La delincuencia en las calles de la antigua Roma

Tras el paisaje marmóreo de templos y edificios públicos existió una realidad caracterizada por callejuelas y viviendas, o insulae, donde concurría un populacho llegado a Roma en busca de oportunidades. No obstante, los autores clásicos no fueron muy prolijos al describir la vida real de la plebe, salvo cuando sus gentes pasaban del descontento a la violencia

Historia AntiguaLa delincuencia en las calles de la antigua Roma

En la antigua Roma el delito estaba muy presente y transitar sus calles, sobre todo de noche, suponía caminar entre ladrones y atracadores, entre violencia y delincuencia. Juvenal (60-128) ofrece una ilustrativa imagen de la capital del Imperio al retratarla como una guarida de violentos criminales: “De modo que no podría dormir de otra forma: y es que los hay a quienes una camorra les da sueño. Mas, aunque desaprensivo por la edad y caldeado por el vino, tiene cuidado de aquél al que una capa escarlata invita a evitar, y una fila interminable de acompañantes, y un buen número de antorchas además de una lámpara de bronce. A mí, a quien suele guiar la luna o la breve luz de una vela, cuyo pábilo dosifico y modero, me desprecia. Entérate del preámbulo de una miserable pelea, si es que es pelea que tú me golpees y yo solo reciba leña. Se te para enfrente y te ordena parar. Es preciso obedecer. Pues, ¿qué vas a hacer cuando te obliga un demente que al mismo tiempo es más fuerte? “¿De dónde vienes?” –te grita. “¿Dónde te has hartado del tintorro y de habas? ¿Qué zapatero ha comido contigo puerros partidos y morros de cordero cocido? ¿No me respondes nada? ¡Dímelo o recibe un puntapié! Dime dónde tienes el puesto: ¿en qué sinagoga te busco?”. Si intentas decir algo o retrocedes en silencio, tanto da: te sacuden igualmente; luego, encolerizados, te citan a juicio. La libertad del pobre es ésta: apaleado, ruega y, molido a puñetazos, suplica que le permitan volver a casa con algunos dientes. Mas con todo no temas esto solo, pues no faltará quien te desvalije una vez cerrada tu casa y cuando por todas partes has corrido los pestillos y guarda silencio tu tienda con sus cadenas. Entretanto, también hace de las suyas espada en mano el imprevisto salteador: siempre que se tiene a buen recaudo con vigilantes armados a la Laguna Pontina y el Pinar Gallinero, de allá corren todos hacia aquí como a un vedado de caza”. (Juvenal, Sátiras, III, 281-308).

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