La neutralidad de España en la Gran Guerra, además de generar inmensos beneficios a muchos empresarios, fue el detonante de una profunda crisis del régimen de la Restauración, que estalló con virulencia en 1917. Ese año se evidenciaron todas las contradicciones de un sistema sociopolítico anquilosado, viciado y corrupto: los militares crearon las Juntas de Defensa con el objetivo de regenerar el ejército; los congresistas, ante el cierre de las Cortes, la Asamblea de Parlamentarios, y la clase obrera, harta de las penurias provocadas por los bajos salarios y la especulación, que encarecía los productos básicos, se movilizó, a través de los sindicatos, convocando mítines para concienciar a los trabajadores y huelgas como forma de luchar por sus reivindicaciones.
Ya en diciembre de 1916, la UGT y la CNT organizaron una huelga general que paralizó el país, y la colaboración entre los dos sindicatos prosiguió con la firma, en marzo de 1917, de un programa que establecía como estrategia política la preparación de una huelga general revolucionaria que diera paso a un Gobierno provisional que convocara, a su vez, a Cortes Constituyentes.

Esta acción se dio el 13 de agosto, con la llamada del Comité de Huelga, que se había acordado que estaría en Madrid, a una huelga pacífica e indefinida. “Solo en el caso de que la actitud de la fuerza armada fuese hostil al pueblo, deberán adoptarse las medidas de legítima defensa”, afirmaba el manifiesto convocante redactado por Julián Besteiro, pero la actitud del Gobierno fue la declaración del estado de guerra y la detención, el día 14, del Comité de Huelga. Descabezado el movimiento, este se fue diluyendo. El 18 todo había acabado y el país volvía a la normalidad.
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