El mundo es infinitamente más pequeño ahora que en la época de las grandes expediciones del siglo XIX. La revolución en los medios de transporte y las comunicaciones, del tren y el telégrafo, al avión y el teléfono, hicieron menos recónditos los paraísos aún poco desarrollados industrialmente del planeta. En 1947, terminada la Segunda Guerra Mundial, ese mundo ya era conocido, las expediciones geográficas prácticamente habían terminado, pero aún era más inaccesible y exótico de lo que es ahora, gracias a la evolución del turismo. Lo primero que llama la atención de Kon-Tiki, la increíble historia del aventurero y antropólogo noruego Thor Heyerdahl, es la evocadora sensación de unos lugares aún relativamente poco poblados como lo eran las islas de la Polinesia.

Las fántasticas localizaciones y la excelsa fotografía de las lejanas islas del Pacífico son un aliciente que golpea al espectador desde los primeros minutos y que se amplifica con la aventura científica que propone desde el comienzo: la Polinesia no fue colonizada por los hombres asiáticos, como establecía la historia  aceptada entonces, sino por unos lejanísimos viajeros que llegaron del este, y la mención a un dios inca, Tiki, tal y como le relatan a Heyerdahl los habitantes de una de las islas del archipiélago.

El joven antropólogo, que estudiaba la civilización junto a su esposa en los años treinta, entendió, extasiado, que no podían ser sino las civillizaciones precolombinas del Perú, a unos 8.000 km de distancia, una teoría que suponía un reto científico asombroso y muy arduo.

Kon-Tiki cuenta precisamente la epopeya y la determinación de Heyerdahl, las dificultades para conseguir avales científicos y económicos que pudieran demostrar su teoría y el desarrollo de la mayúscula apuesta hacia la comunidad científica: Thor demostraría, utilizando los mismos materiales y métodos de las primitivas embarcaciones de las civilizaciones del Perú, tal y como las describieron los conquistadores españoles del siglo XVI, que era posible cruzar el Oceáno Pacífico y llegar a las islas del archipiélago.

Lo llevaría a cabo sin ningún avance tecnológico de entonces y sin ir acompañado de ningún otro barco que pudiera rescatarle a él y a su reducido equipo de cinco miembros, en caso de cualquier situación que pusiera en peligro sus vidas. Heyerdahl desoyó los argumentos de marinos, ingenieros y científicos, que entre otras cosa aseveraban que era imposible que una embarcación del tipo de las que utilizaban, pudiera ser suficientemente sólida y manejable como para emprender un viaje transoceánico tan complejo.

La cinta se desenvuelve cómoda en el relato aventurero con algo de humor y sin excesivas pretensiones drámaticas, que es lo único que se echa en falta en una película de personajes encerrados -en este caso en una balsa primitiva en medio del océano- subgénero que ha dado algunas muy buenas películas.

La clave de ese tipo de argumento es la tensión psicológica entre las diferentes personalidades que componene un grupo, los conflictos en su relaciones que provoca el aislamiento y las diferentes formas de afrontar el peligro y la soledad. Kon-Tiki no es la mejor muestra del género, acaso porque ese planteamiento sea circunstancial, y aborda este concepto de forma correcta pero en la superficie. A cambio, la aventura fluye con ritmo con algunas escenas de suspense y momentos realmente mágicos, bien conseguidos, que muestran la inmensidad de la naturaleza frente a la pequeñez del hombre.

Otra cosa es el personaje de Thor Heyerdahl, sensiblemente mejor perfilado que el resto, que sólo cumplen con sus roles arquetípicos. Thor, como el dios nourego, cuyo nombre se puede interpretar como premonitorio o desencadenante de una personalidad, muestra una fuerza, convicción y determinación envidiable, al mismo tiempo que la sombra del fanatismo, la obsesión, y la tozudez asoman en determinados momentos de la aventura, dibujando la enfermedad que posee a este tipo de aventureros y cuyo mejor paradigma es la figura del español Lope de Aguirre en su busca de El Dorado, que brindó una obra maestra,  Aguirre o la cólera de Dios de Werner Herzog.

Heyerdahl alcanzaría algunos de sus objetivos y su viaje, difundido en los periódicos, obtendría aún mayor difusión en 1951, cuando presentó el documental de su aventura y resultó ganador de la estatuilla de la academia de Hollywood, pero no podría, en cambio, demostrar su teoría, con evidencias suficientes. Más allá de la rigurosidad científica su capacidad para llevar a cabo sus sueños y la enorme libertad de sus planteamientos, emociona.

Julio MARTÍN ALARCÓN

julio.martin@elmundo.es


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