Fue Felipe II quien en sus disposiciones testamentarias ordenó que la Real Armería no pudiera ser vendida en almoneda pública después de su muerte, según era costumbre, para pagar las deudas terrenales y espirituales del difunto. La Armería tenía un gran valor simbólico y sentimental para él, tanto por ser el conjunto que mejor mostraba el poder de la Casa de Austria, como por contener las armas de su padre, el emperador Carlos V, a quien admiraba –a finales de 1559, el Rey Prudente ya había hecho saber a los testamentarios del emperador su decisión de comprar la armería imperial a un precio ventajoso–. Además, constituía una colección excepcional de armas de lujo, de gran valor material, que debía ser conservada apropiadamente.

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