La Revolución de 1917 significó en Rusia un periodo de emancipación, libertad y adquisición de derechos para las mujeres sin parangón en otros países de la época. En medio de la agitación política y social, a las mujeres se les permitió soñar con la igualdad con el hombre no solo ante la ley, sino también ante la vida: en el seno de la familia y en el ámbito del trabajo fuera del hogar.

Los líderes bolcheviques proclamaron la emancipación femenina como requisito necesario para el triunfo de la Revolución, pero en la conformación del Estado soviético este objetivo quedó postergado ante las urgencias de la guerra civil contra el Ejército Blanco y los rigores de la Nueva Política Económica (NEP). Tras la inicial movilización de las mujeres, los miembros masculinos del Partido Bolchevique perdieron el interés o, quizá, temieron perder la condición de privilegio inherente a su género.

Durante las primeras décadas de la URSS, las mujeres que habían prendido la chispa revolucionaria, atrapadas entre las contradicciones de lo que se suponía iba a ser su liberación de lo que, en la terminología al uso, se denominó esclavitud doméstica, vivieron un paulatino recorte de derechos, convertidas al cabo en diana de diversas campañas estalinistas de presión para retornarlas a su rol tradicional. Los libros y las ropas de trabajo que una vez representaran en los carteles a las jóvenes rusas cedieron su lugar a cestas cargadas de frutos y trajes típicos, con una multitud de niños entre las faldas. Era el tiempo de la Madre Rusia y el “padrecito” Stalin.

Cartel de I. Nivinskiy que anima a las mujeres a participar en cooperativas (1918).
Cartel de I. Nivinskiy que anima a las mujeres a participar en cooperativas (1918).

No por casualidad, la Revolución comenzó el Día Internacional de la Mujer, el 8 de marzo de 1917, el 23 de febrero, según el calendario juliano vigente entonces en Rusia. Desoyendo los reparos de las organizaciones de trabajadores, las obreras de las fábricas textiles del distrito de Vyborg, en San Petersburgo, marcharon a la huelga. Recorrieron las factorías vecinas y recabaron el apoyo de los trabajadores de la industria metalúrgica. “A nadie se le pasó por la mente que fuera a convertirse en el primer día de la Revolución”, recordaba Trotski en su Historia de la Revolución rusa.

Día internacional de la mujer

“Los círculos socialdemócratas tenían previsto celebrar el día de manera genérica: con reuniones, discursos, folletos. Ni una sola organización pidió huelgas ese día. Es más, incluso un Comité Bolchevique, el más combativo, el del distrito de Vyborg, se oponía a las huelgas”. Era demasiado pronto, pensaban, el Partido no estaba preparado, no era lo suficientemente fuerte. “Los trabajadores decidieron no convocar huelgas sino preparar la acción revolucionaria en un tiempo indefinido en el futuro. El hecho es que, la Revolución de febrero –sigue Trotski– comenzó desde abajo, superando la resistencia de sus propias organizaciones revolucionarias; la iniciativa, tomada por su cuenta por la parte más oprimida y pisoteada del proletariado: las obreras textiles, entre ellas sin duda muchas esposas de soldados”.

La Rusia inmersa en la Gran Guerra era miserable, atenazada por la carestía y la inflación en productos de primera necesidad. Con millones de hombres en el frente, las mujeres quedaron al cargo de mantener a la familia, arrojadas por primera vez en sus vidas al trabajo fuera del hogar, como obreras en núcleos urbanos o en el campo. Accedían así a la compañía de otras mujeres en su misma condición. En 1915 hacían colas interminables a temperaturas bajo cero para comprar alimentos básicos. Los saqueos, disturbios –hubo quienes se tiraron a la vía del tren para impedir que se llevaran a sus maridos– y sabotajes en las fábricas de armamento estaban a la orden del día. Su desesperación fue la gasolina que inflamó la Revolución, ¿qué podían perder?

Al grito de “¡Pan, paz y abajo el zar!”, alrededor de 90.000 trabajadores tomaron las calles aquel Día Internacional de la Mujer, que fijará para la posteridad su celebración en esta fecha. Dos días después se declaró la huelga general. “Las obreras juegan un gran papel en la relación entre trabajadores y soldados. Suben a los cordones con más valentía que los hombres, se agarran a los rifles, imploran, casi ordenan: ‘Bajen sus bayonetas y únanse a nosotros’”, relata Trotski. En una semana cayó el zarismo y se proclamó el Gobierno provisional.

Demanda de mejoras laborales

Alexandra Kollontai, cuyos panfletos inspiraron muchas de las consignas coreadas durante la huelga, fue uno de los primeros exiliados políticos de 1905 en regresar, ya con varios artículos sobre la mujer y su dependencia en las relaciones amorosas escritos a sus espaldas. Tenía una visión libre del amor y el sexo, en una época en que para una mujer el mero hecho de tener –y no digamos expresar– una opinión al respecto era escandaloso. Su gran talento como oradora la convertiría en mano derecha de Lenin, aunque su relación estuvo sujeta a grandes desavenencias. En el exilio, pese a sus divergencias ideológicas de partida, encontraron en su oposición a la guerra un frente común. En San Petersburgo, Kollontai actuó como eslabón de Lenin con el Partido Bolchevique hasta su retorno.

La demanda de mejora de las condiciones laborales en las fábricas –entre ellas, tiempo para amamantar– alzó a las obreras contra el Gobierno provisional. Kollontai y otras bolcheviques como Nadezhda Krupskaia, Inessa Armand o Sofía Goncharskaia, llamaron a la acción a sus compañeras. En mayo, 40.000 lavanderas protagonizaron la primera gran huelga. Pedían el fin de la guerra y el sufragio universal. En julio arrancaban a Kerenski el compromiso de permitir el derecho al voto a las mayores de veinte años.

Alexandra Kollontai (1872-1952), artífice de grandes reformas para las rusas, fue la primera en ocupar un puesto en un Gobierno.
Alexandra Kollontai (1872-1952), artífice de grandes reformas para la emancipación de las rusas, fue la primera mujer en ocupar un puesto en un Gobierno.

Con la Revolución de Octubre llegó la verdadera adquisición de derechos para las mujeres. El Código Familiar de 1918 estableció el divorcio a petición de cualquiera de los cónyuges, el matrimonio civil, el aborto legal y la equiparación en derechos de los hijos nacidos dentro y fuera del matrimonio. Era, no obstante, “una legislación para la era transicional”, como indica la historiadora Wendy Z. Goldman en su libro La mujer, el Estado y la Revolución. En el naciente Estado soviético, la emancipación de la mujer se sustentaba, según Goldman, en cuatro pilares: la socialización del trabajo doméstico, la incorporación de las mujeres al empleo asalariado, la extinción de la familia y el amor (o unión) libre. Algunas de las medidas del Código chocaban con estos principios con el objeto de proteger a la mujer, en situación de inferioridad frente al hombre, en esta transición.

Desde el Ministerio de Asistencia Pública, Kollontai fue artífice de reformas como que las mujeres pudieran elegir libremente su profesión, la equiparación salarial con los hombres por el mismo trabajo, el acceso a todos los empleos del Estado, la prohibición de despedir a embarazadas o la educación mixta. Asimismo, estableció centros de cuidado infantil y guarderías e instauró hospitales de maternidad (“un lugar limpio y agradable donde dar a luz”, los definió).

En el transcurso de la guerra civil creció el descontento con el Gobierno. Lenin era consciente de la importancia de la movilización femenina. En 1918 se celebró en Moscú el I Congreso de Obreras y Campesinas. Aun convocado a toda prisa, acudieron más de mil delegadas. “Si la emancipación de la mujer es impensable sin el socialismo, entonces el socialismo es impensable sin la total emancipación de la mujer”, concluía Kollontai su intervención. Lenin, en el estrado, estaba perturbado por la entusiasta acogida: “Daremos respuesta a estos problemas cuando derrotemos a los blancos”.

Retroceso en los años treinta

Del congreso surgió la creación del Zhenotdel (1919), el Departamento de la Mujer del Partido Bolchevique, que pone en marcha las asambleas de delegadas de las trabajadoras, que se reunían de dos a cuatro veces al mes, para escuchar las reclamaciones de sus compañeras y participar activamente en las campañas del Partido y los sóviets.

Cartel que anima a las trabajadoras a “coger un rifle” y sumarse a la lucha bolchevique contra el Ejército Blanco, 1918.
Cartel que anima a las trabajadoras a “coger un rifle” y sumarse a la lucha bolchevique contra el Ejército Blanco, 1918.

En 1924, Lenin, tras su segundo infarto, se retiraba definitivamente y Stalin era nombrado secretario general del Partido. El estalinismo terminó con el espejismo de igualdad para las mujeres. En 1930 se disolvía la Zhenotdel y en 1936 se ilegalizaba el aborto, mientras se lanzaban campañas para estimular que las mujeres tuvieran muchos hijos y regresaran al hogar. “Aunque las condiciones materiales jugaron un rol crucial en socavar la visión de los años veinte –señala Goldman–, no fueron en última instancia responsables por su desaparición. La reversión ideológica de la década de 1930 fue esencialmente política”.

Kollontai fue nombrada embajadora, la primera mujer en la historia. Stalin nunca firmó su ejecución, seguramente porque representaba una cara amable del régimen en el exterior. A los setenta y tres años, en Moscú, escribió a “las mujeres desconocidas y lejanas que habitarán el futuro. Dejémosles ver que no fuimos héroes o heroínas, solo creímos apasionadamente en nuestras metas y las perseguimos”.

Sara Puerto

*Artículo publicado en La Aventura de la Historia, número 234.

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