Ana María de Soto, la primera española infante de Marina

En 1794 embarcó como Antonio en la Mercedes y, durante cuatro años, Ana María de Soto combatió en la Armada. En 1798 desembarcó con su identidad real y se le concedió un estanco.

Ana María de Soto y Alhama, acuarela y acrílico, 100 x 70 cm, Amparo Alepuz, 2018.
Ana María de Soto y Alhama, acuarela y acrílico, 100 x 70 cm, Amparo Alepuz, 2018.

Ana María de Soto, conocida en la época como “la soldado estanquera”, era hija de Tomás de Soto Salas, natural de Montilla, y de Mencía Gertrudis de Alhama García, de la villa de Aguilar, que habían contraído matrimonio el 30 de mayo de 1771 en la iglesia parroquial de la localidad cordobesa de Santa María del Soterraño.

Según su partida de bautismo, Ana María Antonia nació en Aguilar de la Frontera el 16 de agosto de 1775 y fue bautizada por Manuel de Vera Salcedo, párroco de la iglesia de Santa María de Soterraño donde cuatro años antes sus padres habían contraído matrimonio. En su partida de bautismo consta que su madrina fue una tía materna, pues es improbable que fuera una hermana de su abuelo, ya que tendría una edad demasiado avanzada para la época y probablemente no hubiera sobrevivido.

Ana María de Soto y Alhama, acuarela y acrílico, 100 x 70 cm, Amparo Alepuz, 2018.

Soldado

Por los datos que se recogen en Memorial y Revista de la Infantería de Marina (año II, noviembre de 1909, núm. 22), que son los únicos que acompañan a su expediente personal, parece que se alistó como soldado en 1793 en la sexta compañía del 11º Batallón de Infantería de Marina bajo el nombre de Antonio María de Soto. Estos datos, enuncia la citada publicación, fueron “tomados de un libro titulado Por mar y por tierra. Historias marinas y cuentos”. En él encontramos la primera y única referencia física que poseemos de Ana María de Soto, de “pelo castaño claro y ojos pardos”.

En el cuaderno número 4 de la guarnición de la fragata Nuestra Señora de las Mercedes de 1793, que se custodia en el Archivo General de Marina Don Álvaro de Bazán, aparece por vez primera el nombre de Ana María de Soto como soldado de infantería del modo que sigue: “Antonio María de Soto: hijo ídem de Tomás, natural de Aguilar en Cordova”.

Embarcó en la fragata Nuestra Señora de las Mercedes el 4 de enero de 1794. A continuación, lo haría en la fragata Balbina, de la que desembarcó el 18 de septiembre del año siguiente para volver a embarcar en la Mercedes el 22 de septiembre de 1795. En ella permaneció más de un año. El 18 de diciembre de 1796 se embarcó en la Santa Dorotea bajo el mando del capitán Manuel Guerrero y Serón, hasta que el 26 de enero del año siguiente volvió a la Nuestra Señora de las Mercedes. Participó en los ataques de Bañuls, en la defensa de Rosas y en la batalla del Cabo de San Vicente, que se saldó con la derrota española frente a los ingleses el 14 de febrero de 1797. A bordo de la fragata Matilde participó en la defensa de Cádiz contra la escuadra inglesa y en las lanchas cañoneras organizadas por el general de Marina José Mazarredo. El 7 de julio de 1798 desembarcó de la fragata Matilde, ya descubierta su verdadera naturaleza, como se recoge en la solicitud del pago de pensión que consta en el Archivo General de la Marina.

Voladura de la fragata Mercedes, en 1804. Ana María de Soto había navegado en esa fragata diez años antes.

Al año siguiente, en 1799, se le concedió licencia de estanco en la localidad cordobesa de Montilla. La localización del estanco aún hoy es una incógnita, aunque, por la documentación consultada, podría haber estado situado en la plaza del Peso –actualmente plazuela de la Inmaculada– o en la plaza del Sotollón. Ana María de Soto residió primero, como consta en el padrón municipal de la localidad de Montilla, en la calle Puerta de Aguilar. Hasta 1819 aparece ejerciendo la profesión de estanquera. En 1820 consta como “retirada” –quizá porque durante el Trienio Liberal, y debido a las dificultades económicas que atravesaba el país, se le suprimió la licencia de estanco– para reaparecer en los datos del padrón en 1824, de nuevo como “estanquera”. En 1829 está empadronada en la calle Corredera, donde poseía una vivienda que vendió en junio de 1833 a Antonio Rubio, uno de sus albaceas testamentarios.

Un hecho significativo en la vida de Ana María de Soto, que también permanece ­inédito para la investigación, tuvo lugar tras la muerte de su madre, el 24 de agosto de 1807, en Montilla, donde ofició el entierro el párroco Rafael Sánchez de Feria y Castillo. Tras el fallecimiento se produjo un importante enfrentamiento entre Ana María y su padre. Gertrudis de Alhama había muerto sin testar y su esposo reclamaba a su hija que le otorgara una pensión de alimentos de “lo menos tres vellones diarios”, y que devolviera las ropas de su madre, que había sustraído ilícitamente del domicilio familiar.

Documento de pleitos entre Tomás de Soto y Ana María de Soto Alhama (PLEITO ES.28079. AHN).

Sus últimos días

Ana María de Soto falleció a los cincuenta y ocho años, el 4 de diciembre de 1833. Según la documentación, lo hizo sin testar, recibiendo los sagrados sacramentos y bajo un entierro de limosna. Sin embargo, el Archivo Histórico de Protocolos Notariales conserva el testamento original de Ana María de Soto, firmado por ella el 20 de noviembre de 1833, solo catorce días antes de su muerte, que transcribimos parcialmente:

“(…) mando que mi cadáver sea amortajado con el hábito de Nuestra Señora de los Dolores, sepultado en casa propia, forrada en negro y en una hornilla de las que en el cementerio tienen señaladas una las hermanas de la cofradía de Nuestra Señora de la Aurora pagando la limosna de costumbre. Y si no lo permitiese desde luego dispondrán mis albaceas se construya una poniéndole la rotulata correspondiente…
(…) que al tiempo se redoble con las campanas del Convento de San Francisco, las de la ermita de Nuestra Señora de la Rosa y dos medianas de la parroquia, pagando por ello la limosna de costumbre (…) mando que digan por mi alma 25 misas y (…) así mismo mando para alumbrar al Santísimo Sacramento que se sirve y venera en la parroquia (…) un cuarterón de cera blanca labrada…
(…) declaro estoy debiendo a Antonio Rubio 400 por el resto de la venta de la casa de la calle corredera vendida en San Juan último, quiero se lo paguen por mi muerte si yo no lo hubiera hecho antes (…)”.
Como albaceas nombró a los vecinos de Montilla Antonio Rubio, a quien había vendido su casa, y Manuel Moreno, y como heredera universal, a Antonia Pérez de Luque, de la que no habíamos tenido noticia hasta ahora:
“(…) de estado soltera, que he criado y tengo en mi compañía desde el año de 1804, asistiéndome con el más extraordinario esmero y vigilancia y, por lo tanto, la instituyo, nombro y señalo en recompensa por mi única y universal heredera y le encargo me encomiende a Dios”.

Una vida apasionante aún por completar que supone un hito en la historia de la Armada española y que sienta las bases para posteriores investigaciones sobre la figura de la primera mujer española infante de Marina.

Alicia Vallina Vallina

* Artículo publicado en La Aventura de la Historia, número 245.

1 COMENTARIO

DEJA UNA RESPUESTA

Please enter your comment!
Please enter your name here