“De cómo un americano se está llevando a su país el monasterio de Santa María de Óvila”. No se trata de una página de un libro prohibido, como la perseguida Poética de Aristóteles en la celebrada novela El nombre de la rosa, de Umberto Eco. Tampoco de la crónica de un periodista, un tal Miguel España, censurada por el director de un periódico, en este caso, el ABC. Es la brillante revelación del «autoexpolio» de un monasterio español –Santa María de Óvila (Trillo, Guadalajara)– publicada en el número del rotativo español correspondiente al 18 de julio de 1931. Aquella exclusiva, de la que sueña apropiarse cualquier periodista, no provocó ningún terremoto social en la España del momento. Diría, más bien, que pasó desapercibida ante los ojos de millones de españoles que, o dormían en el extendido analfabetismo educativo, o, directamente, carecían de toda conciencia sobre el valor de un patrimonio que se perdería para siempre.
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