He tenido la fortuna de nacer al amparo de las mismas montañas pétreas y colosales bajo las que vio la luz el escultor Mateo Hernández, sin duda el más famoso de mis conciudadanos del siglo pasado pero, con todo, artista todavía no suficientemente conocido y valorado en el ámbito nacional. Mateo, como familiarmente le conocemos todos en Béjar, nació en 1884. A los 10 años, tras el abandono de la escuela, comenzó a trabajar en el taller de su padre, en el que hizo sus primeras tallas directas, una característica ésta de trabajar directamente sobre el bloque de piedra que no abandonará en toda su vida y que forma parte de su meritaje como artista.
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