La historia del tesoro de Guarrazar arranca en el año 711. La invasión musulmana cambió el curso de la historia en la península ibérica, al poner fin al reino visigodo de Toledo, que se había constituido en los inicios del siglo VI, tras la batalla de Vouillé (507). En el momento de la invasión, muchos pensaron que su presencia sería algo pasajero, una incursión desde el otro lado de las Columnas de Hércules con el objetivo de obtener un cuantioso botín. Una vez logrado, regresarían al norte de África.

También pensaban así los witizanos –partidarios de los hijos del anterior monarca–, quienes, enfrentados al nuevo rey, don Rodrigo, los habían llamado en su auxilio para derrocarlo. Cuando a Toledo, la Urbs Regia, llegaron noticias de lo ocurrido en la laguna de la Janda (Tarifa, Cádiz), cundió el pánico. Las gentes huyeron y ocultaron los objetos de valor con la esperanza de, una vez pasado el trance, regresar y recogerlos.

Es lo que debieron hacer algunos clérigos toledanos con los objetos más valiosos de sus iglesias. Sin embargo, la esperada marcha de los invasores no se produjo, y los mahometanos configuraron en la Península un emirato dependiente del califato que, desde Damasco, regía los destinos del mundo islámico.

Los objetos de valor del tesoro de Guarrazar, ocultados en Guadamur (Toledo), eran extraordinarias piezas de orfebrería visigoda: coronas votivas y cruces labradas en oro, cuajadas de gemas y piedras preciosas. Se trataba de regalos que los reyes y grandes personajes del mundo visigótico donaban a las iglesias en cumplimiento de un voto o promesa, o en agradecimiento por un bien recibido. Esos objetos nunca fueron recuperados por quienes los ocultaron. Ignoramos si murieron entonces o fue otra la razón, pero no pudieron regresar al lugar donde los habían escondido.

Cruz del Tesoro de Guarrazar.
Cruz del Tesoro de Guarrazar.

Con el tiempo se perdió la memoria de su existencia, al igual que ocurrió con muchos otros ocultados en otras partes, como el de Torredonjimeno (Jaén), y, en definitiva, su existencia cayó en el olvido. Solo en historias legendarias, contadas al amor de la lumbre en las noches de invierno, se guardaba un borroso recuerdo. En ellas se aludía de forma genérica a tesoros escondidos en el “tiempo de los moros”.

El tesoro de Guarrazar permaneció oculto durante más de mil años, en unas fosas confeccionadas con opus caementicium, conocido como hormigón romano, cerradas con lajas de piedra y cubiertas de tierra. No sería hasta que, en pleno siglo XIX, en un atardecer de verano del año 1858, después de que cayera una fuerte tormenta, se descubrió, fruto de la casualidad, su escondite.

Ocurrió que una joven, llamada Escolástica, regresaba de Toledo a Guadamur, localidad situada a unos quince kilómetros de la capital, tras examinarse de la prueba final para alcanzar el título de maestra de primeras letras. Cerca ya del pueblo, cuando pasaba junto a una fuente con cuya agua se regaba un pago de huertas, conocido como Guarrazar, sintió una apremiante necesidad. En la zona, la fuerte tormenta caída había arrollado la tierra y Escolástica descubrió que los últimos rayos de un sol a punto de ponerse hacían brillar algo a ras de suelo.

Cruces y coronas

Así comenzaba la historia del descubrimiento de un tesoro que terminaría siendo conocido como de Guarrazar. Escolástica, su padrastro Francisco Morales y su madre María Pérez, casada en segundas nupcias con Morales, encontraron numerosas cruces, coronas votivas y otros objetos de orfebrería. Mantuvieron el secreto de su descubrimiento, al que se añadiría el hallazgo, por parte de otro vecino de Guadamur, de otra fosa también llena de valiosas piezas de orfebrería de época visigoda.

Muchas de ellas se perdieron, al ser vendidas por quienes las hallaron. Sabemos que su destino fue la fundición. Pero otras, tras una curiosa historia –en la que intervinieron un militar francés llamado Adolphe Hérouart y José Navarro, un importante joyero de la época que había confeccionado la corona real de Isabel II–, terminaron en Francia, en el parisino Museo de Cluny. Cuando en España se conoció, a través de la prensa gala, el origen de tan excepcionales piezas labradas en una época cuyas referencias artísticas eran casi inexistentes, hubo un monumental escándalo. El asunto, que se conoció como de “las coronas visigodas”, llegó hasta el Congreso de los Diputados.

Una de las diez coronas del Tesoro de Guarrazar.
Una de las diez coronas del Tesoro de Guarrazar.

En Guadamur se desató una verdadera fiebre del oro. Numerosos vecinos excavaron en el pago de Guarrazar con la esperanza de encontrar más joyas del “tiempo de los moros”. Hubo alguna compraventa de fincas en la zona con propósitos arteros. La Real Academia de la Historia encargó a José Amador de los Ríos una excavación y un estudio, fruto de la cual fue la publicación de su obra El arte latino-bizantino en España y las coronas visigodas de Guarrazar. Ensayo histórico crítico. Sin duda, la noticia de que el tesoro de Guarrazar había ido a parar a Francia impulsó la construcción de un museo estatal de arqueología, que no existía en España. La iniciativa para poner en marcha lo que hoy es el Museo Arqueológico Nacional data de 1862, cuando se decidió levantar en el paseo de Recoletos un edificio para albergar una Biblioteca y Museo Nacionales.

El alboroto producido dio lugar a una reclamación de las autoridades españolas ante el Gobierno francés. Muchos años después, otra historia, que ha hecho correr mucha tinta, hizo que una parte de las joyas de dicho tesoro pueda verse hoy en el Museo Arqueológico Nacional de Madrid. Se ha especulado mucho con el origen de las coronas, presumiblemente escondidas en el momento de la invasión musulmana. Su calidad y riqueza apuntaron tradicionalmente a que procedían de algunos templos de la Urbs Regia de los visigodos, pero recientemente se cree que, en lo que hoy es Guadamur, se levantó una importante basílica, Santa María in Sorbaces, y sería de ella de donde procederían las coronas votivas y cruces que ahora conocemos como tesoro de Guarrazar.

En la novela El último tesoro visigodo se sitúa al lector en el momento de la invasión musulmana y la batalla de la Janda, y en la España de mediados del siglo XIX y las peripecias del extraordinario descubrimiento, así como los acontecimientos que hicieron que, parte de ellas, puedan ser hoy contempladas en el Museo Arqueológico Nacional.

José Calvo Poyato

*Artículo publicado en La Aventura de la Historia, número 242.

El último tesoro visigodo

José Calvo Poyato
Barcelona, Ediciones B, 2018
464 págs., 20,90 €

Portada de "El último tesoro visigodo", de José Calvo Poyato (Ediciones B).
Portada de “El último tesoro visigodo”, de José Calvo Poyato (Ediciones B).

 

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