Tribuna / Las Españas de Prosper Mérimée

El escritor e historiador francés Prosper Mérimée tenía un conocimiento más profundo de nuestro país que el tópico en que ha quedado encasillada su novela "Carmen" y fue pionero en denunciar la Leyenda Negra, como subrayan los últimos estudios de su obra

Prosper Mérimée
"Carmen", por Alastair.

La España de Mérimée tiene mala fama tras los Pirineos. Queda reducida a una serie de españoladas: bandoleros, majos, toreros, gitanos… Estas imágenes se encuentran efectivamente en la novela Carmen, cuyo éxito animó a Georges Bizet a componer su ópera del mismo título. Pero sería un error reducir a Mérimée a este papel de creador de tópicos para uso de turistas.

Prosper Mérimée se merece más. Ha sido un hispanista avant la lettre en el mejor sentido de la palabra. Esto es lo que se descubre en el libro que le ha dedicado Jean Canavaggio con una ilustración abundante y de calidad, Les Espagnes de Mérimée. El título no se refiere al significado antiguo de la palabra –los varios reinos de los que se componía la Monarquía Hispánica (Castilla, Aragón, Navarra, etcétera)–, sino a las diversas facetas de España que se ha ofrecido a la mirada de aquel viajero ilustrado y erudito que fue Mérimée.

En el libro aparece –¡cómo no!– la España de Carmen: los toros, los gitanos, la fábrica de tabacos de Sevilla… Tenemos además semblanzas elegantes de una España de fantasía, soñada: la del teatro de Clara Gazul, y también la España contemporánea, la de Isabel II, así como la que se desprende de los pintores del Prado, la España del rey Pedro I el Cruel, la de Felipe II, etc.

Es que Prosper Mérimée fue un personaje complejo. Se le conoce sobre todo como novelista, pero su padre era un pintor afamado y de oficio, que fue inspector general de los monumentos históricos de Francia. Mérimée estuvo relacionado con artistas de su tiempo (Delacroix, David…), con historiadores (Mignet, Augustin Thierry, Edgar Quinet, Thiers…), con filósofos como Victor Cousin… A los cuarenta años ingresaba en la Academia Francesa de Inscripciones y Bellas Letras; al año siguiente fue elegido miembro de la Academia Francesa. Se comprende que, con estas aficiones y estas dotes, Mérimée, al viajar por España, no se limitara a las plazas de toros; solía pasar horas en los museos para meditar sobre los cuadros de Velázquez, Murillo, Zurbarán, Alonso Cano, Goya…, en las bibliotecas y en los archivos para recoger datos sobre la literatura y la historia de España. Conocía y hablaba muy bien español y leía en el original las obras de Lope de Vega, Tirso de Molina, Calderón, Cervantes… Estos conocimientos le valieron el honor de ser nombrado miembro correspondiente de la Real Academia de la Historia.

En su labor historiográfica sobre España destacan dos series: la que se interesa por la Edad Media (concretamente la Historia de Don Pedro I, rey de Castilla, y El Victorial. Crónica de Don Pero Niño) y la importante reseña que hizo en 1859 del libro del norteamericano W. H. Prescott sobre Felipe II. Esta reseña merece un comentario: Mérimée comparte los prejuicios de Prescott –y de su época– sobre el Rey Prudente; lo ve como un monarca absoluto, tiránico, fanático, pero discrepa totalmente de Prescott y de todos los historiadores de su tiempo en un punto: no admite la parte esencial de la Leyenda Negra, la acusación que se viene lanzando desde 1580 contra Felipe II de haber mandado asesinar a su hijo el príncipe don Carlos. Con los documentos de que disponía en 1859, Mérimée se adelanta así en más de un siglo a lo que piensan en la actualidad los historiadores: Felipe II no ordenó la muerte de su hijo. Desgraciadamente, el Mérimée historiador es menos conocido que el Mérimée novelista. En esto, como en otros aspectos, Jean Canavaggio pone las cosas en su justo sitio. Su trabajo se nos aparece como de lectura imprescindible para un hispanista.

Joseph Pérez 

*Artículo publicado en La Aventura de la Historia, número 227.

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