En los últimos años del siglo XIX, cuando Henry Ford (Dearborn, Michigan, 30 de julio de 1863-7 de abril de 1947) echaba abajo la pared de su garaje porque el coche que por fin había construido era demasiado grande para sacarlo por la puerta, Estados Unidos era “una nación de palas mecánicas, locomotoras, aeroplanos, motores de combustión, teléfonos y edificios de veinticinco pisos”, como escribe E. L. Doctorow en Ragtime. La ciudad de Detroit vivía en una suerte de reminiscencia de la fiebre del oro volcada esta vez en los coches de caballos, no tirados por caballos, de los que todos los norteamericanos habían oído hablar sin haber visto ninguno.
Este contenido no está disponible para ti. Puedes registrarte o ampliar tu suscripción para verlo. Si ya eres usuario puedes acceder introduciendo tu usuario y contraseña a continuación:






