Mueble de aseo o retrete de Fernando VII, de caoba y palosanto, seda, terciopelo y adornos de bronce.

La obra más extravagante de esa cueva de los tesoros que son los fondos del Prado ha reaparecido en el museo. Se trata de un pequeño trono real en maderas nobles y bronces dorados: el retrete de Fernando VII. Este mueble íntimo pero fastuoso, instalado en la exposición El gabinete de descanso de Sus Majestades, se ha convertido en la primera atracción de la muestra, por encima de la monumental Familia de Felipe V de Van Loo, o los retratos de la familia real de Goya, pues la exposición pretende reconstruir el salón que se habilitó en el ala sur del edificio, para que las personas reales tuviesen un agradable lugar de descanso e intimidad cuando visitaran el museo que acababan de fundar. Imprescindible para el cumplimiento de esa función fue instalar un retrete en una pequeña pieza aledaña.

El director del Real Museo de Pinturas (título inicial del Prado), que en aquellos primeros tiempos era un alto cargo palaciego, el duque de Híjar, gentilhombre Grande de España con ejercicio y servidumbre, encargó el retrete para Fernando VII a Ángel Maeso, ebanista de cámara del rey. Maeso, natural del cercano Valdemoro, era un gran artista cuya huella se encuentra en casi todos los Reales Sitios, destacando sobre todo las llamadas “habitaciones de maderas finas” de El Escorial. Para el trono privado del museo realizó en 1830 una delicada obra maestra de estilo neoclásico, en caoba y palosanto, forrada de seda y terciopelo y con adornos de bronce dorado, incluidos dos tritoncillos que sostienen los brazos del trono. Estos bronces son obra de José Leoncio Pérez, tallista de S. M. que ya había hecho los adornos de la cama de Fernando VII. La factura de Maeso fue de 3.486 reales, una bonita cantidad para la época.

Bacinicas

Piezas complementarias pero imprescindibles fueron “las bacinicas” que el proveedor de palacio Antonio Blanco cobraba a 280 reales. Se exponen dos, igualmente surgidas de los fondos del Prado, ambas de porcelana blanca con bordes dorados. Una es un orinal de caballero, la otra un bour­dalou, palabra francesa que designa un orinal femenino de forma oblonga, ergonómicamente diseñado para acomodarse al cuerpo femenino. Se dice que su etimología viene del nombre del padre Bourdaloue, un jesuita capellán de Luis XIV. Era un gran orador sacro y las damas de la corte llevaban un bourdalou a sus sermones, para orinar discretamente en el sitio y no perderse ni una palabra del jesuita.

Orinal femenino o «bourdalou», de porcelana blanca con filo dorado, manufactura de la Real Fábrica de La Moncloa, Madrid, Museo del Prado. A la izquierda, «La toilette intime», por François Boucher.

La habitacioncita del retrete mantiene, caso único en el Prado, su decoración original, la pintura de techo y paredes que realizó Francisco Martínez Salamanca en delicado estilo neoclásico, con trampantojos arquitectónicos y figuritas pompeyanas. En definitiva, el retrete de Fernando VII era un espacio refinado y lujoso, apropiado para recibir visitas según la costumbre de la corte francesa.

Un producto borgoñón

Y es que el retrete, “aposento pequeño y recogido en la parte más secreta de la casa”, como lo describió el Tesoro de la Lengua de Covarrubias en 1611, es un producto de la cultura palaciega francesa, aunque quizá sería más preciso decir borgoñona. Los retretes más antiguos de París están en la Tour de Jean Sans Peur (Torre de Juan Sin Miedo), casi único vestigio de arquitectura feudal que subsiste en la capital francesa.

Juan Sin Miedo fue un duque de Borgoña que rivalizaba con el rey de Francia y que a inicios del siglo XV se hizo el amo de París, hasta que fue asesinado en 1419. Su torre es lo que queda del Hotel de Borgoña, el castillo situado al borde Les Halles desde el que ejercía su poderío. El ducado de Borgoña era arquetipo de cortesía y refinamiento, y como demostración de ello han de interpretarse estos retretes, uno junto a cada habitación, que tenían asientos de terciopelo, paredes forradas de seda, calefacción y conducción interna de los desagües, que no vertían a la calle como era uso en la época, sino a un pozo negro.

Retrete de Juan Sin Miedo, París, Tour de Jean Sans Peur.

También en España aparecieron los retretes palaciegos en ese siglo XV, como sabemos por Gonzalo Fernández de Oviedo. En 1491, este vástago de familia hidalga asturiana entró al servicio del heredero de los Reyes Católicos, el príncipe don Juan, como mozo de cámara. Ambos tenían trece años, surgió intimidad entre los muchachos y permanecieron juntos hasta la muerte de don Juan a los diecinueve años, en 1497. El hidalgo Fernández de Oviedo se benefició de una educación de príncipes, pues asistía a las lecciones que recibía don Juan de su preceptor, y así se convirtió en humanista y cortesano. Fue el primer “cronista de Indias”, historiador, jurista, botánico, militar y gobernador de Santo Domingo y La Española, y al final de su aventurera vida publicó, en 1548, el Libro de la Cámara Real del príncipe Don Juan, un completísimo tratado sobre la corte principesca de finales del XV, donde da todos los detalles sobre los retretes de la realeza.

“En el retrete estaba un bacín de plata… que llaman el oculto”, explica Fernández de Oviedo, lo que no deja lugar a dudas sobre la función del cuarto. Sorprendentemente añade que el príncipe don Juan “almorzaba en el retrete”, lo que supone un agradable lugar, pues nadie le molestaba. La presencia de cortesanos alrededor de reyes y príncipes convertía el retrete en un oasis de soledad, de ahí sus usos diversos: comedor y evacuatorio. Explica también Fernández de Oviedo que “muy honrado oficio es el de mozo de cámara del retrete, y de mucha confianza”, siendo un hidalgo castellano quien lo desempeñaba. Lo que hoy nos parece contradictorio era la esencia de los retretes palaciegos, privilegio y muestra de su condición de los más nobles y poderosos, como aquellos que el duque de Nájera revistió “con tapicerías de hilo de oro y seda” cuando Carlos V y el príncipe heredero, el futuro Felipe II, visitaron su castillo. Y es que, como decía el más fino observador de la sociedad de aquel tiempo, Montaigne, “aun puestos en el más elevado trono de este mundo, menester es que nos sentemos sobre nuestro culo”.

Luis Reyes Blanc

* Artículo publicado en La Aventura de la Historia, número 249.

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