No reconocer que las libertades han retrocedido, incluso en las democracias parlamentarias más asentadas del mundo, sería ponerse una venda en los ojos. Pero también resultaría engañoso afirmar que vivimos un auge de regímenes capaces de infundir un miedo comparable al que sus predecesores provocaron a la población de sus respectivos países en pleno siglo XX.

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