Una mañana de septiembre de 1938, antes de que los comercios abrieran sus puertas, las calles de Madrid se llenaron de mujeres con cestas en mano, acompañadas de sus hijos. A poco más de 250 kilómetros, en Albacete, la escena se repetía: el mercado estaba abarrotado incluso antes del amanecer. Algunas mujeres habían colocado sillas, piedras o cubos para asegurarse un lugar. Llevaban horas esperando para iniciar la rutina diaria: conseguir pan y cualquier otro posible alimento. En esos meses, la preocupación por el desenlace de la guerra se entrelazaba con una serie de temores inéditos para la población: el miedo a los bombardeos, a las acusaciones, a escapar de los fusiles, pero también a morir de hambre.
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