Tengo una foto de Charlotte Perkins-Gilman en mi escritorio, de manera que la veo cada vez que me siento a escribir. Mis amigos siempre piensan que se trata de una antepasada mía y lo cierto es que se me ha hecho tan familiar que a veces me parece que sí, que es alguien de mi familia. De lo que no cabe duda, viendo su foto, es que desde el pasado me sigue diciendo, nos sigue diciendo a todas las mujeres, que no nos rindamos. No hay más que ver su aspecto decidido, la barbilla alta, mirando al frente desafiante, los brazos cruzados sobre el pecho en un gesto tan poco apropiado para una dama del siglo XIX. Y al fondo, una estantería con libros.
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