A Adolf Hitler le gustaba andar y pasear por el campo, pero ni practicaba ni le interesaba ningún deporte. Preso en Landsberg, 1923/24, después del fracaso del putsch de Múnich, se negó a participar en las actividades deportivas afirmando que “un líder no puede perder partidos”. Sin embargo, el nacionalsocialismo no pudo permitirse operar lejos del deporte, porque su voluntad de configurar Alemania como un estado volkisc (es decir, basado en el volk: pueblo/raza) imponía un ideal atlético a los que pretendían formar parte de él. Un ideal que no era solo genético (la “sangre alemana”) sino también físico y estético.
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