Desde muy temprano, hacia el siglo IV, los antiguos cristianos que vivían en Jerusalén realizaban, reunidos en cofradías, algunas procesiones como la de las Palmas del Domingo de Ramos para recordar in situ los distintos momentos de la Pasión. Durante el Viernes Santo tenía lugar la adoración de la Cruz, y pronto, estos actos sencillos comenzaron a evolucionar hacia otros mucho más organizados, extendiéndose su práctica hacia Occidente.

Así, sabemos que en algunos lugares de la España visigótica se hacía la bendición de las palmas antes de la procesión entre dos iglesias mientras se cantaban antífonas, como igualmente ocurriría en el mundo carolingio en la ciudad de Metz. Más adelante, en Toledo, durante su Viernes Santo, la reliquia del Lignum Crucis era trasladada en la cruz estauroteca desde el altar mayor de la catedral hacia la iglesia de la Santa Cruz para luego regresar con gran solemnidad. No obstante, hemos de esperar hasta el siglo X para que la presencia de imágenes de Jesucristo diera mayor tangibilidad a las procesiones, hasta llegar a la plenitud medieval y las representaciones del calvario con san Juan y María en conjuntos que evocaban el descendimiento.

 Avance la mística 

Fue interesante el cambio que se produjo a partir del siglo XIII y desde san Francisco de Asís, momento en el que la cristiandad se fija más en los aspectos humanos de Jesús. Es el siglo de las cofradías de oficio: zapateros, panaderos, médicos, pellejeros, mercaderes, etc., que derivaron en muchos casos en gremios para defender sus intereses y proteger a sus hermanos. En los siglos XIV y XV tuvo lugar el avance de la mística y la devotio moderna. Franciscanos y dominicos, y en general los teólogos, contemplan la Pasión con reverencia y recogimiento. Como indica Sánchez Herrero en sus numerosos estudios sobre las cofradías, no es de extrañar que aparezcan numerosas asociaciones dedicadas a la contemplación de la pasión y muerte, siendo sus principales elementos de devoción la Vera Cruz y la sangre de Cristo. Ello hará que las manifestaciones artísticas en torno al crucificado tuvieran un extraordinario auge. Pero en cualquier caso, eran aún muy escasas las procesiones, girando los actos extralitúrgicos en torno a la representación de la Pasión y diversos sermones sobre algún aspecto concreto de la misma.

Fue entre finales del siglo XV y principios del XVI cuando el movimiento reformista, que buscaba un cristianismo más auténtico y la vuelta al espíritu evangélico, produjo la eclosión del fenómeno de las cofradías de Pasión. Nacieron en Andalucía y se extendieron por toda España, siendo su acto central la estación de penitencia. En la misma portaban un pequeño crucificado que llevaban en la mano, aunque posteriormente se añadió la imagen de Nuestra Señora de los Dolores sobre unas parihuelas. Y en cuanto a la música, hemos de decir que en ese momento no había un especial acompañamiento, salvo tal vez un tambor o una trompeta que acentuara el aire fúnebre del cortejo.

Detalle de un dibujo de la procesión del Santo Entierro en 1844, basado en un original del pintor aragonés Manuel Guillén.

El siguiente cambio se produjo con la introducción de imágenes de crucificados, algunos de ellos con brazos articulados para representar el descendimiento de la cruz y, ya en el siglo XVII, tuvo lugar la irrupción de la figura del Nazareno en sus múltiples versiones: portando la cruz, la oración en el huerto, Jesús cautivo, en la sagrada columna…

Fue en este último siglo en el que el barroco inundó la vida cofrade. Lo brillante y ostentoso las transforma haciendo que junto al primitivo espíritu de contemplación y penitencia crecieran los aspectos artísticos, dando boato y esplendor a los cortejos procesionales que tenían lugar. La gran proliferación de cofradías hizo que se propiciara la fusión de muchas de ellas y que, por ejemplo, en Sevilla, se regularan sus procesiones introduciendo la obligación de hacer estación de penitencia en la catedral.

 Ayuda a los necesitados 

La caridad formaba parte de la razón de ser de las cofradías, tanto hacia sus propios hermanos como hacia el resto de la ciudad en la que estuvieran radicadas. De hecho, muchas de sus antiguas reglas contemplaban la ayuda al prójimo entre sus fines principales, como podemos ver por ejemplo en la de san Pedro Apóstol o de los guarnicioneros: “Por ende, lo primero que auemos de guardar para que en la Hermandad aprouechemos en que seamos de un ánimo, esto es, de un querer y un coraçon en Dios e el bien e prouecho e caridad nuestra sea común al próximo, distribuyendo a cada uno segund lo que ouiere”.

En ocasiones, las cofradías contaban con algunos bienes, como casas, propiedades rurales y rentas de las que se nutrían para destinarlas a sus fines caritativos, pero en la mayor parte de los casos se organizaban para pedir limosnas. Algunas de ellas encargaban a un hermano la recepción de las mismas, que solían conservarse en un arca hasta su distribución. En otras, se estipulan turnos para pedir limosna: domingos y fiestas, viernes de Cuaresma, día de la procesión del Santísimo, etc.

Evidentemente, fueron los hermanos los primeros receptores de las mismas. De tal manera, las reglas establecían ayudas hacia los hermanos que hubieran caído en situación de pobreza, estudiando el tipo de necesidad y la cantidad que debía aportarse. Sin embargo, la ayuda en caso de enfermedad y muerte solía ser una de las principales causas de asistencia, configurándose las cofradías como verdaderas mutualidades de entierro. Hay que tener presente que en la Edad Media, caer en situación de enfermedad y no poder por tanto tener ingresos provenientes del trabajo, era una verdadera preocupación. Así, cuando un cofrade se encontraba enfermo, su cofradía se encargaba de velarlo. Incluso entregaba a su familia una cantidad de maravedíes semanales si no disponían de dinero para comprar alimentos.

“Después de la procesión”, óleo de Manuel Cabral Bejarano que muestra a unos nazarenos de una cofradía en actitud relajada en una taberna sevillana en Semana Santa. Colección particular.

En caso de muerte, cada hermandad establecía el gasto necesario para su enterramiento, estableciendo de forma pormenorizada en muchos casos el número de candelas que se debían encender, el paño para cubrir el cadáver, el número de cofrades que lo velaban o el pago del transporte si fallecía fuera de la ciudad.

Otra vía para el ejercicio de la caridad la constituyó la construcción y mantenimiento de hospitales, especialmente abiertos para los pobres. Generalmente fueron edificaciones pequeñas con unas diez o veinte camas según los casos. Los hubo de muchas clases: dedicados a enfermedades contagiosas –como los lazaretos–, para recién nacidos, o para ancianos y enfermos crónicos. Contaban con una plantilla en la que cabe destacar algunas figuras, como la del capellán, los médicos y cirujanos, los boticarios y los visitadores. Según algunos estudios, el médico tenía la obligación de hacer dos visitas diarias; el cirujano debía curar dos veces al día; el boticario, por su parte, preparaba las recetas y las entregaba a los enfermos junto con lo que habían de comer, y el capellán recibía a los enfermos y debía anotar las defunciones y avisar al escribano.

 Casar huérfanas 

Aunque resulte anecdótico desde nuestra perspectiva actual, las cofradías también destinaban algunas cantidades de sus ingresos a casar huérfanas. En aquella época, las mujeres eran educadas para el fin del matrimonio, y contar con una adecuada dote era una importante fuente de preocupaciones. Llegado el momento, si intervenía la cofradía, el cabildo estudiaba el caso e investigaba a la candidata. Comprobaba que no estaba desposada anteriormente, que era huérfana y cristiana vieja. Por fin, algunas reglas refieren que el ajuar donado había de ser expuesto en la iglesia de la localidad durante el Jueves y el Viernes Santos.

En otro orden de cosas, el hecho de situarnos en el fin de la Edad Media, y ser tierras, como las más meridionales, cercanas a la zona de influencia del islam, hacía que las cofradías situadas en tales lugares se ocuparan en ocasiones en labores de redención de cautivos, pagando o ayudando a reunir el rescate correspondiente del hermano. Y, en el caso de estar presos por otras circunstancias, se les visitaba y atendía o se les acompañaba si iban a perecer en manos de la justicia y se celebraban misas por su alma.

La pregunta que nos podemos hacer en este punto es si las cofradías fueron un instrumento eficaz y si su ayuda fue decisiva a la hora de paliar ciertas necesidades de una sociedad que carecía de los sistemas de protección de los Estados modernos. Evidentemente hemos de responder con un no a esta cuestión, aunque conviene matizarlo. Por un lado, los fines de las cofradías eran sobre todo espirituales, y fue este tipo de ayuda, en especial en el caso de las hermandades de Pasión, el objeto esencial de su actuación. No obstante, numerosos estudios muestran que la labor asistencial de muchas de ellas fue relevante.

"Una cofradía pasando por la calle Génova", por Alfred Dehodencq, Sevilla, 1851, Museo Carmen Thyssen Málaga.
“Una cofradía pasando por la calle Génova”, por Alfred Dehodencq, Sevilla, 1851, Museo Carmen Thyssen Málaga.

No era obligación de tales instituciones remediar la miseria de una ciudad, y aunque la lectura de sus reglas nos lleve a suponer lo contrario, su capacidad económica seguramente sería muy escasa a la hora de abordar los problemas del total de la colectividad urbana. Pero también ha de decirse que estas corporaciones atendieron a muchos de sus componentes en situaciones difíciles, incluyendo sus familiares e, incluso, personas a su servicio, como esclavos y mozos. Un porcentaje muy elevado de ellas atendía las necesidades materiales de sus hermanos, especialmente en casos de pobreza y prisión, y la mayoría destinaba fondos a personas no pertenecientes a las mismas, a través del hospital o mediante limosnas. De hecho, muchos de los hospitales existentes, quizá la mayoría, dependieron de la cofradía que los fundó, y todos estuvieron abiertos para los pobres aunque el número de camas que pudieran albergar fuera escaso.

El devenir de las cofradías hasta nuestros días ha sido muy dispar, experimentando serias crisis en los siglos XVII y XIX, unas veces propiciadas por la propia intervención de la jerarquía eclesiástica en intentos de regularlas y actualizar sus fines y reglas, y otras con ocasión de guerras, como la de la Independencia. Incluso, en los años treinta del siglo XX e igualmente tras el Concilio Vaticano, volvió a estar en tela de juicio su misma existencia. Empero, lo cierto es que han llegado a nuestros días y siguen mostrando un vigor que revela las profundas convicciones de quienes las integran, a la par que manifiestan desde el plano artístico una sensibilidad especial que distingue a nuestro país por encima de otros de la órbita cristiana. Aun siendo diferentes en el plano de lo estético, las salidas penitenciales de las numerosas cofradías de Pasión que salpican nuestra geografía, continúan mostrando de un modo bello nuestra diversidad y nuestras raíces comunes.

José Luis Escribano

*Artículo publicado en La Aventura de la Historia, número 222.

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