Según la EPA (Encuesta de Población Activa) del cuarto trimestre de 2017, son activas el 53,3 por ciento de las mujeres españolas mayores de dieciséis años. La tasa de actividad incluye a las personas ocupadas y a las paradas que buscan empleo, contabilizando así el trabajo realizado en el ámbito del mercado, y excluyendo el trabajo no mercantil, sea doméstico, de cuidado de otras personas o de voluntariado. Están ocupadas, es decir, tienen un empleo, el 43,5 por ciento de las mayores de dieciséis años, mientras que el 18,35 por ciento de las activas están paradas (entre los varones son mayores las tasas de actividad y empleo, y menor la de paro, como muestra el cuadro).

Veamos algunas pinceladas del proceso histórico que ha desembocado en la situación actual. Desde los tiempos más remotos, las mujeres han participado en el esfuerzo productivo de las distintas sociedades, es decir, han trabajado siempre, y ha quedado constancia de ello en las fuentes gráficas desde la Prehistoria hasta nuestros días. Mucho se ha escrito sobre el papel de las mujeres en la aparición de la agricultura, uno de los rasgos que caracterizan el periodo neolítico.

El núcleo familiar

Identificar, desde una óptica contemporánea, el concepto de trabajo con el realizado fuera del hogar doméstico, mediante salario, dificulta la comprensión del fenómeno del trabajo en las sociedades preindustriales, donde buena parte del trabajo de hombres y mujeres se realizaba fuera de los mercados de trabajo, y el núcleo familiar constituía un ámbito básico de la producción, sostenida por los distintos miembros de la familia. Pensemos en la agricultura, en los talleres artesanales, en las manufacturas domésticas, en el comercio al por menor.

Respecto al trabajo asalariado, existen diferentes interpretaciones acerca de las consecuencias de la revolución industrial para el trabajo femenino. ¿Creación de nuevos empleos o pérdida de los que desempeñaban tradicionalmente? Joan Scott ha hablado de las mujeres que con anterioridad se ganaban la vida “como hilandera, modista, orfebre, cervecera, pulidora de metales, productora de botones, pasamanera, niñera, lechera o criada”, y ha señalado la coexistencia posterior de los empleos tradicionales y los de tipo industrial. “Algunas industrias se masculinizaron, otras se feminizaron, y ello dependió de un conjunto muy complejo de factores”, afirma Cristina Borderías, hablando del caso español.

Hilanderas en una fábrica de Antequera a principios del siglo XX.
Hilanderas en una fábrica de Antequera a principios del siglo XX.

En cualquier caso, el trabajo de las mujeres, en sus distintas modalidades (trabajo doméstico para el cuidado de la familia, trabajo realizado para el mercado, a domicilio o fuera del hogar), siguió resultando imprescindible para el sostenimiento de las economías familiares. Y conviene recordar que no siempre la maternidad implicó menor presencia de las mujeres en el trabajo asalariado, ya que precisamente la necesidad del mantenimiento de la familia las empujaba hacia el empleo, siendo fundamental en muchos casos la ayuda de las abuelas o de otras mujeres de la familia para la crianza de la prole. Las familias obreras practicaban la estrategia de acumulación de salarios, puesto que la insuficiencia de los salarios masculinos para el sostenimiento del conjunto familiar no les habría permitido poner en práctica el modelo de male breadwinner family, basado en la existencia de un varón ganador de pan y una mujer ama de casa, que se difunde en los discursos del siglo XIX, y que en el caso español dejará sentir sus efectos en mayor medida en las primeras décadas del siglo XX.

Las fuentes más diversas han documentado estos trabajos, mal reflejados en los censos por efecto del avance de ese modelo de domesticidad exclusiva para las mujeres. Los padrones, algo más fiables en ese aspecto, han mostrado para finales del siglo XIX tasas de actividad femenina que no se han superado hasta bastantes décadas después. Junto al subregistro, la explicación estaría en la medida en que esos modelos fueron calando en la sociedad española, llevando a las mujeres hacia los mercados de trabajo sumergido, sea atendiendo a huéspedes en el hogar, o bien como costureras, lavanderas o vendedoras ambulantes, o realizando trabajo a domicilio para fábricas, por ejemplo, en la industria textil, mientras figuraban como amas de casa en las estadísticas. A esa tendencia anterior vinieron a sumarse las limitaciones impuestas por la orientación de la política franquista, pues las ordenanzas laborales de muchos sectores obligaron a las mujeres a renunciar a su puesto de trabajo al contraer matrimonio a cambio de una dote, lo que reforzó su presencia en la economía sumergida.

Pero también son años en que aumenta la presencia de las mujeres en el mercado de trabajo reconocido, si bien ocupando los puestos más precarios y peor pagados. Y cuando llegó la crisis de los años setenta, muchas perdieron el empleo por la reconversión de sectores como confección, textil y calzado, y por la actitud de los sindicatos, que priorizaban el empleo de los cabezas de familia, aunque continuaron presentes en el mercado laboral como paradas. Esa tendencia ascendente de la actividad ha continuado hasta alcanzar las cifras actuales, al mismo tiempo que la natalidad se reducía drásticamente, pero eso no significa que las mujeres hayan abandonado el trabajo doméstico y de cuidados, al que, dada la escasez de servicios sociales, siguen dedicando un considerable número de horas, según los Estudios de Usos del Tiempo, que muestran un aumento reducido de las horas empleadas por los varones.

Discriminación

En el actual mercado laboral español se aprecian los efectos de la segregación horizontal, que concentra mayoritariamente a las mujeres en unos determinados sectores de actividad (comercio y hostelería, educación, sanidad y servicios sociales, Administración pública), y de la segregación vertical, por la que dentro de cada sector ocupan preferentemente los puestos menos cualificados. A eso hay que añadir la mayor presencia no deseada de las mujeres en los contratos a tiempo parcial (su número triplica al de los varones) y en el empleo temporal, por la situación de precariedad que conllevan.

La imagen refleja lo que en inglés se llama "male breadwinner family", aquella situación en la que la esposa se queda en casa al cuidado de los hijos mientras el hombre sale a trabajar fuera.
La imagen refleja lo que en inglés se llama «male breadwinner family», aquella escena en la que la mujer se quedaba en casa al cuidado de los hijos mientras el hombre salía a trabajar fuera.

En esa situación, la brecha salarial entre hombres y mujeres en parte viene determinada por los puestos ocupados por unos y otras, mientras que otras veces se debe al reparto de funciones dentro de la familia o a discriminación directa a igualdad de puesto de trabajo, más frecuente en las trabajadoras con un menor nivel de estudios. Las que cuentan con mayor formación sufren menor segregación por género, aunque siguen teniendo dificultades para alcanzar los puestos más altos, en la empresa privada en mayor medida que en el sector público.

Gloria Nielfa, catedrática emérita de Historia Contemporánea, UCM

*Artículo publicado en La Aventura de la Historia, número 233.

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