Hasta la generalización de las armas de fuego de tiro rápido, los estandartes militares jugaron un papel práctico esencial en el campo de batalla. Las armas blancas –y las primitivas de fuego– exigían una gran densidad de las formaciones de combatientes, que levantaban grandes nubes de polvo en los secos campos del verano. Protegidos por cascos que limitaban la visión y la audición, cegados por el polvo y el sol, ensordecidos por el tumulto, los guerreros a menudo perdían la orientación y eran incapaces de entender las órdenes. Desde que, en la Edad de Bronce, muchos ejércitos se hicieron más numerosos y complejos, el control se realizó mediante señales auditivas y estandartes o insignias.
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