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Cristobal Colón » La Aventura de la Historia, revista de divulgación elaborada por expertos y catedráticos de prestigio

El océano Pacífico siempre estuvo allí, pero hasta que el extremeño Vasco Núñez de Balboa no se sumergió en sus aguas y perpetró una brujería jurídica basada en el derecho romano llamada “toma de posesión”, los occidentales —y tras ellos todos los habitantes de la tierra— no supieron que existía. Su hallazgo fue tan importante como el descubrimiento de América a cargo de Cristóbal Colón y sus hombres en 1492. O tan definitivo como el retorno a Sanlúcar de Barrameda en 1521 de Juan Sebastián Elcano y sus 19 famélicos acompañantes.

Colón, Magallanes y Elcano, Balboa, tuvieron algo importante en común. No conocieron en vida las consecuencias últimas de sus actos. Balboa no tuvo una idea cabal sobre las repercusiones planetarias de aquel acto que consumó el 29 de septiembre de 1513, metiéndose en las oscuras aguas del Mar del sur, en el panameño golfo de San Miguel. Seguramente no tocado de plumas y cargado de armadura, con cruz y espada, como lo representan tantos grabados heroicos desde finales del siglo XVIII, sino guarnecido de ropajes ligeros y rodeado no sólo de la hueste de conquistadores que lo acompañaban, sino de una muchedumbre de indígenas. Es posible que cerca de mil, frente a apenas 67 españoles, lo habitual en los eventos fundamentales de la conquista de América.

En el número de febrero (172), Manuel Lucena Giraldo recuerda un encuentro crucial para el anhelado paso hacia Asia y sus especias y definitivo para la globalización de mercancías, personas, ideas, gérmenes y tecnologías.

Isabel de Trastámara, la Reina Católica, falleció en Medina del Campo el 26 de noviembre de 1504. Tenía 53 años y había ocupado durante 30 el trono de Castilla (desde 1474), como sucesora de su hermano Enrique IV y tras imponerse a los partidarios de la hija de éste, Juana, la Beltraneja. Asimismo, como esposa de Fernando de de Aragón, con quien había contraído matrimonio en 1469, fue  soberana de los territorios de dicha Corona desde 1478.

Su boda con el príncipe aragonés había propiciado la unión dinástica de los dos principales reinos peninsulares y les permitió emprender la conquista de Granada, el último reducto de Al-Andalus. El mismo año 1492 en que la capital nazarí caía en manos de los monarcas, Cristóbal Colón, al que Isabel había ayudado, descubría las tierras americanas para Castilla.

A su muerte dejaba tras de sí una vasta obra política, social y diplomática (unidad religiosa con la expulsión de los judíos y el establecimiento de la Inquisición; control de la nobleza; reorganización administrativa; expansión territorial; matrimonios de su hijo e hijas …) que sentaría las bases de la hegemonía de la monarquía hispánica durante el siglo XVI.

Ya gravemente enferma, hoy se supone aquejada por un cáncer de útero, pero con plena conciencia, Isabel había otorgado testamento, en presencia de su marido, su hija Juana y el cardenal Cisneros el 12 de octubre de 1504. Sus últimas voluntades establecían tanto cómo debían ser sus exequias, como las disposiciones sucesorias y todo tipo de actos de gobierno, así como la justificación de sus actos durante el reinado.  Aún tardaría unas semanas en morir, lo que aceció ese día 26 de noviembre, miércoles, antes del mediodía y tras haber recibido la reina los santos sacramentos. Dispuso que la enterraran en Granada, en la iglesia de San Francisco, mientras se construía una Capilla Real en la catedral de esa ciudad. Allí serían traladados sus restos en 1521 por su nieto Carlos I, donde descansan junto a los de su esposo Fernando, su hija Juana y su nieto Miguel.

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Después de 71 días de navegación, que había comenzado en el puerto de Palos, Huelva, el 3 de agosto de 1492 y que  tras una pequeña escala en las Islas Canarias, se reanudó el 6 de septiembre, La Pinta, La Niña y la Santa María se adentraban en el archipiélago que ahora concemos como Islas Bahamas y avistaban la primera isla del Nuevo Mundo, que bautizaron como San Salvador, en alusión a las dificultades que habían rodeado el viaje.

Sin saberlo, Cristobal Colón, que había conseguido que los Reyes Católicos financiaran su expedición -después de unas negociaciones que se plasmaron en las Capitulaciones de Santa Fe, firmadas el 14 de abril de 1492- que básicamente consistía en hallar una ruta por mar hacia Oriente, hasta ese momento desconocida.

Colón, no podía sospechar que la ya de por sí enorme empresa, -circunvalar el mundo atravesando un océano desconocido- era aún más grandiosa, ya que lo que iba a hallar en su camino, era el inmenso continente americano, desconocido para el mundo civilizado de Europa y Asia, y que había permanecido aislado hasta ese momento de su devenir histórico.

No obstante, Colón, que realizaría otros tresviajes depués del primero, no llegó nunca a comprender la verdadera magnitud de la empresa que había comenzado, ya que murió antes de que los colonizadores y descubridores españoles comenzaran a recorrer el vasto terreno desconocido que se extendía, ignoto, delante de ellos.

No fueron solos. Mujeres en la conquista y colonización de América, la exposición del Museo Naval que explora la presencia y participación activa de la mujer en la conformación del Nuevo Mundo se prorrogará hasta el 30 de diciembre debido al éxito del que ha disfrutado desde que se abriera el pasado mayo, según  los organizadores. Para celebralo, además, se ha proyectado una conferencia este viernes 28 de septiembre, que analiza la figura de Mencía Calderón, a cargo de la escritora Elvira Menéndez y que coincide con la Semana Naval que organiza la Armada en Madrid.

Mencía Calderón, una de las protagonistas que se estudia en la muestra, lideró en el siglo XVI una expedición formada por 50 mujeres que atravesaron 1.600 kilómetros de selva en una épica travesía de más de seis años de duración. La exitosa exposición es además un recorrido por un momento crucial de la historia de España y América que repasa en cuatro apartados los puntos de inflexión del beligerante encuentro entre dos culturas: la intervención de Isabel la Católica para echar por tierra el escepticismo de la Corte respecto al viaje de Colón; la travesía a las Indias y la colisión de dos mundos; el mestizaje y el papel desempeñado por la mujer en la creación del tejido social y económico del Nuevo Mundo; y la cimentación de un legado sociocultural que llega hasta nuestros Mas.

E imbricados en esas coordenadas, los perfiles biográficos de mujeres -políticas, guerreras, militares, comerciantes- tan interesantes como desconocidas. Entre ellas, María de Toledo, virreina de las Indias Occidentales; Beatriz de la Cueva, gobernadora de Guatemala y de los virreinatos; Mencía Calderón, que atravesó 1.600 kilómetros de selva amazónica al frente de 50 mujeres; o Isabel Barreto, la primera -y única- almirante de la Armada, líder de una expedición por el Pacífico que es considerada la travesía mas larga por ese océano hasta entonces.

Heroínas que se desprenden de las cifras oficiales de la época: siglo XVI, momento en el que hay constancia de un número de 45.327 viajeros, de los que 10.118 eran mujeres de procedencia andaluza (50%), castellana (33%) y extremeña (16%). Entre ellas, María Escobar, que introdujo el trigo en América, o Mencía Ortiz, creadora de una compañía de transporte de mercancías en Indias. Viajeras entre las que también se cuenta Inés Suárez, correligionaria de Pedro de Valdivia en la conquista de Chile, con el que cruzó el desierto de Atacama y participó en la defensa de Santiago; María de Estrada, miembro de la expedición de Hernán Cortés en México; Beatriz Bermúdez de Velasco, soldado en la conquista de Tenochtitlán, obligando, espada en mano, a volver a la batalla a los españoles que se rendían; o Catalina de Erauso, que abandonó un convento en España para viajar al Nuevo Mundo y combatir como soldado de infantería en los reinos de Chile y Perú.

Mujeres, todas ellas, que iniciaron un viaje a las Américas en condiciones tan lamentables como el varón: en naos y galeones en los que cualquier rincón valía para dormir entre crujientes maderas plagadas de ratas y chinches. Un viaje que, desde el punto de vista social, en cambio, podía suponer un escape del vigilado rol tutelado que padecían en España con respecto al varón.

La exposición, que reúne un notable conjunto de objetos de uso cotidiano, ilustra el estilo de vida de una sociedad novohispana en plena conformació, donde no sólo vivían las mujeres españolas llegadas a América, sino las indias con las que se casaron o amancebaron los españoles, y las criollas, que desempeñaron un papel decisivo en la conservación de las tradiciones y en la consolidación del modelo de vida familiar que dio origen a la sociedad hispano-criolla.

Objetos entre los que el visitante puede encontrarse bellas piezas de madera, como una arqueta de ébano, hueso y nogal de principios del siglo XVI; una rueca de finales de ese mismo siglo; un escritorio mexicano de cedro y hierro y una farmacia de viaje, ambos del XVII, y el mascarón de proa de la fragata Diana, que representa un ideal de mujer a caballo de la mitología clásica y la mujer nativa, característico de este tipo de piezas.

Una colección de objetos que incluye igualmente prendas de vestir y adornos femeninos, como un jubón de seda, lino y cordoncillo (1580-1620), una casaca o peto de seda, lino y algodón (1760) y una camisa femenina o huipil maya, blusa indígena por excelencia desde la época prehispánica hasta la actualidad.

Entre las joyas y complementos expuestos, se exhibe un precioso pinjante de oro, esmalte y perla berrueca en forma de rana (hacia 1500), cuya suntuosidad contrasta con la depuración de un tupu inca de cobre y  bronce (1400-1533), alfiler femenino de origen andino usado también en las figuras votivas como adorno del cabello o para sujetar el manto. Un ornamento, muy apreciado en su época, exquisitamente decorado y que marcaba a el estatus de su portadora dentro de la estricta jerarquía de la sociedad colonial.

Igualmente riquísimo es el estribo femenino de plata y piedra semipreciosa procedente del virreinato del Perú (s. XVIII), profusamente labrado, y que venía a expresar el poderío social de las mujeres criollas, que utilizaban lujosos objetos en sus actividades recreativas, en este caso, para la equitación. Objetos entre los que cabría incluir igualmente las despabiladeras de plata (s. XVI), una especie de tijeras para cortar el pábilo de las velas, y que, de nuevo, ilustran el interés de la sociedad colonial por rodearse de elementos ornamentales y prácticos que expresen su poder económico. Un interés que transformaba cualquier objeto banal en una obra de arte.

Y como contexto histórico de tanto objeto bello, otra joya de la exposición: la primera obra cartográfica que representa el continente americano, obra de Juan de la Cosa (1500), y que plasma los descubrimientos geográficos realizados entre 1492 y finales de 1500, con la intención de mostrárselos a los Reyes Católicos.

Un mapa sobre el que haría penetrar sus hondas raíces el mosaico racial y cultural de la nueva sociedad hispana. Un sistema social en el que los criollos, dueños y herederos legítimos de la Nueva España, hacían valer sus privilegios frente a los indios y mestizos, si bien estaban en clara desventaja, a su vez, frente a los españoles de la metrópoli. Complejidades y contradicciones de un sistema que se expresaría igualmente en el papel social de la mujer de la época a través de los sueños y objetos que manejó en su salto al Nuevo Mundo y tras el encontronazo de dos culturas tan dispares.

Ana GARCÍA PIÑÁN

ana.garcia@elmundo.es

Los huesos de Cristóbal Colón han tenido un destino postmortem casi tan trepidante como su propia vida. Se desconoce la fecha y el lugar exactos en los que nació el descubridor del Nuevo Mundo, pero se sabe a ciencia cierta que murió el 20 de mayo de 1506 en Valladolid, dejando como heredero a su hijo primogénito, Diego Colón.

El almirante fue enterrado inicialmente en el Convento de San Francisco de Valladolid y posteriormente sus restos fueron trasladados al Monasterio de la Cartuja de Sevilla. Pero en 1542, por deseo expreso de su hijo Diego, los huesos de su padre serían trasladados a Santo Domingo (República Dominicana), en un viaje póstumo que no terminaría ahí.

En 1795 los franceses conquistan Santo Domingo, lo que precipita de nuevo el traslado de los huesos del navegante, esta vez a La Habana, desde donde serían  llevados a la Catedral de Sevilla tras la Guerra de la Indepencia de Cuba (1895-1898).

En 1877, sin embargo, saltó de nuevo la duda sobre el destino fnal de los huesos de Colón al aparecer una caja supuestamente con sus restos en la Catedral de Santo Domingo.  Huesos que serían trasladados posteriormente al Faro de C olón, monumento funerario construido por el gobierno dominicano para preservar los huesos del almirante.

Así que la pregunta es ¿dónde está enterrado Colón: en Santo Domingo o en Sevilla? Para dilucidarlo, se propuso tomar muestras de ADN de ambos conjuntos óseos, pero las autoridades dominicanas pospusieron en 2005 la apertura de la tumba.

En 2006, finalmente, un equipo de investigación coordinado por el profesor José Antonio Lorente, director del Laboratorio de Identificación Genética de la Universidad de Granada, confirmó que los huesos de la Catedral de Sevilla pertenecen a Colón: “Un varón de entre 50 y 70 años, de origen mediterráneo, medianamente robusto, de talla mediana, sin patología u osteoporosis y con alguna caries”.

Un estudio científico que no descarta, sin embargo, la existencia de restos óseos del almirante en otros lugares, ya que los huesos custodiados en Sevilla no alcanzan el quince por ciento del esqueleto. De manera que, a la espera de un estudio científico que lo confirme, los restos de Santo Domingo también podrían pertenecer al gran navegante y descubridor del Nuevo Mundo.

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