Marroquíes, de Mariano Fortuny

Iniciada con las campañas de Napoleón en Egipto, la estética orientalista reflejaba un mundo decadente que complacía a occidente. Esta de Mariano Fortuny es una de las mejores obras españolas

Marroquies, de Mariano Fortuny.
Marroquies, de Mariano Fortuny.

En la segunda mitad del siglo XIX, el pintor francés Jean-Louis-Ernest Meissonier era el más cotizado del mercado. Ello le permitió poner de moda la pintura de tableautines, pequeñas tablitas pintadas con bellos colores con una técnica muy detallista. Uno de los pintores que antes se apuntaron a esta moda fue Mariano Fortuny, del que el Museo del Prado expone una antológica este otoño. A su vez, Fortuny impuso este formato entre la multitud de sus seguidores y admiradores, que siguieron practicándolo incluso después de la temprana muerte del artista, para dar satisfacción a un mercado internacional que se había aficionado al tableautin.

Marroquíes es un cuadro que entra dentro de la estética orientalista, iniciada con las campañas napoleónicas de Egipto y Siria, en la que se muestra un mundo de orientales decadente y alejado de la realidad, que complacía a los occidentales. Dentro de esta corriente artística, Mariano Fortuny es el más destacado representante español. Sus primeros viajes a Marruecos para cubrir y pintar las guerras hispano-marroquíes resultaron decisivos para él. Ello le permitió conocer de primera mano los paisajes, el ambiente, la luz, el colorido y los efectos atmosféricos de ese país.

Esta tablita es fruto del viaje que realizó en 1871 junto a sus amigos los pintores José Tapiró, otro conocido orientalista, y Bernardo Ferrándiz. Durante su viaje trazó varios dibujos para la composición, que al final varió, y así, donde dibujó un árabe limpiando una espingarda, hoy se ve a una mujer con su hija. Lo pintó entre 1872 y 1874.

Lo que más llama la atención del cuadro, aparte de su temática, es la luz y el color, así como un cierto aire fotográfico en la composición. Esta está centrada por un muro detrás del cual crece anárquicamente la vegetación, y sobre el que se recorta la figura de perfil de un marroquí a caballo ricamente coloreado. El hombre viste un turbante y un pantalón blancos, en contraste con la chilaba roja y un manto azul, mientras que el caballo está ricamente enjaezado, como si acudiera a una fiesta. En el centro y en posición frontal, una mujer árabe con una niña en brazos, con el rostro tapado, tirada en el suelo, muestra un pecho desnudo, como si acabase de amamantar a su hija, vestida de verde. Delante de ella se ve un enorme recipiente plateado, de los que se usan para recoger agua. A la izquierda, finalmente, Fortuny sitúa a otro árabe con una espingarda al hombro y vestido de blanco y crudo, en posición frontal, que dirige la cabeza en dirección al jinete, como si estuvieran conversando.

Varios nombres

El cuadro ha recibido distintos nombres. En la Exposición Universal de París de 1878, muerto ya Mariano Fortuny, se expuso con el título Recuerdo de Marruecos. Cuando entró al Prado, como parte del legado de Ramón de Errazu, era Escena moruna en Tánger. En los catálogos antiguos se le llamó Reu­nión de marroquíes, y algunos tratadistas aluden a él como Viajeros por el desierto. Sin embargo, la vegetación que se ve tanto en el suelo como tras la tapia, no parece indicar una zona desértica.

La técnica es muy empastada y de altas calidades. Las armas de los marroquíes son parecidas a las que coleccionaba y guardaba en su estudio el pintor, por lo que debió reproducirlas. Hay detalles anecdóticos muy bonitos, como el perro sentado que alza su cabeza hacia el jinete, o de gran finura técnica, como las sombras del caballo y de la espingarda del moro que está de pie, proyectadas sobre la tapia, siendo estos efectos, así como el estudio de la luz, algo que también abordaría en sus vistas a Granada.

El cuadro se expuso en 1874 en la casa de Errazu, donde este debió de comprarlo, poniéndole un marco de ébano negro similar al del Desnudo en la playa de Portici, el mismo con el que hoy se exhibe en el Prado.

Juan Ignacio Samperio

*Artículo publicado en La Aventura de la Historia, número 230.

 

 

 

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