El domingo 19 de diciembre de 1920 amaneció prematuramente invernal. Era un día de elecciones generales desapacible como pocos. En las primeras horas de la mañana alternaban los chubascos en las ciudades mediterráneas con el frío extremo en el norte y el centro de España. No podía ser extraño que los españoles remolonearan a la heleora de acudir a las urnas. La jornada electoral fue descrita por la prensa como tranquila y apacible. Las mesas se constituyeron con normalidad y las puertas de los colegios abrieron a las ocho de la mañana. Pero solo al mediodía, entre la misa dominical y el almuerzo, aparecieron en algunas poblaciones las colas de votantes.
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