En el mundo romano no se consideraba conveniente que una mujer respetable fuese objeto de una notoriedad que sobrepasase los muros domésticos. La matrona romana ideal debía ser univira (de un solo varón), lanifica (diestra en trabajar la lana), casta, pía, frugi (frugal) y domiseda (casera). No obstante, entre finales de la República y los primeros decenios del Imperio, a caballo del cambio de era, el juego político con su red de obligaciones, favores y alianzas permitió a unas cuantas mujeres de la aristocracia romana cumplir un papel en la historia e influir directamente en los asuntos públicos, a riesgo de ver para siempre manchada su memoria con juicios negativos, con los que se quiso denostar su injerencia en ámbitos inmemorialmente reservados a los varones. Una de ellas fue Fulvia (ca. 80-40 a.C.), hija de Marco Fulvio Bambalión (el Tartamudo) y de Sempronia.
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