En el siglo XIX, la realeza del norte de Europa descubrió el Mediterráneo. La zarina María Alexandrovna fue a paliar sus tristezas a San Remo, en la Riviera italiana, y arrastró todo un mundo tras ella: Sissi emperatriz de Austria, el Rey Loco de Baviera, el de Bélgica, el príncipe de Gales… Debían decirse como Matisse al llegar a Niza: “Cuando comprendí que cada mañana iba a ver esta luz, no podía creer en mi fortuna”.

En la corte de Madrid las cosas pintaban de otra manera. Aquí hay luz, sol y calor en demasía, de modo que nuestros monarcas, cuando llegaba el verano, huían hacia el fresco del Cantábrico. Santander, San Sebastián o Biarritz serían inventos de la realeza española.

La emperatriz Eugenia de Montijo puso de moda Biarritz, en contraposición a la Costa Azul mediterránea, desde el comienzo de su reinado.
La emperatriz Eugenia de Montijo puso de moda Biarritz, en contraposición a la Costa Azul mediterránea, desde el comienzo de su reinado.

Los médicos tuvieron la osadía de mandar a Su Católica Majestad a los baños de mar. Isabel II, la reina-niña que ocupaba el trono desde los tres años, tenía problemas de piel, y unos doctores abiertos a la modernidad –ya en 1816 Ventura de Bustos había publicado Baños de río, caseros y de mar– le aconsejaron ir a la playa. En 1845, proclamada mayor de edad pero siendo en realidad una adolescente de catorce años, Isabel II inauguró los veraneos en San Sebastián, convirtiendo lo que hasta entonces era algo de excéntricos en una moda. La alta sociedad, que emula los usos de la realeza, comenzó a veranear en el norte.

“Baños de oleaje en el Sardinero”. Esta es la primera publicidad turística de España, aparecida en la Gaceta de Madrid en julio de 1845. Santander ­reaccionó así al saber que la reina iba de veraneo a San Sebastián, entablándose una feroz competencia entre las dos ciudades-balneario. Isabel II, que era caprichosa, contribuyó a la rivalidad alternando San Sebastián y Santander, cuando no le daba por irse a Lequeitio, que está en medio, en Vizcaya.

Precisamente se hallaba de veraneo allí cuando la alcanzó el Armagedón. “La temperatura en Lequeitio es realmente agradable, y la familia real, cada vez más complacida con tan excelente retiro, proyecta prolongar su estancia”, escribía el 5 de septiembre de 1868, a dos semanas de que cayese el trono, el corresponsal del Mémorial des Pyrénées, pues la prensa francesa cubría el regio veraneo español, muy relacionado con el de la familia imperial francesa en Biarritz.

Postal veraniega de Biarritz.
Postal veraniega de Biarritz.

No era una casualidad que Napoleón III veranease a unos kilómetros de la frontera española, sino la consecuencia de haberse casado con una andaluza. María Eugenia Palafox de Guzmán Portocarrero, conocida por Eugenia de Montijo, pertenecía a la Grandeza de España y, como tal, pasaba los veranos en el Cantábrico. Aunque Víctor Hugo pretendiera ser el descubridor de Biarritz, un recóndito pueblo de balleneros, sería la emperatriz Eugenia quien lo pusiera de moda desde el principio de su reinado, en competencia con la Costa Azul mediterránea. Eugenia se construyó una “villa” que llevaba su nombre, pero en realidad era un enorme palacio en forma de E, para que no quedasen dudas de quién decidía el destino de Biarritz.

Era frecuente que ambas monarquías hicieran excursiones al otro lado de la frontera, e Isabel II quedó con Napoleón y Eugenia en San Sebastián. Los recibiría el 18 de septiembre, y luego la reina española devolvería la visita en Villa Eugénie. Pero el 18 de septiembre el almirante Topete se pronunció en Cádiz, estalló la Gloriosa Revolución de 1868 (ver La Aventura de la Historia, número 239), e Isabel II perdió la corona. No hubo regio encuentro en San Sebastián, aunque sí en Biarritz, pero cuando la pareja imperial recibió a Isabel II en la estación de ferrocarril de La Negresse no venía de fiesta, sino de exilio.

La reina Victoria, la duquesa de Santoña y la condesa de la Maza practicando el deporte veraniego del "aeroplage" en la playa del Sardinero (Santander). En el óvalo, el infante Jaime.
La reina Victoria, la duquesa de Santoña y la condesa de la Maza practicando el deporte veraniego del “aeroplage” en la playa del Sardinero (Santander). En el óvalo, el infante Jaime.

Los lugares de veraneo fueron teatro ineludible de la historia de España. A Cánovas lo asesinaron en un balneario y Amadeo de Saboya pudo morir en Santander. Su reinado había empezado fatal, con el asesinato de Prim, pero aún pudo ir peor cuando fue de vacaciones a Santander en 1872. Lo alojaron en el palacio de la Aduana, recién pintado, y por la noche se intoxicó con las emanaciones y tuvo que salir al aire libre tosiendo y llorando. Luego se jugó la vida porque sí, en una hazaña de sportman. El rey, que se bañaba dos veces al día, tuvo la ocurrencia de nadar hasta la fragata Victoria, que montaba guardia en alta mar. Cortesanos y veraneantes lo vieron alejarse en las aguas, sin que nadie osara acompañarle, y tuvieron el alma en vilo hasta oír el toque de honores del cornetín del buque. Dando un salto de casi un siglo, en 1962, una célula anarquista le puso una bomba a Franco en el palacio de Ayete, su lugar de veraneo en San Sebastián, aunque falló el atentado porque Franco se fue a pescar en el Azor.

Volviendo a la belle époque, el norte sería escenario de un real culebrón más intenso que cualquier serie de televisión. Pese a que Eugenia de Montijo perdiera la corona, Biarritz mantuvo su carácter de balneario regio. La exemperatriz vendió en 1880 su famosa Villa Eugénie, que se convirtió en un hotel para monarcas, donde se alojaban la reina Victoria de Inglaterra o la emperatriz Sissi, y otras villas áulicas mantenían su estatus. En 1906, la princesa Federica, hija del rey de Hannover, recibió huéspedes de su rango en Villa Mouriscot: la princesa Beatriz de la Gran Bretaña, benjamina de la reina Victoria, acompañada de su hija Victoria Eugenia, llamada Ena, una joven de dieciocho años, considerada la princesa más bella de Europa.

El rey Alfonso XIII leyendo a bordo del yate "Giralda", durante un viaje entre Cantabria y el País Vasco.
El rey Alfonso XIII leyendo a bordo del yate “Giralda”, durante un viaje entre Cantabria y el País Vasco.

Federica de Hannover hacía de casamentera, pues enseguida apareció conduciendo un Hispano-Suiza el novio: el rey de España Alfonso XIII. El noviazgo oficial, por primera vez al alcance de los fotógrafos de prensa, se desarrolló entre Biarritz y San Sebastián. La madre de Alfonso, la antes reina regente María Cristina, se había construido una mansión de veraneo con magníficas vistas a La Concha, el palacio de Miramar, donde recibía a tomar el té a su futura nuera. Aquellas visitas no eran agradables, pues doña María Cristina era seca y aburrida con todo el mundo, pero encima detestaba a su futura nuera pues hubiera querido una novia católica. Si las visitas a la disgustada suegra no eran divertidas, peor sería el acto institucional en el que recibió el bautismo católico. “Terrible” y “horripilante”, fueron los calificativos con que Victoria Eugenia, que encima recibió el nombre de Cristina, describió el ritual, en el que ni siquiera permitieron que la acompañase su madre. Pero inmediatamente llegó a San Sebastián otro rey, su tío Eduardo VII de Inglaterra, para bendecir la conversión.

Victoria Eugenia le tomó asco a su suegra y a Miramar, y la beneficiada resultó Santander, donde veranearía la nueva pareja real. La ciudad le regaló al rey una magnífica villa de vacaciones, el palacio de la Magdalena, y a cambio la reina les enseñó sus soberanas piernas –tenía un tipazo–, pues fue la primera mujer en España en llevar un bañador “moderno”. Santander era una corte de verano de medio pelo, la Grandeza de España seguía veraneando en San Sebastián alrededor de doña María Cristina, mientras que a Alfonso XIII solo le siguieron aristócratas tronados y príncipes gorrones, los llamados “rainieros”. Una dudosa alteza oriental a quien el rey invitó a cenar comentó que ya nadie le discutiría su alcurnia, y Alfonso XIII, siempre zumbón, le desencantó: “No lo crea, todos saben que yo trato con mucha gentuza”.

El príncipe heredero Francisco José Otto y el archiduque Carlos Luis, hijos mayores de Zita, última emperatriz de Austria-Hungría, en Lequeitio (Vizcaya).
El príncipe heredero Francisco José Otto y el archiduque Carlos Luis, hijos mayores de Zita, última emperatriz de Austria-Hungría, en Lequeitio (Vizcaya).

Aunque el viejo gran mundo se hundiese en la Gran Guerra (ver La Aventura de la Historia, número 239), la cornisa cantábrica conservaría y ampliaría su carácter de lugar de veraneo real. A las dos cortes española de Santander y San Sebastián se unió Lequeitio, que volvió a albergar realeza de primerísima categoría, aunque viniera de limosna. Su Majestad Imperial y Apostólica Zita, última emperatriz de Austria-Hungría, y su numerosa prole de archiduquesitos se instalaron en el viejo palacio de Zubieta por caridad del rey de España. Y a Biarritz siguieron acudiendo Jorge V de Inglaterra, Leopoldo de Bélgica, Alejandro de Yugoslavia… Aunque también llegaron veraneantes de otro tipo, como el plaboy Porfirio Rubirosa o un tal Ho-Chi-Min, que sería el liquidador del Imperio francés. De ahí, a los tour-operators.

Luis Reyes

*Artículo publicado en La Aventura de la Historia, número 236.

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