La medicina árabe en la Edad Media

El progreso científico y los grandes avances y adelantos en materia de salud durante esta época en Occidente vinieron de la mano de galenos árabes como al-Ruhawi, Rhazes o Avicena

La Edad Media ha sido considerada un largo periodo de oscuridad, carente de progreso científico. Sin embargo, lo cierto es que se pueden encontrar adelantos en distintas disciplinas del conocimiento, y la medicina no es la excepción. Hablar del arte médico en Occidente durante el Medievo es tratar en gran medida las aportaciones del mundo árabe a esta ciencia. No obstante, el progreso científico en el mundo islámico no se desarrolló con plenitud hasta los últimos años del siglo VIII, cuando comenzaron a traducirse muchos de los textos griegos al árabe (Platón, Aristóteles, Euclides, Hipócrates y Galeno, entre otros).

De hecho, si se ha preservado gran parte de la sabiduría griega, afirma el filósofo austriaco Rudolf Steiner, se debe a que los guardianes del conocimiento antiguo encontraron un paraíso en la academia fundada por los persas en Gundishapur (también conocida como Jundishapur o Gondishapur). Esta ciudad al sur de la antigua Persia –levantada por el emperador sasánida Shapur I a finales del siglo III– deja su huella en la historia por su afamada escuela de medicina erigida, según Stephen Mason, en el siglo V.

La academia fundada en Gundishapur por los persas.

Se trataba de un hospital de aprendizaje de educación superior, asociado al origen de los hospitales como instituciones organizadas cuyo modelo será copiado por Bagdad (y posteriormente en el resto del mundo). Esta ciudad juega un papel fundamental en el desarrollo de la medicina islámica, cuyo contacto inicial con el islam se debe a la expansión del califato omeya bajo el mando de Umar ibn al-Jattab en el siglo VII.

El conocimiento médico de Gundishapur divulgaba las enseñanzas griegas, cristianas, persas, musulmanas e hindúes en materia médica y religiosa. Con el tiempo, los instructores nativos fueron reemplazados por médicos griegos. El jefe de este grupo de médicos fue Theodosius o Theodorus, quien creó un Sistema de medicina, que es uno de los pocos libros médicos persas traducidos al árabe, según informa el historiador británico Cyril Elgood.

En este sentido, no es de extrañar que el pensamiento médico y su práctica fuesen excesivamente complejos, ya que intentó hacer coincidir distintas doctrinas religiosas y filosóficas provenientes de diversas culturas (persas, indios, griegos, cristianos, judíos…) con las enseñanzas del Corán y los hadices. Es en este ámbito donde ve la luz uno de los textos más relevantes sobre buenas prácticas en medicina del mundo árabe: La práctica ética del médico, de Ishaq ibn ‘Alí al-Ruhawi. El texto está escrito, dice el autor, debido a que algunos practicantes se han apartado del verdadero camino del médico y han cedido a la charlatanería y la corrupción.

Cuerpo y alma

Se trata de una colección de materiales sobre deontología médica, cuya finalidad principal es mostrar que la práctica de este arte tiene como misión atender al enfermo con la ayuda de Dios. En el capítulo I, cuyo título es bastante ilustrador (“Sobre la lealtad y fe que un médico debe tener y la ética que debe seguir para mejorar su alma y carácter moral”), al-Ruhawi llama al médico “los guardianes de las almas y los cuerpos”, cuya responsabilidad es “(…) evitar prácticas malvadas en el tratamiento de la salud y la enfermedad, confiando en la ayuda de Alá, el exaltado, y en el apoyo que de Él reciben, así como esperar sus recompensas”.

Son muchos los temas tratados en La práctica ética del médico; tan solo mencionar aquel que estipula acerca de los honorarios que debería recibir el doctor. El pago, según al-Ruhawi, debería ser suficiente para que el médico no tuviera que verse obligado a buscar una segunda actividad para subsistir. Por tanto, las ganancias deberían ser suficientes para “poder casarse y tener hijos (…) alimento, vestido, alojamiento y otros (aspectos) que permitan el mantenimiento de la salud”.

Dioscórides y un alumno en un manuscrito árabe de su obra De materia médica.

Imitando lo sucedido en Gundishapur, el califa abasí Al-Mansur, llevó científicos a Bagdad en el siglo VIII. Jurjis ibn Buhktishu, el director del hospital de Gundishapur, fue el primer enviado. Un siglo más tarde, Hunayn ibn Ishaq (809-873), director de la Casa de la Sabiduría de esta ciudad, tradujo la mayoría de los escritos médicos de Galeno. Otros médicos, discípulos de Hunayn, tradujeron los textos de Hipócrates y Dioscórides. Con ellos colaboró en Bagdad la primera gran figura de la medicina árabe, al-Râzî o Rhazes (865-925), que escribió más de un centenar de obras, de las que sobresale una gran enciclopedia clínica (al-Hawi) que abarcaba toda la medicina griega, india y de Oriente Medio conocida hasta ese momento. La filosofía de Rhazes también evoca a Alá como el juez que castiga y otorga. Consideraba que Alá envía al médico como un agente activo cuyas tareas son claras: “Sirvo al gobernante no como un soldado o un oficial, sino como un médico y un compañero de mesa. Tengo dos tareas, una es curarle cuando enferme, la otra darle consejo cuando esté saludable”.

Avicena y Averroes

Otro eminente médico árabe fue Ibn Sînâ, mejor conocido como Avicena (980-1037). Cultivó, además de la medicina, otros ámbitos científicos y filosóficos, con un legado de más de 200 libros, entre ellos el Canon, que en palabras de Laín Entralgo es la “cima indiscutida de la medicina medieval”. Avicena tiene una visión holista del cuerpo humano, es decir, que no está formado por partes separadas como componentes de una máquina. No distingue entre cuerpo y espíritu, así que algunos malestares físicos pueden remediarse a través de un tratamiento mental. Como ejemplo puede citarse el caso de un joven que, después de examinarlo, descubrió que su dolencia se debía a un mal de amores; para curarle le recetó simplemente casarse con su amada.

Manuscrito de anatomía iraní del siglo XVII.

Entre otros médicos insignes se podría mencionar a Ibn Rushd, Averrores (1126-1198), gran genio del islam y comentador de Aristóteles. Y, finalmente, Ibn an-Nafis (1210-1288), el primer médico en describir la circulación menor (o circulación pulmonar), un descubrimiento que pasó desapercibido hasta que, primero Miguel de Servet y luego William Harvey, lo expusieran. Con Ibn an-Nafis se cierra la época creadora de la medicina árabe en la Edad Media. Durante este periodo tendrá un papel primordial la cristiandad –desde la fundación del primer hospital cristiano en Cesarea, Capadocia (siglo IV), hasta las primeras universidades de medicina en el siglo XIV–, así como las aportaciones de la medicina judía con figuras como Maimónides.

La importancia de tener pacientes informados

Alí al-Ruhawi cuenta en La práctica ética del médico la historia de un doctor que le pide reservar orina a un paciente para poder examinarla al otro día. Hacia la tarde el individuo comenzó a gritar solicitando ayuda. Al presentarse “encontraron al hombre con su mano en la ingle, llorando y llorando. Mûsâ, el médico, le dijo ‘¡Eh! Hombre, ¿qué es lo que pasa con usted?’. Él contestó ‘Usted dijo que retuviera la orina y sigo haciéndolo’”. El médico le explicó que la idea era conservar una cantidad en un recipiente y no aguantarse las ganas. Al otro día el paciente llevó la orina en un tarro de barro (imposible de analizar) y en muy poca cantidad. Con este ejemplo, al-Ruhawi muestra la responsabilidad que tiene el médico de conocer la situación cultural e intelectual del paciente al que trata. Era de la opinión de que “el peor infortunio tanto para el médico como para el paciente es que este último y su sirviente estén poco cultivados”. A diferencia de lo que pensamos hoy, para este médico árabe era mejor ocultar el diagnóstico a un paciente cuyo nivel de educación no le permita entenderlo. Dar información sobre un régimen o medicación a un paciente incapaz de comprenderlos no solo no le ayudará, sino que puede poner en mayor peligro su salud.

Ramón Ortega Lozano

*Artículo publicado en La Aventura de la Historia, número 235.

 

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