Nueve iglesias, o para ser más exactos ocho y una ermita, construidas en diferentes poblaciones de un mismo valle pirenaico, el valle de Boí, y en un periodo de tiempo de poco más de cincuenta años, entre finales del siglo XI y mediados del XII, constituyen uno de los conjuntos más singulares e importantes del románico peninsular y europeo, declarado Patrimonio de la Humanidad en el año 2000. El valle es el de Boí, enclavado en la comarca leridana de la Alta Ribagorça, un espacio natural privilegiado en el que se encuentra el único parque nacional en territorio catalán, el de Aigüestortes y Estany de Sant Maurici, y que cuenta además con estaciones de esquí y fuentes de aguas minero-medicinales con propiedades terapéuticas conocidas, según se cree, ya desde tiempos de los romanos.

Pero ¿cómo y por qué en ese remoto valle y en ese momento tan concreto de la Edad Media se erigieron toda esta serie de iglesias? Y más contando con que era una zona de escasa capacidad productiva agrícola y ganadera, con una economía de subsistencia, y, por tanto, con nulas posibilidades de detraer recursos para tantas obras edilicias. Pues bien, la explicación tiene que ver con otro sector productivo, o quizá mejor lucrativo, la guerra, y con la voluntad de perpetuación de unos nobles, los barones de Erill, venidos a más por su relación con los reyes de Aragón, iniciada en tiempos de Sancho Ramírez y consolidada con sus sucesores Pedro I –quien les entregó el castillo de Zaidín, en el Bajo Cinca, en 1092 para la repoblación de su feudo– y Alfonso I el Batallador. El éxito de las campañas militares emprendidas contra las plazas y poblaciones musulmanas por los monarcas aragoneses proporcionó a los Erill cuantiosos ingresos que invirtieron en la construcción de iglesias en el territorio del que eran feudatarios, como forma de cimentar su prestigio y evidenciar su dominio, al margen de asegurarles, cabe suponer, una excelente relación con las autoridades eclesiásticas. Así, podría decirse, utilizando un anacronismo actual, que el botín obtenido con la guerra fue sometido a una operación de “blanqueo espiritual” a través de la edificación de una serie de templos dedicados a la mayor gloria de Dios… y de los señores de Erill, si bien hay que entender, claro está, que la guerra, y mucho más contra el infiel, era por aquellos tiempos no solo algo aceptado y bien visto, sino prácticamente preceptivo para cualquier cristiano que se preciara de serlo.

Sant Climent de Taüll.

Aunque la cronología de la secuencia constructiva de las nueve iglesias no ha sido establecida con precisión, sí hay una fecha, digamos que absoluta, sobre la que se ha ido perfilando la datación relativa del conjunto: 10 y 11 de diciembre de 1123, los días en que fueron consagradas, respectivamente, las iglesias de Sant Climent y Santa Maria de Taüll por el célebre obispo Ramón de la diócesis de Roda de Isábena –ver La Aventura de la Historia, núm. 226–, a la cual pertenecía el valle de Boí en aquel momento. Tomando como referencia esta fecha, grabada en una inscripción adosada a una de las columnas de la iglesia de Sant Climent, el resto se ha ido datando como ante quam o post quam, a partir de las diferencias estilísticas y constructivas respecto a las dos de Taüll, fechadas con exactitud. De todas formas, las variantes entre unas y otras son matices formales, ya que todas ellas comparten el mismo estilo constructivo, el llamado lombardo.

Santa Maria de Taüll.

Talleres itinerantes

Como era habitual en la época, los constructores de los templos debieron ser talleres itinerantes de avezados maestros, artesanos y canteros que se desplazaban con su conocimiento, sus herramientas y su “saber hacer” a donde eran requeridos por los comitentes, algo que, por otra parte, ha permitido en algunos casos seguir las huellas de su “trayectoria profesional”. Pero si bien es cierto que las iglesias del valle de Boí presentan rasgos tipológicos y estilísticos que las entroncan con el canon de la época, como la planta basilical, los ábsides semicirculares, las cubiertas abovedadas o los característicos arquillos ciegos y las bandas lombardas, tienen algunos componentes en cierta manera específicos, como sus espigados y simbólicos campanarios, el más alto de los cuales, el de Santa Eulàlia d’Erill la Vall, alcanza los 23 metros de altura.

Santa Eulàlia d’Erill la Vall.

Pero si hay un elemento verdaderamente diferencial en todo este conjunto patrimonial son las tallas en madera y, sobre todo, sus pinturas murales, auténticas joyas de la historia del arte, no solo en mayúsculas, sino en letras capitales. Se conservan, aunque parcialmente, tres ciclos iconográficos, el de Sant Joan de Boí y los de Sant Climent y Santa Maria de Taüll, de los cuales, el primero sería el más antiguo –entre finales del XI y principios del XII–, y los dos de Taüll, contemporáneos el uno del otro, realizados alrededor de 1123 por el llamado Maestro de Taüll, al que podríamos considerar, por la calidad de su obra, un auténtico genio de su tiempo.

Joyas del románico aranés

Primer plano del Cristo de Salardú, escultura de madera policromada, Iglesia de Sant Andreu de Salardú.
Aunque separado tan solo por unas pocas decenas de kilómetros en línea recta del valle de Boí, pero alejado por la compleja orografía de la zona, el valle de Arán permaneció durante siglos como un enclave aparte del resto de comunidades del Pirineo catalán, lo que fue forjando su singularidad, significativamente expresada por el hecho de poseer su propia lengua, el aranés. Sin embargo, y aunque su vía de comunicación natural es con Francia, históricamente siempre ha prevalecido entre sus gentes la voluntad de pertenecer, como un territorio más, a las diferentes entidades políticas peninsulares, ya fuera en su momento la Corona de Aragón o, posteriormente, el Estado español.
Conocida en la actualidad, sobre todo entre los amantes de los deportes de invierno, por la calidad de sus pistas de esquí, posee también un notable patrimonio histórico-artístico medieval, sobre todo en las demarcaciones territoriales de Naut Aran y Mig Aran. En la primera destacan la iglesia de Sant Andreu de Salardú, de mediados del siglo XII, en cuyo interior, presidiendo el altar mayor, se encuentra la famosa talla del Cristo de Salardú, y la de Santa Maria d’Arties, considerada la construcción más relevante del románico aranés, que fue objeto de una rehabilitación integral en el año 2012 y posee la calificación de Bien Cultural de Interés Nacional. En Mig Aran sobresale la iglesia de Sant Miquèu de Vielha –en su denominación aranesa–, erigida a finales del siglo XII pero que ha sufrido profundas alteraciones y añadidos a lo largo de los siglos, en la que se puede contemplar el Cristo de Mig Aran, una talla románica en madera probablemente esculpida en el cercano taller de Erill la Vall.  F. F. S.

Tesoro abandonado

Sin embargo, este maravilloso legado quedó durante siglos en el más absoluto abandono y anonimato, tapado por capas de cal o retablos al uso de las distintas épocas, hasta que a principios del siglo XX, una misión arqueológica del Institut d’Estudis Catalans, dirigida por Josep Puig i Cadafalch, “redescubrió” aquel tesoro, deteriorado por el paso del tiempo, pero intacto.

Ahora bien, el “descubrimiento” no solo sirvió para poner en valor el arte románico como patrimonio histórico-artístico, sino que también desató el interés de museos y coleccionistas de todo el mundo. Así, en el verano de 1919, el expolio de los frescos de la iglesia de Santa Maria de Mur, en el Pallars Jussà, que fueron vendidos al Museo de Bellas Artes de Boston por el coleccionista Lluís Planidura, hizo saltar las alarmas del peligro que se cernía sobre las pinturas del valle de Boí. Ese mismo año, la Junta de Museus de Catalunya inició una campaña de salvamento con el fin de ponerlas a buen recaudo, y fueron trasladadas al Museu d’Art i Arqueologia de Catalunya, antecedente directo del Museu Nacional d’Art de Catalunya, donde actualmente se exponen.

Pinturas de Santa Maria de Taüll en el MNAC

Hoy en día, el estado de conservación de las iglesias del vall de Boí es magnífico, gracias a la inversión que se ha realizado en rehabilitaciones y restauraciones, y, además, existe un centro de interpretación en Erill la Vall, y la posibilidad de ver en la iglesia de Sant Climent el impresionante video mapping Taüll 1123, uno de los mayores logros de los últimos tiempos en recuperación patrimonial, que ha cosechado premios en todo el mundo.

Francesc Fabrés Saburit 

*Artículo publicado en La Aventura de la Historia, número 227.

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