Hasta mediados del siglo XX, la civilización maya aparecía para los historiadores como un perfecto ejemplo de sociedad idílica, donde la guerra no tenía cabida. Los conocimientos astronómicos de sus sacerdotes, su escritura y sus extraordinarias creaciones artísticas parecían querer decir que un mundo próspero y en paz era posible. Al menos durante su periodo clásico, antes de la llegada de los españoles. Por desgracia para las ensoñaciones de los académicos, en 1946 este mirlo blanco de las civilizaciones antiguas entró por la puerta grande en el club de las sociedades bélicas. La “culpa” fue de los frescos de Bonampak, en una de cuyas paredes aparece una escena bélica y su posterior resultado: enemigos sentados a los que se les han arrancado las uñas y que reciben la mirada desdeñosa que, desde su estrado, les lanza el señor de los mayas Chan Muwan de Bonampak. Sus dedos sangrantes son la prueba explícita de lo que quizá fuera la preparación previa de los derrotados para su posterior sacrificio a los dioses.
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