La bailarina Isadora Duncan supo instalar la danza en la gran fiesta de la Revolución. De modo sistemático fue despojando a la vida y al arte de sus adherencias marchitas para vestirlos del viento arrebatado de los límites últimos, donde habita la sensación de libertad. La Duncan fue una niña de voluntad extremada que, apenas cumplidos los diez años, permutó las sordas ataduras escolares por los vuelos de Mozart y de Schubert, para instalarse, en ocasiones, al borde de la revelación; para rozar, en otras, los mismos umbrales del infierno.
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