“Votes for women! ¡Votos para las mujeres!” La consigna de las sufragistas, coreada tres veces a voz en grito por miles de gargantas enfervorizadas, atronó entre las campas y los arbolados senderos del Hyde Park londinense, poniendo así un vibrante broche al mitin más multitudinario celebrado hasta la fecha en el famoso pulmón verde de la capital británica. Aquella soleada mañana del domingo 21 de junio de 1908, la imponente concentración en favor del derecho al sufragio de las mujeres –más de un cuarto de millón de manifestantes, como confirmaría al día siguiente en su crónica el diario The Times– era la masiva respuesta del movimiento en favor de la participación política femenina ante la empecinada negativa a concederla del Gobierno del Partido Liberal.

Los Whigs, tanto el primer ministro Herbert Henry Asquith, en el poder desde el 5 de abril de aquel mismo año, como otros distinguidos parlamentarios, se oponían frontalmente a que sus conciudadanas adquirieran estas prerrogativas, frustrando así las esperanzas de quienes todavía recordaban que, en 1866, habían sido precisamente notables miembros de ese partido –el filósofo y economista John Stuart Mill, autor de El Sometimiento de la Mujer (1869), y Henry Fawcet, más tarde esposo de la líder sufragista moderada Millicent Garret Fawcet– los autores de la primera propuesta en los Comunes, avalada por las firmas de 1.499 mujeres, para obtener el voto sin distinción de sexo.

El masivo acto, aunque sus participantes entonces lo ignorasen, sería el último de carácter unitario que realizarían las sufragistas británicas, afiliadas las unas a organizaciones moderadas, otras a grupos más radicales, antes del estallido de la Primera Guerra Mundial, contienda tras la que finalmente, en 1918, las mujeres obtendrían tan reclamado derecho. Supuso además el espectacular triunfo de la estrategia propagandística desarrollada por la WSPU (Women Social Political Union), la Unión Social y Política de las Mujeres, fundada tan sólo cinco años antes, en Manchester, por Emmeline Pankhurst y sus hijas Christabel y Sylvia, entonces en el cénit de su prestigio e influencia. El grupo liderado por las Pankhurst había venido a revolucionar los métodos gradualistas de la mayoría de entidades feministas federadas en la NUWS (National Union of Women’s Suffrage), la Unión Nacional por el Sufragio de las Mujeres, constituida en 1897 y que en la primera década del siglo XX agrupaba ya a casi un centenar de asociaciones.

Una vida por la causa

Emmeline –nacida Goulden en Manchester, en 1858– era la viuda del abogado Richard Pankhurst, colaborador de Stuart Mill y defensor como éste de los derechos sociales y políticos de las mujeres. Había militado, como su marido, en el Partido Liberal y cooperado en la fundación, en 1892, de la Women’s Franchise League, Liga por el Sufragio femenino, que consiguió, en 1894, el derecho de las mujeres a participar en algunas elecciones de carácter local. Incluso había ocupado algunos cargos municipales en Manchester entre 1895 y 1903. Este último año, Emmeline, que había enviudado en 1898, rompió con los liberales y marchó a Londres donde, junto con sus hijas y contando con la colaboración de algunas mujeres afines al Partido Laborista, fundó la WSPU.

Sin embargo, los intentos para que este partido asumiera la reivindicación del voto de las mujeres y la defendiera en la Cámara de los Comunes también resultaron infructuosos, de modo que, ya en la campaña electoral de 1905, las militantes de la WSPU pasaron a la acción: se manifestaban por las calles, interrumpían los mítines políticos e interpelaban a los candidatos sobre su postura acerca del voto femenino, se apuntaban a cualquier provocación y buscaban el enfrentamiento directo con la policía, que no las trataba con suavidad, pues así se aseguraban un puesto relevante en los titulares de prensa. Fue el Daily Mail de Londres el primero en motejarlas, despectivamente, como suffragettes, apelativo que haría fortuna y con el que, en adelante, serían reconocidas, tanto por partidarios como detractores.

La líder del movimiento sufragista Emmeline Pankhurst (izquierda) junto a sus hijas Christabel (centro) y Sylvia (derecha) en la estación de Waterloo (Londres), 1911.

A partir de estas actuaciones, menudearon sus choques con las fuerzas del orden, y muchas sufragistas acabaron dando con sus huesos en la cárcel, especialmente la de Holloway, donde algunas se declararon en huelga de hambre (una influencia del movimiento nacionalista irlandés), siendo forzadas a comer por sus carceleros, lo que aumentó el apoyo popular hacia su causa.

En este contexto de radicalización, pero de una cierta esperanza ante el recién constituido Gobierno liberal de Asquith, se había organizado la gran concentración pro sufragio femenino del 21 de junio. En The Suffragette Movement (1931), un relato a la vez histórico y autobiográfico, Sylvia Pankhusrt describe la efervescencia de su meticulosa preparación logística y estratégica, el recurso a las más modernas técnicas propagandísticas, el éxito de la convocatoria, su impecable desarrollo y, también, el decepcionante resultado oficial, tras tantísimo esfuerzo.

Hacia el gran día

La WSPU había movilizado a todas sus militantes en los más diversos lugares de Gran Bretaña. No era para menos, pues había que enviar comunicados, imprimir miles de pasquines y octavillas y confeccionar ropajes, escarapelas y cintas con sus colores distintivos (púrpura de la dignidad, blanco de la pureza y verde de la esperanza). Los cines anunciaban el programa de la manifestación, circulaban autobuses engalanados con publicidad e incluso surcó el Támesis un pequeño vapor con sufragistas a bordo que, tras atracar junto al Parlamento, invitaron a los diputados a tomar el té, intentando ganarlos de forma tan british para su causa.

Se distribuyeron por todos los barrios de Londres, y en otras 70 ciudades del país, mapas para guiar a las manifestantes hacia el lugar del mitin, una milla cuadrada de Hyde Park a donde concurrirían siete grandes desfiles. Un ejército de voluntarias acompañó a las sufragistas de provincias llegadas en 30 trenes especiales y estableció el servicio de orden. Bandas de música amenizaban las comitivas, cada una de las siete precedida por un coche de caballos donde viajaban las personalidades que apoyaban la iniciativa.

Sufragistas británicas en Caxton Hall, 1908.

Más de doscientos mil manifestantes, tres mil portaestandartes, diez grandes pancartas, quinientas más pequeñas y miles de banderolas tricolores; mujeres de blanco y hombres con sombreros de paja. Una marea humana alcanzó Hyde Park para escuchar los discursos de sus líderes, y su lema, voceado en el recorrido, se repitió al final: Votes for women!. Pero, tras la emoción y la euforia, el brusco desencanto. Apenas terminado el mitin, Christabel Pankhurst corrió a entregar a Asquith la Declaración de Hyde Parky le preguntó qué se proponía hacer el Gobierno ante tamaña demostración en favor del voto femenino. La respuesta, inmediata y escueta, no pudo ser más desalentadora: “El primer ministro no tiene nada que añadir a sus declaraciones [contrarias] del 20 de marzo”.

A partir de ahí, las sufragistas afines a las Pankhurst radicalizaron sus acciones: piedras contra los cristales de Downing Street, encadenamientos en las verjas del Parlamento, rotura de escaparates, incluso un suicidio bajo los patas de un caballo en el Derby de Epsom. Mientras, en la propia WSPU se generaba una gran tensión y se acusaba a las Pankhurst de métodos dictatoriales. Emmeline fue encarcelada y, puesta en libertad, marchó a los Estados Unidos para realizar una gira de conferencias, regresando ya en vísperas de la I Guerra Mundial.

A pesar de estos singulares golpes de efecto, ya nada sería igual: el gran boom mediático del sufragismo británico había acabado estallando ante la férrea resistencia del establishment. Sin embargo, su esfuerzo no fue en vano. La causa del voto para las mujeres estaba irremisiblemente inscrita en el calendario y, tras la Gran Guerra, en 1918, el Reino Unido reconocería ese derecho.

Asunción Doménech

*Artículo publicado en La Aventura de la Historia, número 117.

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