El nuevo mundo estuvo desde su descubrimiento jalonado de mitos y los españoles acudieron a las Indias en buena medida espoleados por su búsqueda, y en ello estriba una de las grandes notas diferenciadoras entre la colonización anglosajona y la española. Mientras los pioneros ingleses llegaban a pie, con una azada en la mano y el solo objetivo de construir una casa de troncos en el centro de una parcela que les diera para mantenerse, los españoles llegaron a caballo, desde cuya altura se divisan amplios horizontes y con la mente puesta en la gloria y la riqueza, persiguiendo alguna de esas fábulas sembradas a lo largo y ancho de las Américas: El Dorado, ese rey fastuoso que diariamente se bañaba en polvo de oro y que persiguieron tantos aventureros; la Ciudad de los Césares, situada en los confines de la Patagonia; la Fuente de la Juventud, la que se dice buscó Ponce de León; la Gran Quivira, en las praderas ilimitadas del norte. Fantasías, tesoros, quimeras que arrastraron a tantos soñadores for God, Gold and Glory (por Dios, el oro y la gloria).
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