Nekromanteio de Aqueronte, el oráculo de los muertos

Situado junto al río Aqueronte y dedicado a Hades, el santuario recibía a quienes deseaban entrar en contacto con el más allá. Homero lo cita en "La Odisea" y hoy sigue siendo un destino popular

Acostumbrados a recibir centenares de visitantes que acudían a sus santuarios para rendir culto y presentar ofrendas en busca del favor divino, los antiguos oráculos griegos eran las vías a través de las cuales los seres humanos se comunicaban con los dioses, por lo que no es de extrañar que lugares como Delfos y Dodona gozaran en la Antigüedad de gran prestigio y poder.

A pesar de que la mayor parte de los oráculos griegos estaban consagrados a los dioses que residían en el Olimpo, en la región de Epiro, en el noroeste de Grecia, se situaba uno de los oráculos más famosos de la antigüedad, el Nekromanteio de Aqueronte, u oráculo de los muertos, el único santuario dedicado a Hades, dios del inframundo, del que hoy en día se tiene constancia en toda Grecia.

La primera vez que este misterioso lugar fue mencionado en la literatura griega fue en La Odisea de Homero, cuando la diosa Circe envía a Ulises hasta las puertas del Reino de los Muertos –en la confluencia de los ríos Aqueronte, Flegetonte y Cocito con el lago Aquerusia– para pedirle un oráculo al fallecido vidente Tiresias, que paradójicamente era ciego, y averiguar la manera de volver sano y salvo a Ítaca.

El curso del río Aqueronte (fotografía de Y. Skoulas). En la confluencia de este y de los ríos Flegetonte y Cocito con el lago Aquerusia estaría el Reino de los Muertos.

Según Homero, el oráculo estaba en los confines del mundo, junto a una playa estrecha y una arboleda de altos álamos y sauces consagrada a Perséfone, consorte de Hades. Este paraje fue más tarde identificado por Pausanias con el oráculo de los muertos de Éfira, en Tesprotia, mientras que Heródoto lo describió como un emplazamiento de gran importancia al que incluso acudían algunos de los hombres más ilustres de la Antigüedad.

Junto a Mesopotamos

En 1958, el arqueólogo griego Sotiris Dakaris, basándose en la descripción del territorio en La Odisea, afirmó haber encontrado en una colina situada en el valle del río Aqueronte, cerca del actual pueblo de Mesopotamos, el oráculo de los muertos mencionado en los textos antiguos. Las excavaciones del yacimiento se llevaron a cabo en colaboración con la Sociedad Arqueológica de Atenas y la Universidad de Ioannina y revelaron un primer asentamiento de época micénica, identificado por Dakaris como la Éfira mencionada por Homero, Heródoto y Pausanias.

Junto a Éfira, que aún permanece cubierta en gran parte por una densa vegetación, Dakaris desenterró un importante complejo del periodo helenístico, construido entre finales del siglo IV y el II a.C., que identificó con el Nekromanteio de Aqueronte, santuario al que acudían los mortales desde tiempos inmemoriales para preguntar a las almas de los difuntos sobre su destino.

Rodeado por una muralla rectangular, el complejo contaba con un área abierta, una torre, varias residencias, almacenes, numerosas salas auxiliares cuadradas y pasillos laberínticos que rodeaban una estancia principal.

El arqueólogo Sotiris Dakaris desenterró un importante complejo del periodo helenístico rodeado por una muralla rectangular.

Según Dakaris, el uso del oráculo de los muertos se remontaba al periodo prehistórico, cuando los rituales se llevaban a cabo en una cueva o en una abertura en la tierra, considerada como la entrada al inframundo y que estaba conectada con una cripta subterránea localizada bajo la sala principal. Basándose en las fuentes antiguas, el arqueólogo griego describió detalladamente el proceso al que se sometía todo aquel que se acercaba al santuario para ser iniciado en el mundo de los muertos.

Ritos de purificación

El visitante, que ingresaba en el patio central del recinto por la puerta situada en el ala norte, era trasladado a las salas de preparación, donde permanecía durante un periodo desconocido de tiempo.

Allí, rodeado de una oscuridad impenetrable en la que solo veía en contadas ocasiones el destello de una pequeña lámpara de aceite cuando se acercaba algún sacerdote, se sometía a un rito de purificación consistente en baños, actos mágicos, relatos sugestivos y oraciones indescifrables, ingiriendo una dieta especial en honor a los muertos compuesta de carne de cerdo, habas, pan de cebada, ostras, leche, miel y, probablemente, hongos alucinógenos.

Una vez se eliminaban todas las impurezas del cuerpo y del espíritu, el consultante, preparado para entrar en contacto con el inframundo, era conducido a otra sala en la que realizarían sacrificios y libaciones. Durante el recorrido por los pasillos laberínticos del recinto, el visitante tenía la impresión de vagar por el oscuro mundo del Hades hasta que finalmente atravesaba una última puerta para pasar a la sala central del santuario, donde entraría en contacto con los muertos que, una vez liberados de sus cuerpos, adquirían la capacidad de predecir el futuro y conceder favores.

Asistidos por una grúa con poleas y pesas, y sin que el consultante se diera cuenta, los sacerdotes comenzaban una increíble puesta en escena en la que los espíritus de los finados aparecían y conversaban con el visitante.

La forma laberíntica en la que las salas estaban dispuestas, la acción alucinatoria de algunos alimentos proporcionados para “alentar” la imaginación, la tensión psicológica de los ritos y las oraciones ininteligibles producían un resultado ya de antemano previsto: que el consultante tuviese la sensación de comunicarse con los muertos.

El complejo contaba con numerosas salas auxiliares cuadradas y pasillos laberínticos que rodeaban una estancia principal.

Una vez el procedimiento llegaba a su final, se guiaba al devoto hacia el corredor oriental externo, a una habitación aislada, para ser de nuevo purificado a lo largo de tres días y, finalmente, ser conducido al exterior del recinto, en la ladera oriental de la colina, donde se comprometería a mantener completo silencio respecto a lo que había visto y escuchado durante su presencia en el santuario del dios del inframundo. En el año 167 a.C., el recinto fue incendiado por los romanos junto a otras 70 ciudades epirotas, destruidas como castigo por su alianza con el rey Perseo de Macedonia.

Parcialmente habitado durante el siglo I y abandonado gradualmente poco tiempo después, durante la época posbizantina se erigió el monasterio de Agios Ioannis de Lykouresi en la parte central del complejo. Posteriormente, en la primera mitad del siglo XIX, se construyó una casa fortificada de dos plantas, de claro carácter defensivo.

En 1979, el estudioso alemán Dietwulf Baatz defendió una interpretación completamente diferente a la expresada por Dakaris, señalando que el complejo no era más que una granja privada y fortificada del periodo helenístico, basándose en el menor número de figurillas dedicadas a Perséfone encontradas, más abundantes en otros santuarios de menor importancia, y en los cientos de jarrones, pithoi, ánforas, cuencos y monedas junto con otros instrumentos agrícolas, de pesca y de carpintería hechos de hierro.

A pesar del punto de vista opuesto formulado por Baatz sobre los usos del complejo, el asentamiento permanece oficialmente identificado como el Nekromanteio de Aqueronte, y su conexión con el mito antiguo lo ha convertido en un lugar muy frecuentado y popular entre los visitantes.

Silvia Álvarez Martínez

* Artículo publicado en La Aventura de la Historia, número 236.

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