Las ruinas monumentales que han llegado hasta nuestros días son unidades de medida de la historia. A veces descarnadas, a veces pintorescas, no acaban de desprenderse de la nostalgia romántica sobre la fugacidad de la vida. El poeta Rodrigo Caro expresó ese lamento sobre que cualquier tiempo pasado fue mejor en sus famosos versos: “Estos, Fabio, ¡ay dolor!, que ves ahora/campos de soledad, mustio collado, /fueron un tiempo Itálica famosa”. Convenimos en que la lección fértil de las ruinas es la de que todo pasa. Pero, sin negar su aire decadente, veámoslas en positivo. Disfrutemos de su contemplación. Reconstruyamos los hechos y los pueblos que crearon esas obras.

Nuestra propuesta para apreciarlas en su esplendor se abre a todo un abanico de vestigios: yacimientos, monasterios, castillos, minas, industrias fabriles y estaciones de ferrocarril, entre otros. Ahora bien, estas ruinas tienen en común una memoria vívida, pues como decía Vito Fumagalli en su libro Las piedras vivas: “Las piedras (de la antigüedad) eran sagradas porque custodiaban sepulcros y huesos de muertos. Las piedras “vivían”, suscitaban una angustiosa sensación de miedo y atracción, y “exigían” que se les devolviese la vida”. En este decálogo de ruinas fértiles les devolvemos la vida para disfrute de los lectores.

1. Numancia (Soria)

Cuando Cervantes escribe hacia 1585 su tragedia La Numancia, este episodio bélico del siglo II a.C. era ya sinónimo de libertad: “Decidles (a los romanos) que os engendraron/libres, y libres nacisteis/y que vuestras madres tristes/también libres os criaron”. El asedio de las legiones de Escipión Emiliano a este poblado celtíbero culminó en el suicidio de sus vecinos antes de rendirse al invasor. Esta hazaña, recogida desde la crónica de Tito Livio hasta la Estoria de España de Alfonso X, acuñó la expresión “resistencia numantina”. El actual yacimiento arqueológico, en una loma de Garray, cerca de Soria, sigue sacando a la luz nuevos restos campaña tras campaña. Pero desde el mismo desenlace del sitio, Numancia, más que unas ruinas, es un símbolo de la lucha de un pueblo por su libertad.

Yacimiento de Numancia.
Yacimiento de Numancia.

2. Castros de Santa Tecla (Pontevedra)

Desde la cima del monte de Santa Tecla, sito en el municipio de La Guardia (Pontevedra), se domina la desembocadura del río Sil en el Atlántico. Al ser un enclave estratégico, el lugar ha estado habitado desde antiguo, como demuestran unos petroglifos de hace dos mil años. Sin embargo, la joya de este yacimiento son los castros de un pueblo celta y galaico que los poblaron entre el siglo I a.C. y la siguiente centuria, hasta que sus habitantes bajaron a los valles durante la romanización de la dinastía Flavia. Este recinto amurallado custodia cabañas de piedra, cuya planta era circular y los techos de paja, formando calles, plazas y espacios de culto. Un museo muestra los hallazgos materiales de las excavaciones. Del mismo modo que una ermita medieval tachonada de marcas de cantería, atestigua el uso del monte para las romerías.

Castro de Santa Tecla.
Castro de Santa Tecla.

3. Las Médulas (León)

Despiertan las Médulas sentimientos encontrados. El oro y la sangre abrieron sus heridas en el paisaje. El primero porque hizo de ellas la mayor mina aurífera del Imperio romano, empezando a explotarse en tiempos de Octavio Augusto (26 a.C.) hasta agotarse. Y la sangre porque una numerosa mano de obra esclava dejó su vida en el empeño. El sistema de extracción consistió en el derrumbe paulatino de los Montes Aquilanos. El agua embalsada de los ríos Duero y Sil, a su paso por la comarca leonesa del Bierzo, se canalizaba hasta meterla a presión en las galerías. Las avalanchas lo mismo arrastraban la tierra arcillosa que a los mineros. De ahí que Enrique Gil y Carrasco escriba en El señor de Bembibre que en estos parajes “la magnificencia de la naturaleza y el poder de los siglos campean sobre las ruinas de la codicia humana y sobre la vanidad de sus recuerdos”.

Las Médulas.
Las Médulas.

4. Las fábricas de Béjar (Salamanca)

La villa de Béjar (Salamanca), que había sido de realengo desde su fundación, pasó a convertirse en señorío laico mediante una permuta entre Enrique III y la casa de Zúñiga. La vocación ganadera de la tierra casaba con estar en un cruce de cañadas reales por donde pasaban las cabañas trashumantes. El propio duque de Béjar fue uno de los “hermanos de la Mesta” más poderosos. En 1691, la duquesa hizo venir seis maestros flamencos para enseñar el oficio de la tejeduría fina a los naturales, arraigando una manufactura de lujo que trabajaba la apreciada lana merina. En seguida se construyeron lavaderos, tintes y secaderos en el curso del río Cuerpo de Hombre. De esta forma, la producción textil bejarana continuó desarrollándose hasta su crisis en el siglo XX, pasando a ser hoy un ejemplo de arqueología industrial. Un patrimonio de fábricas y maquinaria que un día hicieron del lugar una próspera ciudad pañera.

Las fábricas de Béjar.
Las fábricas de Béjar.

5. Canal de Aragón

El Canal Imperial de Aragón, junto a su hermano de Castilla, es una de las mayores obras de ingeniería hidráulica de nuestra historia. Los gobernantes ilustrados del siglo XVIII miraron a la red de canales de Francia e Inglaterra para fomentar la agricultura. De manera que el marqués de la Ensenada, padre del famoso catastro, convenció a Fernando VI para realizar esta reforma en las comunicaciones fluviales. En 1753 comenzó a excavarse el canal de Castilla y, en 1771, lo hizo el de Aragón. En ambos casos se perseguía el suministro de riego a campos de secano, una fuente de energía para molinos y hacer navegables los ríos para obtener una salida al mar. Del proyecto aragonés quedan las esclusas y las zonas de riego que, con sede en Zaragoza, gestiona la Confederación Hidrográfica del Ebro.

El Canal Imperial de Aragón.
El Canal Imperial de Aragón.

6. Monasterio de Sahagún

A finales del siglo IX se edificó en Tierra de Campos una capilla donde habían sido martirizados los hermanos Facundo y Primitivo. Destruida por una razia musulmana, en el año 904 Alfonso III donó el solar a unos religiosos huidos de Córdoba. Más tarde, en 1080, el abad Bernardo de Cluny introdujo la regla benedictina e inició la expansión del que llegaría a ser uno de los monasterios más poderosos de España. En paralelo, al calor de las peregrinaciones, nació la ciudad de Sahagún, asentada en el itinerario del Camino de Santiago. De resultas, se produjo durante siglos un choque de jurisdicciones eclesiástica y municipal que era de realengo. Al punto de que, con la desamortización de 1835, los vecinos se llevaron sillares y columnas dejando apenas el arco de San Benito, la capilla de San Mancio y parte del molino sobre el río Cea. Tal fue el odio acumulado fuera de las tapias monásticas.

Monasterio de Sahagún.
Monasterio de Sahagún.

7. Estación de Canfranc (Huesca)

Las estaciones de ferrocarril nacieron como catedrales de la revolución industrial. Algunas de ellas comunicaban las provincias con las capitales. Otras enlazaban países sobre la raya fronteriza. Tal es el caso de la de Canfranc (Huesca) que, asentada en la divisoria pirenaica, se inauguró en 1928 con el objetivo de unir España y Francia. Desde entonces, el trasiego de viajeros y la fama de parada de espías hicieron de ella pasto de leyenda. En particular, durante la II Guerra Mundial, cuando vio transitar el wolframio que el régimen franquista vendía a Hitler para reforzar el acero de los tanques Panzer, a cambio de las toneladas de oro de Suiza con las que se pagaba tan codiciado mineral. Una iniciativa reciente está recuperándola como centro museístico y, al igual que otras ruinas fértiles, devolverle la vida para nuestro disfrute.

Estación de Canfranc.
Estación de Canfranc.

8. Medina Azahara (Córdoba)

La leyenda popular dice que la ciudad palaciega de Medina Azahara (“La ciudad brillante”, en árabe) fue un regalo de Abderramán III a su mujer favorita, Azahara. La historia es más prosaica. Al proclamarse primer califa en 929, el rey musulmán quiso construir una capital a imagen de su poder, en lo que sería una suerte de “nueva Medina”. Los cristianos estaban haciendo lo mismo, y cada poco bautizaban lugares como “nueva Jerusalén”. De esa forma, los omeyas de al-Ándalus (musulmanes de la rama suní) afirmaban su superioridad sobre los fatimíes del norte de África (musulmanes de la rama chií). El resultado fue todo un complejo refinado, dispuesto en tres terrazas, que contiene viviendas, mezquitas y, sobre todo, un lujoso alcázar real amenizado por un jardín solo digno de un soberano.

Medina Azahara.
Medina Azahara.

9. Minas de Almadén (Ciudad Real)

El mayor yacimiento de mercurio ha sido el de las minas de Almadén. Este mineral, mezclado con el azufre, produjo el apreciado cinabrio. La explotación se inició en el siglo IV a.C. a cargo de los cartagineses, se intensificó durante la romanización y la continuaron musulmanes y cristianos en el Medievo. Ahora bien, su punto álgido se dio en el siglo XVI al difundirse el “método de patio”, o amalgama del azogue para separar la plata de la ganga. En seguida se generó un circuito de mercurio que, embarcado en la Carrera de Indias, llegaba a las minas americanas de México y Perú. Al convertirse en un bien muy codiciado, los banqueros Függer obtuvieron de Carlos I el arriendo de Almadén desde el año 1525 en pago a los préstamos que le habían adelantado. Su Parque Minero muestra hoy las entrañas de las minas más antiguas del mundo.

Minas de Almadén.
Parque minero de Almadén.

10. Castillo de Calatañazor (Soria)

La Reconquista hizo brotar un paisaje bélico erizado de castillos y alcazabas. La repoblación redibujó el mapa de unas fortalezas que cambiaban de dueño. La de Calatañazor, también conocida como el castillo de los Padilla, está situada en la cabeza de una Comunidad de Villa y Tierra soriana. Encaramada a un nido de águilas, aún sobreviven la torre del homenaje y algunos lienzos de muralla, desde donde se divisa el valle de la Sangre. Esta llanada, según la tradición, fue escenario en el año 1002 de la batalla entre huestes castellanas y leonesas y tropas árabes. A resultas de esta derrota, Almanzor, herido en el cuerpo y humillado en el ánimo, fue a morir a la vecina Medinaceli. La leyenda dice que un enigmático hombre recorría Córdoba voceando: “En Calatañazor Almanzor perdió el tambor”.

Catillo de Catalañazor.
Catillo de Catalañazor.

Pedro García Martín

* Artículo publicado en La Aventura de la Historia, número 238.  

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