Pocos inventores han sido capaces de hacer volar un río. Juanelo Turriano, un cremonés al servicio de Carlos V y Felipe II, lo hizo en 1569. Ese año inauguró el Ingenio de Toledo, un sistema para elevar las aguas del Tajo hasta el Alcázar, sin intervención de animales. La construcción era un artificio casi mágico. Años después, en 1610, Luis de Góngora recordaría en su primera obra de teatro, Las firmezas de Isabela, la impresión que causó entre sus coetáneos:

¿Y aquél, quién es, que con osado vuelo / A la casa del Rey le pone escalas? / El Tajo, que hecho Ícaro, a Juanelo, / Dédalo cremonés, le pidió alas. / Y temiendo después al Sol el Tajo / Tiende sus alas por allí debajo.

"Puente de Alcántara", Toledo Alguacil fº; Casiano Alguacil, 1870?. BNE, 17/LF/252 (24).
“Puente de Alcántara”, Toledo Alguacil fº; Casiano Alguacil, 1870?. BNE, 17/LF/252 (24).

Góngora asemejaba a Juanelo Turriano con el personaje mitológico que diseñó el laberinto de Creta para el rey Minos y las alas de cera y plumas con las que, junto a su hijo Ícaro, escapó de la isla. No fue el único que advirtió rasgos legendarios en él. “Ese buey de forma humana” fue el apelativo que le asignaron los escultores Leoni (Leone y Pompeo). Y como un Vulcano “con la cara, cabello y barba cubiertos y tiznados de abundante ceniza y hollín repugnante, con sus manos y dedos gruesos y enormes siempre llenos de óxido, desaseado, mal y estrafalariamente vestido”, lo describió hacia 1550 el humanista italiano Marco Girolamo Vida.

Quién fue Juanelo Turriano, su biografía y leyenda, sus logros como relojero, diseñador de “ingenios”, mecánico, astrólogo y matemático es el objetivo de la exposición sobre su figura que hasta el 6 de mayo acoge la Biblioteca Nacional. A través de documentos, libros y obras de arte provenientes de Cremona y diversas instituciones españolas, entre ellas la propia Biblioteca Nacional, la muestra reconstruye la vida de uno de los grandes tecno-científicos del Renacimiento, presenta sus trabajos para Carlos V y Felipe II y aborda las razones del olvido de su legado tras su fallecimiento, en 1585, casi arruinado.

"Los veintiún libros de los ingenios y de las máquinas", Pedro Juan Lastanosa, s. XVIII. BNE, Mss/3374 (v.3).
“Los veintiún libros de los ingenios y de las máquinas”, Pedro Juan Lastanosa, s. XVIII. BNE, Mss/3374 (v.3).

Juanelo Turriano había nacido en Cremona (Lombardía, Italia) o alguna aldea cercana ocho décadas antes, hacia 1500. De familia humilde, su padre Gherardo Torresani explotaba dos molinos sobre el río Po. Juanelo hizo amistad con Giorgio Fondulo, físico, médico, matemático, astrólogo y filósofo, que ejerció una influencia fundamental en su formación. También con Girolamo Vida y el físico Girolamo Cardano.

En 1529 era ya un reconocido –“magíster”– relojero de Cremona. Ese año, Juanelo Turriano restauró para la ciudad el reloj del Torrazzo. Hacia 1540 se trasladó a Milán, capital del estado lombardo y la ciudad más avanzada y poblada del mismo, con unos 100.000 habitantes. En ella Juanelo entraría en contacto con la órbita de la corte imperial de Carlos V, a quien, en un encuentro promovido por el gobernador de la urbe italiana, Alfonso de Ávalos, conocería finalmente en Worms, en 1545. Tras el mismo, el rey preguntó a Ávalos si el italiano estaba loco. El relojero había sido llamado al ser considerado el único capaz de poner en marcha el artefacto astronómico medieval más famoso, diseñado por Giovanni de Dondi en 1348 y que se conservaba en el castillo de Pavía. Pero Turriano se comprometió a lo que ningún relojero habría osado, construir un reloj planetario superior. El encargo era colosal y Ávalos amenazó de muerte a Turriano si fallaba y, con él, su reputación ante el César. Pero Juanelo no lo hizo.

"Ta mechri nun sozomena apanta", Arquímedes. Basileae: Ioannes Heruagius excudi fecit, 1544. BNE, R/3889.
“Ta mechri nun sozomena apanta”, Arquímedes. Basileae: Ioannes Heruagius excudi fecit, 1544. BNE, R/3889.

Inventado en algún lugar de Italia, Francia o Alemania en el siglo XIII, el reloj mecánico era considerado el instrumento científico de mayor complejidad del momento. Carlos V los veneraba. Había relojes de tiempo y relojes astronómicos, que mostraban, además de las horas, el movimiento de los cuerpos celestes conocidos.

En 1551, Turriano terminaría su aparato, formado por mil ochocientas piezas y tres muelles que reproducía las ocho esferas planetarias conocidas, marcaba las horas solares y lunares y estaba decorado con los signos del zodíaco y otras estrellas. El rey, en agradecimiento, le asignó una pensión anual de ciento cincuenta ducados y le encargó una segunda pieza de relojería. Juanelo concluyó este encargo en Bruselas, siguiendo los pasos del emperador. Y desde los Países Bajos, tras la abdicación de Carlos en Felipe II, le acompañó también en el que sería su último viaje a España.

El 15 de septiembre de 1556 una comitiva imperial de 150 personas partió desde el puerto de Flessinga (Holanda) hacia la Península. El día 28 desembarcó en Laredo (Cantabria). Tras un viaje de dos meses, el cortejo llegó a Jarandilla de la Vera (Cáceres), a la espera de que se concluyeran las dependencias reales de Yuste. Juanelo acompañó al soberano durante todo este tiempo y hasta su muerte, en septiembre de 1558, y se convirtió, con su talento e invenciones –sus autómatas o una silla con suspensión que le aliviaba sus dolores de gota–, en uno de los sostenes del primer Austria.

"Medalla de Juanelo Turriano", Jacometrezo, ca. 1550-1552. Bronce. Museo Civico «Ala Ponzone» (Cremona).
“Medalla de Juanelo Turriano”, Jacometrezo, ca. 1550-1552. Bronce. Museo Civico «Ala Ponzone» (Cremona).

Fue su hijo Felipe quien le encargó el ingenio de Toledo, un mecanismo que demostraría a ojos de todo el mundo que el soberano que gobernaba el planeta, también manejaba la naturaleza a su antojo. Las obras se iniciaron en 1565 y terminaron en 1569 y se completaron con un segundo ingenio entre 1575 y 1581. Sus 24 torres de cazos salvaban una altura total de 90 metros –entre el río y el Alcázar– y 300 metros de desarrollo horizontal y eran capaces de suministrar hasta 18.000 litros al día, un 50 por ciento más de los 12.000 inicialmente comprometidos por el cremonés. Tras su muerte en 1585, Juanelo fue enterrado en la iglesia del monasterio del Carmen, no muy lejos de su ingenio.

Los artificios funcionaron hasta 1604, cuando comenzaron a dar problemas. Su uso se detuvo definitivamente en 1618 y los últimos restos de la construcción civil se demolieron en 1868.

"Busto de Juanelo Turriano", Pompeo y Leone Leoni, ca. 1565-1570. Mármol de Carrara. Museo de Santa Cruz (Toledo).
“Busto de Juanelo Turriano”, Pompeo y Leone Leoni, ca. 1565-1570. Mármol de Carrara. Museo de Santa Cruz (Toledo).

La exposición de la Biblioteca Nacional recupera ahora la vida y obra de un genio que, heredero de la máxima de Vitruvio –“el conocimiento es hijo de la teoría y la práctica”–, estuvo ligado también a la construcción de El Escorial de Juan de Herrera. Recuerda sus creaciones (un candado con combinación de letras; una lámpara de suspensión cardánica que mantenía el depósito de aceite siempre en posición horizontal, evitando que se derramara…) y exhibe algunos de sus retratos. Entre ellos, el busto en mármol que le dedicó Pompeo Leoni, procedente del museo de Santa Cruz de Toledo y recientemente restaurado por el Instituto de Patrimonio Español (IPCE).

Óscar Medel

*Artículo publicado en La Aventura de la Historia, número 234.

DEJA UNA RESPUESTA

Please enter your comment!
Please enter your name here