y la desesperación a los familiares de los desaparecidos, pero también a toda la sociedad argentina.

Algo muy perceptible en su libro es el miedo y la culpa en el que siguen viviendo todos los personajes, aunque ya no exista la dictadura. ¿Por qué cree que la sociedad sigue utilizando esos códigos de silencio y de verdades a medias? ¿Qué tendría que pasar o qué tendría que hacerse para que eso cambie?

Lo que está pasando es que poco a poco se va hablando, vamos trabajando y encontrando caminos; a alguna gente le parece que ha pasado demasiado tiempo, pero a mí me parece que no; es una cosa tan tremenda que cuesta mucho desglosar. En cuanto al miedo y la culpa, cuando a cualquier persona se le pregunta con qué asocia una dictadura, la respuesta inmediata y obvia es decir que con el miedo y, sin embargo, es algo que produce mucha vergüenza. Pero ¿por qué es tan vergonzoso para el que lo vivió, por qué da tanta vergüenza decir yo viví ahí, que solo se animan a hablar los que tuvieron alguna participación más o menos heróica? Hay algo monstruoso también en eso, algo que no es sano, y, por otro lado, está la culpa, que es tanto más o está más extendida de lo que yo mismo me había dado cuenta porque el que fue preso y volvió tiene culpa de sobrevivir, el familiar tiene culpa de no haber muerto él también, y así se va convirtiendo en una cadena incesante. Mi generación tiene culpa de no haber sido combatiente como la generación anterior y haber sido formada en dictadura, y eso es un gran lastre. Por ejemplo, la idea del título, que cada vez me gusta más, no es una noche en la nada y otra noche, no, es toda la misma noche que todavía se sigue viviendo.

Los militares llegaron demasiado lejos, a un grado de perversión tan grande, que ni ellos mismos han sabido volver. Y no hablo solo de las torturas, sino, por ejemplo, de algo que me sorprendió muchísimo cuando fui al campo de concentración de la ESMA, y que quise trasladar a la novela y por eso inventé que el padre del personaje había estado allí como alumno, y es que la ESMA fue el único lugar del mundo que yo conozca que funcionó al mismo tiempo como campo de concentración y como escuela. Es algo que me ha chocado mucho que las asociaciones de derechos humanos no hayan reparado en ello. ¿En qué mente cabe, disponiendo de todos los lugares que hubiesen querido, no sé si en la de Masera o de algunos de esos jerarcas, montar ahí esa estructura, y a los alumnos destacados premiarlos con la participación en las torturas y asesinatos? Era como querer hacer con el cautivo lo que el dictador sueña hacer con toda la sociedad.

En su novela se habla también del peronismo y de los montoneros, ¿qué pasó en el país para que se diese un golpe militar?

Los militares dicen que toman el poder porque la gente está harta del caos del gobierno de Isabel Perón, y luego ya fue demasiado tarde; incluso la gente de Isabel Perón formó parte de la Triple A, una organización que mataba por la calle. Por ejemplo, una prima mía, que era afín a la izquierda, decía que por lo menos ahora vendrán estos y seremos legales y no nos matarán como a los perros. Eso es lo que creían. Y bueno, luego fue un genocidio perfectamente organizado. De todas maneras lo que a mí me interesaba, sin darme cuenta, era ir en contra de la idea tranquilizadora de que la dictadura nació de un huevo y el golpe se impuso desde fuera, y centrarme en cómo reaccionaron los ciudadanos comunes, los que no militaban, que no digo que fueran parte de los golpistas, pero en esa situación reaccionabas según la historia que tenías. Por eso, una cosa tan obvia como lo que voy a decir, que hace unos días dije en una conferencia en Argentina, causa escalofríos: si uno piensa en cómo reaccionaba ante una invasión como la que narro en la novela una persona común, un hombre común de esa época, con toda su formación, un hombre que hubiese hecho el servicio militar, pues reaccionaba de la misma manera que el protagonista de la novela, y eso provocó un silencio espantoso porque se sabe que es verdad y porque todavía cuesta admitirlo.

¿Cree que pueden establecerse paralelismos entre lo que está sucediendo en España con respecto a la recuperación de la memoria histórica sobre la Guerra Civil y el caso argentino con respecto a la dictadura?

No conozco lo suficiente el caso español, pero me he ido dando cuenta de los posibles paralelismos, no tanto porque lo hubiese pensado yo previamente, sino porque me lo han preguntado muchos periodistas españoles. Una vez, hablando con Rosa Regás cuando presenté un libro de ella en Buenos Aires, me dijo que cuando la guerra de España terminó en el campo de batalla, siguió en los lugares privados, como entre la hija de un rojo muerto y la monja de un colegio, y en esa experiencia yo me siento muy reflejado.

¿Cómo influyó la Guerra de las Malvinas en la sociedad argentina? ¿Cree que precipitó el fin de la dictadura?

Yo siento que Malvinas es el genocidio que le correspondió a mi generación; a la anterior la habían matado en los campos de concentración, y a nosotros nos mandaron a una guerra demencial. Además, los que estuvimos directamente implicados o en peligro de ir a la guerra, y sobre todo los que finalmente murieron, vivieron uno de los episodios más terribles de soledad que yo recuerdo, como es ver que tu familia está contenta de que te envíen a la guerra, una guerra en la que tenías muchas posibilidades de morir porque era una lucha desigual contra una de las mayores potencias militares del mundo; en fin, fue un disparate, una locura general. Y aunque es cierto que representó el principio del fin de la dictadura, tuvo un coste brutal, porque entre tantas otras cosas que ocurrieron, hay un dato estremecedor, y es que de los muertos argentinos, solo un tercio murió en combate; el resto se suicidó. Y aunque el suicidio siempre es un acto muy íntimo, en este caso también tuvo mucho de social. Es terrible pensar en la soledad y la lejanía que debieron sentir esos muchachos de una sociedad que, incluso pasados los años, no llega a hacerse cargo de lo que hizo.

Usted ha coordinado varios talleres de escritura en la Asociación de Mujeres de la Plaza de Mayo. ¿En qué sentido puede ayudar la literatura a las personas que han vivido tragedias tan terribles como las que relata en su novela?

Las mujeres de Plaza de Mayo no es que quisiesen ser escritoras, claro, sino que querían dejar por escrito su testimonio. Además, también las ayudó mucho para que se conocieran entre ellas, mujeres que habían estado en la misma lucha pero no habían tenido tiempo para hablar en profundidad de sus experiencias. En ocasiones me preguntaban qué hubiera hecho yo si no fuese escritor con ese pasado, y la verdad es que no puedo ni imaginármelo. La función de la literatura, aunque no sea contemporánea al momento preciso de una tragedia, e incluso no hable de una tragedia, tiene como función ayudar a la memoria. Ya nadie piensa en esos términos ampulosos de si la literatura puede cambiar el mundo, pero lo que sí es cierto es que cambia al que la escribe y al que la lee, y en ese sentido, el personaje no sabemos si llega a salvarse al escribir sobre su pasado, pero a mí sí me ha cambiado, yo tengo una percepción completamente diferente después de haberlo dicho.

“CUANDO VISITÉ LA ESMA ME TOPÉ CON UNA HISTORIA, LA DE LOS MILITARES QUE HABÍAN COMETIDO ATROCIDADES EN NOMBRE DEL ESTADO Y LA PATRIA (…) Y PUDE HABLAR CON PERSONAS CUYOS PADRES HABÍAN SIDO VÍCTIMAS Y VERDUGOS”, SANTIAGO VELÁZQUEZ,  AUTOR DE LA EXTRAÑA ILUSIÓN, XIV PREMIO TIFLOS DE NOVELA.

¿Por qué, alguien como usted, que ha nacido un año después del golpe de estado argentino y que además es madrileño, ha ambientado su novela en la dictadura argentina?

El desencadenante principal de esta historia se dio en un viaje a Buenos Aires que hice en 2009, en una visita a la ESMA, donde me topé con una historia, la de aquellos militares que habían cometido atrocidades en nombre del Estado y la Patria. Además, pude entrevistarme y hablar con personas cuyos padres habían sido no solo víctimas sino también verdugos durante la dictadura, gente de mi edad que aún sufría las consecuencias psicológicas de las atrocidades cometidas o sufridas por sus familias, y eso me impactó muchísimo.

También hay otra razón: creo que es una época que literariamente está poco explorada. La dictadura argentina, que tuvo lugar entre 1976 y 1983, es muy cercana en el tiempo y aún hoy colean sus consecuencias (de hecho, la semana pasada hemos visto cómo varios militares, como Alfredo Astiz, o el propio dictador Videla han sido condenados por los delitos que cometieron entonces). Es un momento histórico donde el pueblo argentino vivió enfebrecido, en un estado colectivo de violencia, mesianismo e ideología que a mí me parecía muy interesante desde el punto de vista literario.

¿Cómo se ha documentado para trazar un fresco histórico y social tan creíble de la historia argentina reciente?

Me he documentado mucho pero no en busca de la verdad, como haría un historiador, un sociólogo o un periodista. Me documento para familiarizarme con lo que quiero inventar, con la atmósfera y los personajes que quiero crear. Y todo me sirve: los libros de historia, las memorias, las novelas, los documentales, las verdades y las mentiras de esa época, la manera en que se embaucaban las personas unas a otras. Respeto los hechos básicos de la historia, y a partir de ahí invento con absoluta libertad

Los testimonios, tanto de los verdugos como de las víctimas, ¿están basados en las declaraciones de los Juicios de la Verdad?

El material para sacar toda esta información lo tuve en distintas fuentes: los juicios, los libros de historia, las memorias, las novelas y los informes oficiales, como el de la Comisión Nacional de Desaparecidos de Argentina (CONADEP), donde se recogen los sistemas de tortura, los crímenes, los campos de concentración, los testimonios de las víctimas y de sus familias, etc. Pero, como he comentado antes, toda esta información la destilo y la transformo con la imaginación e invento todo, de manera que lo que queda de la realidad es anecdótico. En este sentido, no me preocupa para nada la exactitud de la cronología histórica, me preocupa la verosimilitud del relato.

Cuando el lector comienza el libro, tiene la sensación de que es un poco lío porque no se sabe muy bien quién está narrando, pero al cabo de unas páginas toda encaja como la maquinaria de un reloj. ¿Cómo se le ocurrió escribir el libro con varias voces narrativas y, sobre todo, supongo que le habrá resultado muy difícil manejar tantos personajes con voz propia y que cada uno de ellos tenga consistencia como personaje y no se haya perdido en el camino?

Yo empecé la novela con un narrador omnisciente en tercera persona que era quien iba a contar la historia, pero cuando llevaba 50 o 60 páginas me di cuenta de que aquello no funcionaba, así que tiré todo y volví a empezar. Entonces se me ocurrió utilizar distintos puntos de vista, que serían los que delimitarían de dónde se estaría viendo la historia, y sobre todo acompañarlos de distintas voces narrativas para que fueran evocando, entre todos, la historia que yo quería contar: una historia sobre las víctimas pero también sobre los verdugos, en la que el ritmo narrativo, que abarca desde 1885 hasta 2010, estuviera marcado por la vida privada de una saga de militares argentinos, contada mediante el relato de hechos cotidianos (matrimonios, muertes, nacimientos, efemérides) y articulada a través de cuatro generaciones. Eso me costó mucho, pero tenía ejemplos ilustres de los que he aprendido esa técnica narrativa, como son Faulkner y Onetti.

¿A qué atribuye que este año tanto el Premio Alfaguara haya recaído en una novela que también trata la dictadura argentina y sus consecuencias, Una misma noche, de Leopoldo Brizuela, y ahora su novela, La extraña ilusión, que ha sido la ganadora del XIV Premio Tiflos de Novela?

Pues supongo a que la propia sociedad argentina está empezando a superarlo y a hablar de ello sin tanto miedo. Y porque, aunque hay algunas novelas que trataron este tema, aún hay mucho que indagar y explorar literariamente en esta época.

Ángela SANZ COCA

angela.sanz@unidadeditorial.es

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Una Respuesta a “Argentina, los años del miedo”

  1. En un todo de acuerdo con lo que comenta Leopoldo Brizuela, al comentar, en esos años oscuros, lo que fuerón los militares que venían como salvadores de nuestro país, se transformarón en verdugos, de todos aquellos, que le hicierán sombra, o no estuviesen de acuerdo con su política. Sobre la guerra de Malvinas, fue la frutilla del postre, con que cerrarón sus años de barbarie y locura con el fín solo de perpetuarse en el poder. y encima con el engrosamiento de la deuda externa e interna, en la que quedó sumido el país. Demás está decir el miedo que había en la sociedad, ya que todos los lugares de enseñanza, y trabajo, estaban monitoreados por agentes de la side o sie, que marcaban a aquellos elementos, que hablaban en contra del régimen imperante. Caso similar a lo que sucedió en España en época franquista, según mis abuelos y otros connacionales, que tuvierón que callarse por miedo a represalias o la muerte.

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