Vista general del Valle de los Caídos.
Vista general del Valle de los Caídos.

La decisión del Gobierno de retirar los restos mortales de Francisco Franco del Valle de los Caídos reabre el debate sobre el destino final de los símbolos del franquismo que han quedado definitivamente incorporados al paisaje nacional, como el gigantesco Arco del Triunfo, en la madrileña plaza de la Moncloa, y muy especialmente el megalómano Valle de los Caídos, en la sierra de Guadarrama, donde ha descansado Franco junto al fundador de la Falange, José Antonio Primo de Rivera, en compañía de 33.872 fallecidos en la Guerra Civil.

El Valle de los Caídos es excepcional en su género, tanto por su concepto como necrópolis, como por ser el único gran homenaje a un dictador europeo del siglo XX que sigue cumpliendo la función para la que fue designado.

Ningún otro estudio ha superado en calidad y aportación documental al célebre trabajo de Daniel Sueiro El Valle de los Caídos. Los secretos de la cripta franquista, escrito en 1976, y que se utiliza como referencia para el repaso histórico que se hace a continuación.

La idea de llevar a cabo un magno proyecto que conmemorara a los caídos en la Guerra Civil y sirviera de imperecedera exaltación del vencedor de la contienda partió del propio general Franco, que tenía tanta prisa e ilusión por hacerlo que el 1 de abril de 1940 firmó el decreto que disponía la fundación de ese monumento. Para erigirlo se escogió el valle de Cuelgamuros, muy cerca del El Escorial, probablemente por el deseo del “Caudillo” de presentarse ante la posteridad lo más cerca posible de Felipe II, un monarca muy caro a los ideólogos del primer franquismo.

Ese mismo día, nada más celebrar oficialmente el primer aniversario del final de la guerra, Franco hizo una excursión con su mujer, los embajadores de Italia y Alemania, sus generales –allí estaban Millán Astray, Saliquet, Varela y Sáenz de Buruaga, entre otros–, miembros del gobierno y jerarcas falangistas, para enseñarles el lugar que había elegido para el Valle de los Caídos, su sueño de grandeza faraónica.

Franco visita las obras del valle de los Caídos en compañía de su mujer.
Franco visita las obras del valle de los Caídos en compañía de su mujer.

Ante el séquito, que contaba con Rafael Sánchez Mazas, Ramón Serrano Súñer y el arquitecto Pedro Muguruza –autor, entre otros, del edificio de la Prensa, en la plaza del Callao de Madrid–, Franco hizo explotar el primer barreno de la construcción del Valle de los Caídos. El general tenía prisa por ver su legado arquitectónico y quería tener terminada la cripta en un año y el conjunto, incluida la Cruz y los accesos, en cinco.

Aficionado a la pintura, Franco también lo era a la arquitectura y el Valle de los Caídos fue para él un hobby, en un curioso paralelismo con otro dictador contemporáneo, Hitler, que también concibió proyectos arquitectónicos megalómanos.

Convertido en el Albert Speer de Franco, Muguruza explicó así las líneas maestras de la nueva arquitectura de la que el Valle de los Caídos sería la joya: “El Caudillo desea que España oriente su arquitectura, imprimiéndole un estilo peculiar del momento histórico que nuestra nación ha vivido en su Cruzada liberadora”, declaró. “El nuevo estilo arquitectónico al que se va es imperial”, remachó.

Un año después de comenzado el Valle de los Caídos, cuando la cripta debía haber estado terminada, apenas se habían arañado del monte unas pocas toneladas de piedra. Como ironizó Sueiro, “el Guadarrama era bello, pero duro”. En la década de los cuarenta, se fueron adjudicando por concurso las distintas partes del proyecto: de la perforación de la cripta se encargó la empresa San Román, filial de Agromán, con la que luego se fundiría; la empresa Molán, de Madrid, se encargó de la construcción del monasterio; el portugués Manuel Rodríguez Crisógono comenzó los trabajos de construcción de la exedra, y los hijos de un contratista catalán, de apellido Banús, se encargaron de la carretera de acceso.

¿Y los obreros? En su mayoría, los vencidos. Algunas decenas de voluntarios y centenares de presos de guerra, reclutados en las cárceles que, hasta un total de veinte mil a lo largo de los años, buscaron salir de prisiones atestadas e insalubres para trabajar al aire libre. Juan Banús, por ejemplo, escogió personalmente a los trabajadores en el penal de Ocaña. Teodoro García Cañas, que se presentó voluntario, recordaba cómo el empresario le palpó los músculos y le miró la dentadura antes de decidirse a aceptarlo, porque lo encontraba demasiado delgado.

Por cada día de trabajo, los presos redimían dos de pena y recibían, además, entre dos y cinco pesetas de salario diario, según las épocas. Los trabajadores dormían en barracones construidos apresuradamente, pero se toleró la construcción espontánea de cabañas individuales en el monte. Ocasionalmente, se autorizaba a las mujeres de algunos presos a quedarse unos días con el marido y hasta a llevar a los niños. Para leer tenían, como los penados de toda España, la revista Redención.

Al principio, la mujer del jefe de destacamento obligaba a los presos a llevar botones de distintos colores para que se les pudiera identificar por el tipo de condena que habían recibido, quién a muerte, quién a tantos años de cárcel, etc. Un sistema clasificatorio “a la española”, que emulaba los triángulos de colores de los campos de concentración nazis hasta que, tras un cambio de jefe, se decidió acabar de golpe con el humillante sistema clasificatorio.

Con los años, los presos y los encargados acabaron formando una pequeña comunidad que contaba con su médico, su practicante y hasta su maestro, Gonzalo de Córdoba Escolar, a quien le habían conmutado la pena de muerte y que fue llevado para organizar una escuela en la que había niños de seis a catorce años, todos juntos, cuyos padres tenían que permanecer en el Valle por una u otra causa.

Nombres conocidos de la escena, el Derecho y la universidad pasaron por el Valle de los Caídos o tuvieron allí a sus familiares. Es el caso de Gregorio Peces-Barba del Río. Encarcelado en 1939 por haber sido miembro del cuerpo jurídico militar de la República, estuvo primero en el campo de concentración de Albatera y luego en el de Porta Coeli, en Valencia. Tras un trasiego de traslados de cárcel en cárcel y después de que le conmutaran la pena de muerte el día de la lotería de Navidad de 1942, acabó trabajando en Cuelgamuros hasta abril de 1944. “El régimen de trabajo era duro –declaró a Sueiro– pero, en cambio, los penados tenían la posibilidad de que sus familias les visitasen e hicieran algún día y durante algunas horas auténtica vida de comunicación con ellas. Eso me permitió a mí, por ejemplo, que mi hijo Gregorio, cuya trayectoria todos conocen, cuando tenía cinco años compartiese conmigo en Cuelgamuros mi petate de preso, y que mi mujer estuviese viviendo en la casa de uno de aquellos jefes de grupo”.

Primera fase de la colocación de la cruz.
Primera fase de la colocación de la cruz.

En la época en que Peces-Barba trabajó en la construcción del panteón, había mejorado la seguridad en el trabajo y, por tanto, disminuido los accidentes. “Tuve la suerte de vivir los momentos menos duros de la construcción del Valle de los Caídos”, admitió. El abogado no estuvo arrancando piedras, sino trabajando en las oficinas.

El actor Paco Rabal también pasó parte de su juventud en Cuelgamuros. “Durante un tiempo, largo, fue algo así como la sede familiar”, ironizó en una ocasión. El futuro actor iba a menudo porque su padre, Benito Rabal, fue de la primera hornada de trabajadores que participaron en la construcción del monumento. Minero de profesión, Benito Rabal trabajaba después de la guerra en la construcción del ferrocarril Madrid-Burgos. Cuando los Rabal se trasladaron a Cuelgamuros porque las condiciones económicas eran mejor que las que disfrutaban en Madrid, se hicieron su propia casita, “una chabola, cuatro paredes y un techo de uralita”.

Benito Rabal era el encargado de la obra que comenzaba por parte de la empresa San Román, mucho antes de que llegaran Banús o Agromán. Al igual que los Rabal, los primeros trabajadores del Valle eran obreros voluntarios que procedían de los pueblos de los alrededores de Cuelgamuros, Peguerinos, El Escorial o Guadarrama, donde, como en toda España, escaseaba el trabajo.

Quizás el más célebre inquilino de Cuelgamuros sea el historiador Nicolás Sánchez-Albornoz, por la rocambolesca fuga que protagonizó. Dada la relativa libertad de movimientos de que disfrutaban los presos, las fugas eran frecuentes, aunque la mayoría eran frustradas por los guardias, o los fugados terminaban siendo detenidos poco después, con algunas excepciones. La de Sánchez-Albornoz y Manuel Lamana, en el verano de 1948, fue la más famosa y en 1998 fue llevada a la gran pantalla por Fernando Colomo, en una comedia titulada Los años bárbaros.

El dictador acudía con frecuencia a ver los avances de las obras, hacer modificaciones aquí y allá, a desesperarse con la lentitud del proyecto y a interesarse por los más nimios detalles. Daba así rienda suelta a su vocación artística. Cuando se presentaba de forma organizada, durante dos o tres días antes se aumentaba el número de guardias civiles que redoblaban la vigilancia y todos los presos tenían que extremar el celo. Otras veces, el jefe del Estado llegaba de sorpresa, a veces incluso de noche, sólo con el arquitecto y el chófer.

También Millán Astray se dejaba ver con frecuencia, incluso departía con algún preso que hubiera conocido en el ejército antes de la guerra, y se quejaba del mal rancho que les daban a hombres que tenían que trabajar tan duro, aunque era bastante mejor que las raciones que recibían en la cárcel.

A medida que pasaban los años, Franco se impacientaba. Pedro Muguruza, que murió en 1952, estaba enfermo y ni las dimensiones del túnel satisfacían al dictador ni las soluciones que le proponían para la Cruz que debía servir de remate al monumento le gustaban. Quería algo sencillo de diseño, pero de dimensiones espectaculares para que se pudiera ver a mucha distancia, que no afectara al peso de la montaña sobre la cripta y que respetara la vegetación circundante.

Entierro de uno de los féretros trasladados al monumento.
Entierro de uno de los féretros trasladados al monumento.

El 6 de enero de 1950 se inauguró una exposición con tres proyectos para la Cruz y a Franco le impresionó el del arquitecto Diego Méndez que, a partir de ese momento, se convirtió en el director de las obras, que se prolongaron hasta 1959, es decir, durante casi veinte años. Un retraso que Franco no atribuyó al gigantismo del esfuerzo, a los cambios constantes de criterio, a los problemas logísticos, a la falta de especialización y de motivación de la mano de obra presa, sino a la mano negra que trataba de frustrar todos sus proyectos: la masonería, como le confesó en una entrevista al historiador Ricardo de La Cierva.

No era, desde luego, por culpa de Méndez, que se declaró dispuesto a hacer “el monumento que simbolice, que represente plásticamente todas las virtudes raciales, como las del heroísmo, el ascetismo, el espíritu aventurero, el afán de conquista, el quijotismo, que forman el todo que inspira y define lo español como una unidad de esencia sublime y una permanente aspiración hacia lo eterno”. El monumento debía ser, ni más ni menos, “el Altar de España, de la España heroica, de la España mística, de la España eterna”.

La obra de la Cruz se le adjudicó a Huarte, en julio de 1950, que ya era un constructor de prestigio. El mástil se elevó en un plazo de catorce meses, a razón de unos 70 centímetros diarios y el cálculo de resistencia al viento se hizo en función de vientos de entre 50 y 300 kilómetros por hora para un plazo de tiempo de mil años. La Cruz se terminó en septiembre de 1956. Pesa 180.720 toneladas.

Frente a la entrada de la cripta se había pensado crear un lago en el que se reflejara la Cruz en los días claros. Finalmente, lo que se hizo fue rellenar la explanada –que tiene una superficie de 30.000 metros cuadrados– con los miles de toneladas de piedras extraídas de la montaña para excavar el túnel, obras que también fueron adjudicadas a Huarte en 1952.

El proyecto inicial de la exedra era de Pedro Muguruza, pero Franco lo modificó porque éste respetaba una roca que arrojaba un resultado asimétrico y el general hizo volar la roca. Para dar el salto de la montaña de granito a la geometría de la Cruz, se analizaron diversos grupos escultóricos, entre ellos uno con los doce Apóstoles, y finalmente se optó por simplificar y representar solo a los cuatro Evangelistas.

Reparación de una de las esculturas de Juan de Ávalos.
Reparación de una de las esculturas de Juan de Ávalos.

En la primavera de 1952, Juan de Ávalos García-Taborda y Diego Méndez se conocieron. El arquitecto le pidió que realizara “una cosa completamente monstruosa, que desde lejos no se sepa si es un hombre, si es una peña… tiene que ser una cosa que vaya en armonía con todas esas rocas tremendas que hay en los alrededores de la Cruz”. Méndez le puso a trabajar bajo su mirada porque encontraba el trabajo de Ávalos “amanerado” y a menudo le gritaba: “¡Más salvaje! ¡Quiero algo mucho más salvaje!”. También en el grupo escultórico intervino Franco, que ordenó que le quitara la barba a san Juan. “Bueno, pues qué le vamos a hacer, lo afeitaremos”, claudicó el escultor.

Después de los colosales apóstoles, se representaron las virtudes cardinales: Prudencia, Justicia, Fortaleza y Templanza, pero como hombres, pues Franco advirtió que “las mujeres no suelen encarnar realmente esas virtudes”. Ávalos, que se define políticamente como liberal y religiosamente como cristiano, recibió en la Transición amenazas anónimas y llamadas augurándole que su obra acabaría siendo dinamitada.

El 31 de diciembre de 1956, Franco indicó a fray Justo Pérez de Urbel que le organizara una comunidad religiosa para el Valle de los Caídos. Su cometido era orar y velar por los sepultados en la cripta y, a fines de mayo de 1958, se anunció que uno de los principales fines del monumento era que albergaría los restos mortales de los caídos en la Guerra Civil, sin distinción del campo en el que combatieron, siempre que fueran católicos. Algunos familiares de republicanos no se negaron a que los restos fueran trasladados. Otros incluso lo pidieron, pero muchos, como los familiares de Federico García Lorca, se negaron a que siquiera se intentara convencerles de que sus víctimas fueran a parar a una necrópolis que glorificaba la contienda y que algún día acogería también el cadáver del responsable de su muerte.

Interior de la basílica.
Interior de la basílica.

Poco a poco, en los siguientes meses, fueron llegando los muertos. De los cementerios de Carabanchel y de la Almudena, los primeros; otros, en camiones, en ambulancias, en coches particulares. En unos casos, unos pocos huesos, en otros, cadáveres frescos, incorruptos, como dos, traídos de Albacete, que parecen “acabados de fusilar”, según escribió José Gómez Figueroa en Blanco y Negro el 3 de abril de 1959. Los monjes benedictinos iban tomando nota de la recepción de cada cuerpo mientras las cajas se acumulaban en las galerías subterráneas, bajo las capillas laterales del crucero de la basílica. A principios de 1959 se calculaba en 20.000 el número de enterrados en el monumento.

El 1 de abril de ese año, veinte después de terminada la guerra, se hizo la inauguración oficial del Valle de los Caídos. Para que hubiera público en abundancia, la Delegación Oficial de Trabajo de Madrid anunció que los trabajadores que ese día quisieran asistir al acto deberían ser autorizados por sus empresas y percibirían su salario normal.

La tumba de Francisco Franco.
La tumba de Francisco Franco.

“Sería pueril creer que el diablo se someta”,  señaló Franco en su discurso oficial, tras la misa de campaña en la explanada bajo la Cruz. Dieciséis años después, en 1975, su cuerpo descansaría también en el fondo de la cripta con muchos de sus compañeros de armas y de los abatidos por los hombres bajo sus órdenes.

Durante los primeros treinta años transcurridos desde el fallecimiento del dictador, el Valle de los Caídos suscitó relativamente poca polémica y más que foco de conflicto ha resultado más una atracción turística, por su “exotismo” anacrónico y su proximidad a los Reales Sitios de El Escorial y La Granja de San Ildefonso. Sin embargo, desde hace más de una década, las asociaciones que buscan recuperar la memoria de los muertos y desaparecidos en la Guerra Civil clamaban al cielo porque “el verdugo descanse en paz rodeado de sus víctimas”.

Arturo Arnalte

*Actualización de un artículo publicado en La Aventura de la Historia, número 79.

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