Sevilla, finales del siglo XVI. “La Nueva York” del inicio de la Edad Moderna vive todavía su momento de esplendor. Riquezas y oportunidades se abren paso a través de una puerta que va y viene hacia el Nuevo Mundo. Pero al atravesar la ciudad, hambre, peste y pobreza emergen de su escondrijo. Las calles se tiñen de suciedad, desprendiendo un hedor insoportable. Enfermos muy contagiosos aparecen postrados en el suelo. Manchas rojas y oscuras asoman por sus cuerpos inmóviles. Apostemas o estrumas se dejan ver en ingles o axilas. Son seres inertes. Hombres, mujeres y niños que aguardan con sufrimiento la muerte. ¿Realidad o ficción?

Aunque esta contradictoria y tétrica estampa esbozada sobre la Sevilla del Siglo de Oro guarda estrecha relación con las crónicas y testimonios conservados de la época, en realidad se corresponde con las primeras escenas de La Peste, la producción televisiva más ambiciosa de Movistar+, estrenada el pasado mes de enero. “La realidad a veces supera a la ficción. Y la historia de Sevilla en el XVI es tan sumamente cinematográfica que parece más ficción que la propia ficción”, asegura Rafael Cobos, guionista y cocreador de la serie junto a su director, Alberto Rodríguez (Goya en 2014 por La isla mínima).

Vista de Sevilla a finales del XVI con el Puerto de Indias en primer término. Óleo atribuido a Alonso Sánchez Coello, Museo de América.

Filmada como una película pero dividida en seis capítulos de 50 minutos cada uno, La Peste es un thriller en el que un prófugo de la Inquisición regresa a la capital hispalense después de que su mejor amigo le pida en el lecho de muerte que saque a su hijo bastardo de la calle. Los dos personajes tendrán que investigar juntos una serie de misteriosos asesinatos en una ciudad que sufre un brote de peste. Pero ¿por qué una trama ambientada en el XVI si la epidemia de peste más virulenta que sufrió la ciudad se produjo en 1649? “Aunque aquella peste fue la más terrible y es la más documentada por los historiadores, nosotros queríamos situar la acción en una ciudad que todavía no hubiese entrado en decadencia, que es lo que le sucedió a Sevilla a mediados del XVII. Nos resultaba más atractivo un contexto finisecular, las puertas a un nuevo tiempo”, explica Cobos.

Y es que una de las metas que perseguían los creadores de esta serie era “pintar” un fresco de esa Sevilla renacentista, aquella urbe que todavía gozaba de una grandiosidad económica sin parangón en su historia y que para un público no especializado seguramente sea menos conocida que la Sevilla barroca, más reconocible en la actualidad. Pero como aclara el documentalista, Pedro Álvarez, ese objetivo no podía estar enfrentado con lograr un equilibrio entre rigor histórico y ficción: “Nosotros queríamos comunicar una verdad, pero una verdad que fuese más allá de los cimientos históricos. Por la documentación manejada sabemos que a finales del XVI hubo un par de brotes fuertes de peste en la ciudad. Así que decidimos recoger las características comunes de estos ataques en general y aplicarlos a un momento concreto que nos venía bien para el relato”.

Ambientación y decorados

A esta temida y devastadora enfermedad decidieron otorgarle además un significado polisémico. Según Cobos, “la peste es una metáfora de la condición humana”, por lo que al hablar de ella “trascendemos lo que es la pura enfermedad, hablamos del miedo que existía entonces a todo lo distinto”. Para el guionista, la peste era parte del “inmovilismo” y el “carácter refractario del sevillano y el español de la época”, con lo que “las mujeres, los homosexuales, los musulmanes, los protestantes… formaban parte de esta imagen negativa, eran propiamente vistos como la peste”. Abordar estos temas tan demonizados y perseguidos en aquel momento les ha servido para intentar acercarse al pensamiento del siglo XVI, un elemento difícil de percibir por el espectador y que se convirtió en uno de los grandes retos para el equipo de La Peste. “Conseguir que alguien del siglo XXI pueda apreciar y entender la mentalidad de hace 400 años es, sin duda, la apuesta más arriesgada de la serie”, sentencia Cobos.

Otro de los grandes desafíos de este proyecto fue la recreación de la ciudad. A pesar de que la mayoría de edificios relevantes siguen hoy en pie (Torre del Oro, Alcázar, Ayuntamiento, catedral con la Giralda…), estos han sufrido tantas modificaciones como el trazado urbano, lo que obligó al equipo artístico a construir y organizar una ciudad prácticamente de la nada. De hecho, para poder hacer más perceptible aquella Sevilla, la simplificaron en tres espacios clave: una zona noble, que se correspondería con las primeras calles que se empezaban a urbanizar y en las que podían verse coches tirados por caballos; un área popular, con calles más estrechas, al estilo de una judería, y los arrabales, decorados con construcciones de barro, más efímeras, situadas extramuros. “En la época estaba todo más mezclado, no estaba todo tan delimitado, pero nosotros lo separamos en esas tres zonas para hacerlo comprensible”, matiza Pepe Domínguez, director artístico de La Peste.

rodaje La Peste
Fotograma de zonas populares en la La Peste. Los cambios que ha sufrido el trazado urbano de Sevilla desde el XVI hicieron que las escenas de calle y mercado, la taberna o la mancebía se filmaran en un convento de Carmona.

Para las calles estrechas, las escenas de mercado, de taberna o la mancebía (un espacio intramuros cerca del puerto donde se permitía la prostitución bajo la administración de la Iglesia y el cabildo y que será el escenario principal de la segunda temporada), el equipo ha optado por grabar en el convento de la Concepción de Carmona, puesto que al conservar todavía hoy edificaciones del XVI se adecuaba perfectamente a lo que buscaban. Fuera del convento, pero también en Carmona, se han filmado las calles amplias de la zona rica y las gradas de la catedral, un lugar muy bullicioso durante el Quinientos, que funcionaba como centro de negocios, de venta de esclavos y almonedas. Para los arrabales se usó un rincón de la playa fluvial de Coria del Río, puesto que lo único real que queda es el Guadalquivir. Como apunta el director de arte, ni siquiera la vegetación les acompañaba.

También en Coria se ha reconstruido el puerto de Indias, una de las zonas de la ciudad que más alteraciones ha sufrido. “Ha sido una gran colaboración del departamento de arte y el de digitales. Aunque nuestra intervención era bastante grande, son ellos los que han llevado el peso, porque realmente de lo que era el puerto no quedaba ya nada. El modo en que los barcos se amarraban era totalmente diferente a como lo hacen hoy”, reconoce Domínguez. En proyectos audiovisuales de esta índole, aunque parezca que todo está muy atomizado, se aprovechan diversos espacios para que sean multifuncionales.

localizaciones La Peste
La Sala de los Veinticuatro en un fotograma de La Peste. Ubicada en el edificio del Ayuntamiento, es uno de los pocos lugares reales que no ha hecho falta recrear. La Casa de Pilatos o el Alcázar son otros enclaves empleados en la serie.

Otras localizaciones significativas, de las más de 130 utilizadas a lo largo de los seis episodios, han sido: la Sala Real de los Caballeros Veinticuatro del Ayuntamiento, la Puerta del León del Alcázar, la Casa de Pilatos, el castillo extremeño de Trujillo o la Hacienda Martín Navarro de Alcalá de Guadaira, donde se ha recreado una fábrica de añil.

De los cronistas a la Red

Para que la ambientación de la serie conservara un rigor histórico coherente, el trabajo de documentación se antojaba imprescindible. El documentalista Pedro Álvarez, que comenzó a trabajar en el proyecto hace tres años, se acercó inicialmente a las fuentes primarias: contemporáneos de la época que viajaron a Sevilla o que relataron acontecimientos principales de la ciudad, como los cronistas Luis de Peraza y Ortiz de Zúñiga. Una vez superado ese proceso, Álvarez recurrió a manuales y monografías acerca de la vida en la Sevilla de los siglos XVI y XVI y se entrevistó con especialistas en el periodo y profesores del departamento de Historia Moderna de la Universidad de Sevilla que en sus obras tratasen aspectos generales y también microhistoria, como Francisco Núñez Roldán o Juan Ignacio Carmona. Además, hizo una inmersión absoluta en archivos, museos y bibliotecas, y también aprovechó que muchos de los contenidos buscados están digitalizados.

Por otro lado, la inspiración literaria en la picaresca de Rinconete y Cortadillo, Guzmán de Alfarache o la Estrella de Sevilla también ha estado presente, lo mismo que las representaciones pictóricas de entonces, tanto las religiosas que incorporaban elementos humildes, como la escuela flamenca, que es la primera que empieza a mostrar ciudadanos de capas bajas y medias, “los que realmente hicieron la historia”, como defiende Cobos. También Caravaggio con sus claroscuros y el tenebrismo, pero sobre todo Murillo, que aunque sea posterior al tiempo que plasma la serie, les ha sido muy útil para percibir cómo era la vida cotidiana y diaria de la gente. “Yo era consciente de que se trataba de un producto de ficción, pero mi misión era ofrecer la información histórica relevante y dar mi opinión antes de tomar las decisiones oportunas, pero siempre teniendo en cuenta que la libertad creativa es fundamental para un producto de ficción”, concluye el documentalista.

Aunque sea posterior al momento que plasma la serie, los cuadros de Murillo han sido muy útiles a sus creadores para percibir cómo era la vida cotidiana de la gente en aquella época. Niños comiendo uvas y melón, Bartolomé Esteban Murillo, h. 1650, Alte Pinakothek de Múnich.

Un producto de ficción que, no obstante, aspira a diferenciarse de otras producciones buceando en esos detalles que han aflorado al tratar de ser rigurosos con la historia. Detalles que les han llevado a grabar escenas solo con velas para sumir al espectador en la oscuridad de la noche o a recrear los suelos a base de toneladas de mantillo negro, litros y litros de agua, fruta podrida y picaduras de árboles para conseguir que las calles tuvieran un aspecto muy verosímil. “Todos los departamentos apostamos más por transmitir la sensación de lo que era sobrevivir en esa Sevilla del XVI que en mostrar un mero catálogo de muebles y ropa de esa centuria”, expone el director de arte. Porque La Peste, “aunque se articula como un proyecto de investigación, como una película de detectives”, según revela su documentalista, “tiene varias capas de lectura y cada espectador puede quedarse con la capa que le satisfaga”.

Una idea que Cobos lleva incluso más allá: “Nuestra función es la de entretener, pero si el entretenimiento va revestido de conocimiento, si posee una segunda lectura, creo que tiene más riqueza para el espectador. Por eso hemos tratado de viajar a aquel pasado dialogando y buscando referencias a conflictos actuales como la corrupción, la gentrificación o el chabolismo”. Pero esta mezcla de conocimiento y entretenimiento que plantea La Peste va más allá de la televisión. Para todo aquel que quiera sumergirse todavía más en esa Sevilla del siglo XVI, Movistar+ ha puesto a su disposición La Ruta de La Peste, un universo transmedia con contenido adicional sobre la serie (documentales interactivos, ficciones sonoras, una Wikipeste, rutas geolocalizadas, cooking shows, youtubers, un making of…) almacenado en una web accesible para todos los dispositivos.

El boom de las series históricas

En un mundo cada vez más audiovisual, en el que las ficciones televisivas han alcanzado la misma calidad de producción que el cine favorecidas por la multiplicación de canales y soportes y el cambio en los hábitos de consumo, la historia ha encontrado su espacio en la pequeña pantalla. Algunas se esfuerzan más que otras en mantener el rigor y evitar anacronismos, pero el interés por recrear etapas muy diversas del pasado no ha cesado en los últimos años. En su amplísimo y variado catálogo, abundan las series centradas en monarcas de los reinos más poderosos de su tiempo: de la representación patria que se hace de la Monarquía Hispánica en Isabel, Carlos, rey-emperador o Conquistadores Adventum, a la Inglaterra de Los Tudor o el Versalles de Luis XIV. Pero también triunfan ficciones sobre las grandes civilizaciones de la Antigüedad, véase Roma o Hispania, la leyenda; las aventuras medievales de los Vikingos; los líos eclesiásticos de Los Borgia y la opulencia de Los Medici: señores de Florencia, o aquellas que giran sobre conflictos contemporáneos, como Hermanos de sangre, The Pacific o Hijos del III Reich, entre otras muchas.

Víctor Úcar

*Artículo publicado en La Aventura de la Historia, número 231.

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