Este mes de noviembre se conmemora el nonagésimo aniversario de la batalla de la Ciudad Universitaria de Madrid, uno de los episodios más significativos de la guerra civil española. Entre los edificios sobre los que se abatió la violencia de los combates, la Casa de Velázquez ocupó un lugar peculiar. Su privilegiada posición estratégica, la monumentalidad de su arquitectura y su profundo valor simbólico como emblema de la cooperación franco-española explican el protagonismo que llegó a adquirir en el fragor de los enfrentamientos. La historia de la Casa de Velázquez invita, por tanto, a contemplar la batalla de la Ciudad Universitaria desde una perspectiva más amplia, capaz de trascender los límites del relato estrictamente militar.
Los orígenes de la Casa de Velázquez
La institución gala surgió de una voluntad de acercamiento intelectual y artístico entre Francia y España, que fue tomando forma durante las primeras décadas del siglo XX. Uno de sus principales impulsores fue Pierre Paris, arqueólogo francés. El propósito consistía en favorecer un conocimiento más profundo de España mediante el estudio de su historia, su arqueología, su literatura y sus tradiciones artísticas. Concebida a un tiempo como centro de investigación y residencia de creación, la Casa de Velázquez encontraba uno de sus rasgos más originales en la convivencia, bajo un mismo techo, de científicos y artistas, propiciando así el diálogo entre disciplinas y entre distintas maneras de acercarse a la cultura española.

El rey Alfonso XIII desempeñó un papel decisivo en la materialización de esta iniciativa. Intervino personalmente en la elección del terreno, situado en la zona de la Moncloa y cedido a Francia en usufructo en 1920. La primera fase del edificio fue inaugurada solemnemente el 20 de noviembre de 1928, en una ceremonia presidida por el propio monarca y a la que asistieron destacadas autoridades. Las obras continuaron durante los años siguientes y concluyeron en 1935, con la terminación de las alas norte y sur y una segunda inauguración en mayo.
Entretanto, a partir de 1927, el entorno de la Moncloa había sido elegido para acoger el proyecto de creación de la Ciudad Universitaria de Madrid. Su construcción, desarrollada entre finales de la década de 1920 y comienzos de los 1930, respondía a la ambición de dotar a la capital de un campus moderno, inspirado en experiencias internacionales y llamado a encarnar la renovación científica, educativa y arquitectónica del país.

Su emplazamiento ofrecía la posibilidad de articular un vasto conjunto universitario, compuesto por edificios independientes, amplios espacios abiertos e instalaciones destinadas a la enseñanza, la investigación y la vida estudiantil.
De ciudad del conocimiento a campo de batalla
En el otoño de 1936, aquella ciudad del conocimiento se encontró en uno de los principales ejes de la ofensiva contra Madrid. Tras avanzar desde el suroeste, las fuerzas sublevadas, integradas principalmente por legionarios españoles y tropas marroquíes de Regulares del Ejército de África, bajo el mando del general José Enrique Varela, alcanzaron las inmediaciones de la capital. El río Manzanares se alzaba como un obstáculo natural ante su avance, pero el sector universitario ofrecía una vía de penetración hacia el corazón de Madrid. Su topografía y la presencia de grandes edificios, susceptibles de transformarse en posiciones defensivas, dificultaban, sin embargo, la progresión de los atacantes.
El 15 de noviembre, las fuerzas sublevadas lograron franquear el Manzanares y establecer una cabeza de puente en la Ciudad Universitaria. Los combates se propagaron entonces de edificio en edificio, alcanzando la Escuela de Arquitectura, la Facultad de Filosofía y Letras, el Hospital Clínico y la Casa de Velázquez. En aquellos momentos decisivos, la intervención de las Brigadas Internacionales contribuyó a sostener la resistencia republicana.

La Casa de Velázquez se convirtió en posición militar durante los primeros días de esta ofensiva. Situado en una posición elevada de la Ciudad Universitaria, próxima al sector del Manzanares por el que avanzaron las fuerzas sublevadas, el edificio ocupaba un enclave estratégico para el control de los accesos y las posiciones circundantes. Su emplazamiento ofrecía posibilidades de observación, ocupación y defensa, convirtiéndola en una pieza de interés militar. Su proximidad a otros edificios decisivos, especialmente la Escuela de Arquitectura, la situaba además en el centro de la lucha por consolidar o reducir la cabeza de puente establecida por los sublevados al otro lado del Manzanares.
Una institución francesa en la guerra
La dirección de la Casa de Velázquez había confiado inicialmente en que su condición francesa la mantendría al abrigo de la guerra. Sin embargo, aquella esperanza se desvaneció pronto. El 15 de noviembre, las tropas sublevadas franquearon el Manzanares y penetraron en el recinto universitario, estableciendo una de sus primeras posiciones en la Escuela de Arquitectura. La proximidad de la Casa de Velázquez la situó de inmediato en el centro de las operaciones. Durante la noche del 15 al 16 de noviembre, efectivos del batallón Dombrowski, perteneciente a la XI Brigada Internacional y compuesto principalmente por voluntarios polacos, ocuparon el edificio para contener el avance enemigo. Los combates fueron encarnizados y causaron numerosas bajas entre los brigadistas, hasta que las tropas atacantes lograron apoderarse del edificio.
El 17 de noviembre, una contraofensiva republicana intentó recuperar la Casa de Velázquez, sin conseguirlo. El edificio permaneció en manos de los sublevados, integrado en su dispositivo defensivo y convertido, por ello, en objetivo de los ataques republicanos.

El 20 de noviembre de 1936 marcó un punto de inflexión en la historia de la institución francesa. En el transcurso de las operaciones destinadas a desalojar a las fuerzas sublevadas que ocupaban el edificio, un incendio de grandes proporciones devastó la institución. Las llamas, aparte de dañar su arquitectura, consumieron una parte esencial del patrimonio que albergaba: una biblioteca de unos diez mil volúmenes, archivos institucionales, documentación científica, colecciones arqueológicas y numismáticas, obras de arte y numerosas piezas de valor histórico. En apenas unos días, se desdibujaron las fronteras entre los espacios civiles y militares, subordinando el valor cultural y patrimonial de los edificios a las exigencias inmediatas del combate. La Casa de Velázquez se convirtió entonces en un testimonio elocuente de la vulnerabilidad del patrimonio y de las consecuencias de la militarización de los espacios del conocimiento.
Un edificio convertido en símbolo de resistencia
Más allá de su presencia en las imágenes de la devastación, la Casa de Velázquez encontró un lugar en el imaginario colectivo de la defensa de Madrid. Su protagonismo durante la batalla de la Ciudad Universitaria dejó una huella particularmente reveladora en el cancionero de la Guerra Civil. El edificio aparece evocado en una versión de Los cuatro generales, canción republicana inspirada en la melodía popular de Los cuatro muleros, cuya primera estrofa proclamaba: “La Casa de Velázquez, mamita mía, se cae ardiendo”. Única institución mencionada en todo el cancionero, la Casa de Velázquez había trascendido los círculos científicos y artísticos para entrar en el lenguaje popular de la guerra. Su nombre adquiría una dimensión simbólica: la destrucción del edificio dejaba de ser un mero episodio militar o una pérdida patrimonial para convertirse en un acontecimiento incorporado a la memoria colectiva, destinado a ser narrado, cantado y transmitido.
Finalmente, el 23 de noviembre, ante la imposibilidad de conquistar Madrid, Franco decidió detener la ofensiva y conservar las posiciones alcanzadas. Pero el fracaso de la ofensiva no significó el fin de la batalla en la Ciudad Universitaria. Una parte de aquel espacio permaneció en manos de las fuerzas sublevadas, convertido en un frente permanente donde, durante más de dos años, se sucedieron bombardeos, intercambios de fuego y operaciones subterráneas. En el corazón de aquel paisaje universitario transformado por la guerra quedó atrapada la Casa de Velázquez y permaneció expuesta a las hostilidades durante el resto de la contienda. Los daños ocasionados al edificio se agravaron progresivamente hasta convertirla en una ruina monumental.

La fotografía y el cine desempeñaron un papel esencial en la memoria visual de la destrucción de la Casa de Velázquez en ambos campos. Sus imágenes permitieron documentar la desaparición de elementos arquitectónicos y fueron utilizadas como elementos de propaganda. Con sus torres mutiladas y sus fachadas deshechas, la silueta del edificio se convirtió en una imagen reconocible de la devastación de la Ciudad Universitaria.
Testimonio de la devastación
Sus ruinas pasaron a integrar la iconografía de la batalla de Madrid, junto a las del Hospital Clínico y la Facultad de Filosofía y Letras. La Casa de Velázquez dejaba así de ser un mero escenario de los combates para convertirse en una imagen de la guerra, capaz de condensar en su silueta truncada la destrucción de todo un proyecto cultural. La paradoja resultaba sobrecogedora: una arquitectura concebida para celebrar la cooperación intelectual y artística entre Francia y España se alzaba ahora como testimonio de la violencia de la guerra.
Entre aquellas ruinas destacaba la estatua ecuestre de Velázquez, enviada por Francia a petición de Modesto López Otero, arquitecto de la Ciudad Universitaria, para presidir el espacio con su presencia tutelar. Obra de Emmanuel Fremiet, realizada a finales del siglo XIX según la tradición escultórica decimonónica, la estatua tampoco escapó a la violencia de los combates. Los impactos le arrancaron el busto del jinete y la cabeza del caballo.


Sin embargo, permaneció erguida sobre su pedestal, convertida en una imagen sobrecogedora de los desastres de la guerra. Ampliamente fotografiada y filmada, aquella figura mutilada adquirió la fuerza simbólica de una suerte de Guernica en tres dimensiones hasta su restauración a finales de los cincuenta.
El renacer de la Casa de Velázquez
La historia de la institución francesa no concluyó con la Guerra Civil. Durante cerca de veinte años, sus ruinas permanecieron en el corazón de la Ciudad Universitaria, convertidas en un lugar de memoria disputada. Para los partidarios del nuevo régimen, aquella presencia cada vez más deteriorada constituía una incómoda “Casa de la lepra” en medio de un campus reconstruido bajo los postulados ideológicos del franquismo, que había procurado borrar del conjunto las huellas de la guerra. Para los vencidos, por el contrario, las ruinas encarnaban un espacio de recuerdo y resistencia frente al olvido.

La reconstrucción, emprendida a mediados de la década de 1950, culminó en 1959 con el regreso de la institución a su emplazamiento histórico. Se abría así una nueva etapa, marcada por la recuperación de su presencia en el campus y la reafirmación de la continuidad de un proyecto cultural nacido varias décadas atrás. Pero aquel renacimiento transformó también el paisaje de la memoria: el edificio reconstruido ocupó el lugar de unas ruinas que, durante casi dos décadas, habían permanecido como uno de los testimonios más visibles de la batalla.
Nancy Berthier, directora de la Casa de Velázquez, Catedrática de Artes Visuales en la Sorbona (París, Francia) y autora de Destino roto. El Velázquez de Emmanuel Fremiet, entre arte, historia y memoria (2026).








