Una parte importante del atractivo que el mundo antiguo ejerce sobre nosotros se vincula a la resolución de los misterios (algunos reales, otros inventados) que las antiguas civilizaciones nos legaron. Entre esos misterios, o a veces tan sólo incógnitas, siempre ha ocupado un lugar importante la localización de los lugares exactos en los que transcurrieron algunos episodios históricos o, al menos, mencionados por los textos antiguos. Los poemas homéricos, la Iliada y la Odisea, las manifestaciones literarias más antiguas de la civilización griega, han sido desde siempre un filón inagotable de nombres y situaciones que muchas veces, a lo largo de la historia, no han sido más que eso, nombres sin posibilidad de tener un emplazamiento determinado. ¿Dónde estuvo Ogigia, la isla de Calipso?, ¿y la isla de Eolo?, ¿y la del cíclope Polifemo?, ¿y la entrada al mundo sombrío del Hades?, ¿y el país de los Feacios? ¿y la isla de Ítaca? Ya los propios antiguos se hicieron esas preguntas y, a veces, fueron capaces de responderlas según unos criterios que se resisten en muchos casos a nuestra lógica y que, por ello mismo, deben considerarse poco más que reclamos para turistas, antiguos y modernos.
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