Las afrentas, los odios, el rencor y en definitiva, el rechazo y la confrontación, suelen a menudo ser cuentas pendientes del pasado. Es el caso de Irán y EEUU, una enemistad que más allá de la geopolítica actual hunde sus raíces en el periodo que comprende la segunda mitad del siglo XX fundamentalmente, cuando el destino de los persas se cruzó con el de los yankees. Si ahora Irán persiste en su objetivo de conseguir armas nucleares frente a la oposición agresiva de Israel y el apoyo de EEUU, cocinando entre los tres los ingredientes necesarios para una catástrofe bélica, a principios de la década de los 50 la política intervencionista de los estadounidenses encalló en el país persa proporcionando el comienzo de una larga tensión.

Argo, de Ben Afleck, hoy en los cines, interpreta a la perfección esta realidad histórica y abre la lata con quince minutos espectaculares que primero sitúan al espectador con un breve y contundente  resumen del trasfondo histórico del país. Desde el gobierno democrático y laico de Mohammed Mossadegh, el golpe de estado urdido por EEUU en 1953 que lo depuso para asegurar la creciente dictadura del occidentalizado Sha Palevi, su posterior expulsión en 1979, y la  instauración de la República islámica del Ayatollah Jomeini, para arrancar de lleno en noviembre de 1979, con la manifestación de los estudiantes en la embajada estadounidense en Teherán y el inmediato asalto que conmocionó al mundo.

Acierta Ben Afleck  en sumergirnos en las claves del conflicto -algo deseable y no tan habitual en las películas de tema histórico- porque lo que sigue, alimenta la sensación asfixiante de la fragilidad de una embajada en territorio hostil cuando una muchedumbre encolerizada que tiene motivos palpables -la policía secreta del Sha, la SAVAK,  había causado estragos entre la población- y justificación moral -EEUU había alojado al exiliado Phalevi- cuenta además con la connivencia de las autoridades, que supuestamente deberían garantizar la protección de las legaciones extranjeras. La ambientación sobresaliente y los magníficos secundarios y extras hacen el resto: el episodio del asalto resulta muy convincente.

Manifestantes iraníes saltan la valla de la embajada comenzando el asalto, el 4 de noviembre de 1979.

A partir de ese momento, comienza otra película que bebe en parte de la brillante obra de Mike Leigh, La guerrra de Charlie Wilson,  y que nos desmenuza la operación que pone en marcha la CIA para sacar del país a seis de los integrantes del cuerpo diplomático que consiguen escapar al asalto y se refugian en la embajada de Canadá.

Se echa de menos algo más de thriller político, del desarrollo diplomático de la crisis de los rehenes, de los entresijos de la administración de Jimmy Carter, que lidiaba con el chantaje de Jomeini: o les entregaban al Sha Palevi para que fuera juzgado en Irán o retendría a los rehenes bajo la amenaza de juzgarlos como espías, y ejecutarlos.

A cambio, comienza el espectáculo. John Goodman y Alan Arkin ponen humor al esperpento, que nada entre la tragedia y la comedia mientras un inexpresivo Ben Afleck prepara la salida de los seis diplomáticos con una operación casi suicida; hay momentos divertidos, autoparodia del mundo de Hollywood que aligeran el drama de los rehenes. Argo una película mala de ciencia ficción, que montan como tapadera servirá para proprocionar la salida de los estadounienses atrapados en Teherán. El tema ya se había aprovechado en El último golpe (2004) con Mathew Broderick y Alec Baldwin, en la que Baldwin, un agente del FBI financia una falsa película para atrapar a a unos mafiosos, también inspirada en hechos reales.

Se multiplican las bromas a costa de los nostálgicos de la serie B -que en los 80 sería el vídeo- y los guiños a la década y  su universo funcionan. Sin embargo, la apuesta en ese sentido de Afleck nada sólo en la superficie, le falta más hondura, autocrítica e ironía, pero al menos es sólo un puente para el verdadero drama que se desarrolla en Teherán, donde se recupera lo mejor del principio y el suspense, la sensación de asfixia y el miedo emergen de nuevo. Es difícil mantener la tensión y la incertidumbre por lo que va a ocurrir cuando se conoce el desenlace, pero no imposible; se trata de oficio y Affleck lo demuestra, los seis diplomáticos le roban la película y su actuación no pasará precisamente a la historia, pero el conjunto resulta notable y el espectador se revolverá en su asiento. 

No obstante, Argo desaprovecha la oportunidad de redondear el trabajo que tan bien comienza con las secuencias iniciales: al final resulta autocomplaciente, patriotera,  poco crítica con la actuación de EEUU durante la crisis, se omiten episodios clave como la otra desatrosa operación de los Delta Force por rescatar a la fuerza a los rehenes que estaban retenidos en la embajada de EEUU. Helicópteros que chocaron en vuelo, varios muertos y un fracaso estrepitoso que puso la vida de sus compatriotas en peligro.

El epílogo, después de los títulos de crédito, remarca la gran ambientación y caracterización de los episodios de Teherán con imágenes de archivo y su calco en el celuloide, y un discurso final de Jimmy Carter agradeciendo a Tony Mendez, el agente de la CIA que ideó la operación y que interpreta Ben Affleck, los servicios prestados. Sí, está basada en hechos reales, todo ocurrió, incluyendo la farsa de la película Argo; así consta según los archivos desclasificados de la CIA. ¿Será verdad?

Julio MARTÍN ALARCÓN

julio.martin@elmundo.es

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