Durante siglos el cielo fue el protagonista para medir el tiempo, siendo sus instrumentos de medición el sol y la luna, con su baile de estrellas en rededor. Las observaciones astronómicas dieron lugar a predicciones sobre las estaciones, las mareas, el influjo de las estrellas y demás elementos tan ajenos y, al mismo tiempo, tan importantes en la cronología terrestre. Tras pasar por la clepsidra, los cuadrantes, las velas, el reloj de arena, el reloj de sol, etc., se crearon artificios cada vez más sofisticados, hasta que en el lindero final de la Edad Media apareció el primer reloj de maquinaria industrial. Poco después se comenzaron a fabricar los complejos relojes astronómicos. Europa se llenó de los fabulosos artefactos que resultaban útiles y decorativos. Algunos de ellos todavía adornan las ciudades e, incluso, guardan parte del mecanismo original.
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