La humanidad desde la Prehistoria ha creído en fuerzas sobrenaturales, representadas a través de cultos religiosos oficiales o en prácticas privadas como la brujería. La magia en la antigua Roma era muy común al ser practicada por todos los estratos sociales. El ciudadano romano estaba convencido de la existencia de los daimones, espíritus y fuerzas ocultas procedentes del Hades que podían actuar en la vida cotidiana de las personas si eran invocados. ¿Qué las diferenciaba del panteón tradicional? Su prohibición, pero no por considerarla un fraude sino por el miedo a las consecuencias que podían acarrear su práctica.
En la tardoantigüedad se percibe un auge de dichas prácticas mágicas. La causa principal se encuentra en el declive de la religión tradicional que condujo a la búsqueda de nuevas creencias, entre las que se destacan los cultos mistéricos e incluso el cristianismo. Ambas respondían a los deseos individuales de no quedar indefenso espiritualmente.

Gracias a las fuentes escritas se identifican dos tipos de magia: la magia blanca o theurgia, dedicada a la protección, y la magia negra o goetheia, que acomete desgracias y tormentos para los enemigos. La magia negra fue una práctica catalogada como infernal y peligrosa desde los comienzos de la historia de Roma al ser prohibida en diversos edictos como la Ley de las XII Tablas del siglo V a.C. En la tardoantigüedad particularmente destacan las leyes de Constancio II o el Código Teodosiano, que prohibía sacrificios nocturnos, el saqueo tumbas y la realización de conjuros, dándose una práctica frecuente de brujería que preocupó a las instituciones.
Numerosas fuentes demuestran cómo los romanos acudían a brujas o sagae que tenían montado todo un negocio en torno a una puesta en escena que impactase al cliente, ingredientes exóticos de difícil acceso, y conjuros recitados en un lenguaje desconocido. Escritores romanos como Horacio, Propercio o Apuleyo nos describen mujeres marginadas, ancianas de rostro cadavérico, vestimenta oscura y pelo suelto desaliñado lo cual iba en contra de los estereotipos de la mujer romana. Algunas veces los autores las describen como mujeres lujuriosas y ebrias, ridiculizando su visión para evitar el temor que la población tenía hacia ellas. Sin embargo, el verdadero peligro de las sagae residía en que podían enseñar sus prácticas a otras mujeres suponiendo un peligro para la virtuosidad femenina y un daño moral fuera cual fuese su estrato social. Un famoso ejemplo fue el caso de Germánico, el popular general romano considerado el heredero de Augusto, quien fue víctima de un envenenamiento y de prácticas de magia negra.
Maleficios y daimones
Los motivos de los maleficios o invocación de los daimones son muy variados: el desearle el mal o la muerte a alguien, el amor, el castigo a los ladrones o incluso la desgracia de los rivales de los aurigas o gladiadores del que se había apostado. La principal fuente arqueológica de la práctica de conjuros se encuentra en las defixiones o tablillas de plomo. En ellas se inscribía de manera permanente el nombre de la persona a la que se maldecía, lo cual era considerado efectivo para echar el mal de ojo y la invocación a los espíritus malignos que harían posible la desgracia deseada. Se usaba preferentemente en plomo ya que es un material duradero, frío y genera un sonido desagradable al escribir en él, lo que puede compararse con la insensibilidad que se pide para aquellos a quienes se maldice. Muchas de ellas están escritas en griego o en bilingüe o incluso en disposiciones imposibles para que la mayoría de los lectores no la entendiera.
Estas tablillas se hallan por todo el imperio en contextos estratégicos para el éxito de la maldición: necrópolis, pozos, fuentes, manantiales, cimentaciones de las viviendas o templos. En la provincia de la Bética han sido halladas casi una decena de ellas, entre las que se destaca la documentada en la necrópolis de Carmona (Sevilla) por su alto contenido impetuoso:
Os ruego, dioses infernales, que recibáis de Luxia, hija de Aulo Antesto, su cabeza, su corazón, su inteligencia, su salud, su vida, todos sus miembros; que tenga enfermedades todos los días y, si lo hacéis, el voto que os hago lo cumpliré por vuestros méritos.



Del mismo modo, las maldiciones son fuentes de información altamente valiosas en el registro arqueológico ya que las defixiones destinadas a los castigos de los ladrones pueden llegar a indicar el valor funcional y personal que tenían diversos objetos. En Britania se han documentado un centenar de defixiones de este tipo en el Templo de Sulis Minerva ubicado en Bath. Todas ellas aparecieron en ninfeo natural de agua caliente, lo que era una vía de contacto con el reino del Hades. Entre ellas una defixio, fechada entre los siglos III-IV, demanda el mal para el ladrón de unos guantes, prenda no hallada hasta el momento arqueológicamente como fuente textil ni aparece en la iconografía de mosaicos. Sin embargo, gracias a la defixio se puede identificar la importancia que tenía esta prenda ya en época romana.
La lámina de plomo que se da a Mercurio para que tome venganza por los guantes que se han perdido; que tome sangre y salud de la persona que los ha robado, que proporcione lo que pedimos al dios Mercurio, lo más rápidamente posible para la persona que ha tomado estos guantes.
Rituales de brujería en la tardoantigüedad
Junto a las maldiciones se podían ubicar figuras pequeñas vudú que eran de plomo, arcilla o cera, que completaban el ritual mágico de someter a la persona representada a la voluntad del demandante. Una de ellas es la conocida muñeca vudú del siglo IV hallada en Antinoopolis y conservada en el Museo del Louvre. La muñeca está desnuda, con las extremidades atadas y perforada con trece clavos en partes sensibles como los oídos, la boca, ojos y vulva. La original fue hallada en un jarrón de terracota con una tablilla de plomo que contiene un hechizo de amor escrito en griego. El fin de la maldición sin duda no es el deseo de amor sino de sumisión de la amada.

Una de las prácticas más temidas en la tardoantigüedad fue la nigromancia, la consulta al espíritu de los difuntos con el objetivo de predecir el futuro. Esta práctica supuso el expolio de tumbas, lo cual fue prohibido por diversos emperadores como Constancio II o Teodosio. Una fuente escrita fundamental son los Papiros Mágicos de París, un elaborado manual mágico utilizado en el Alto Egipto, área de poco control romano a finales del siglo IV d.C. En los papiros aparece una receta indicando la coronación de un skyphos o cráneo con una hiedra, el canto de palabras mágicas sobre él y luego la inscripción en su frente con una tinta elaborada con sangre de serpiente y hollín de orfebre. El fantasma, tras ser amenazado por si no quisiera colaborar, solía aparecer en sueños.
A pesar de la caída del Imperio Romano de Occidente, las prácticas de brujería pervivieron en el mundo cristiano bajo diferentes nombres y fueron compartidas por igual por paganos y cristianos, por tanto, la Iglesia incluyó la magia en el cristianismo. Si un fiel era buen cristiano, Dios lo protegería de la influencia de los daimones o demonios, y aun así podría estar a su merced.

Datos útiles
Brujería en la antigua Roma
Charla divulgativa histórica de XR EXPERIENCES impartida por Patricia Mogaburo
Miércoles 15 de abril a las 18:00 horas
Para saber más
ALVAR NUÑO (2018): “Los estudios sobre magia en Hispania romana desde el cambio de era (2000-2016)”, Revista de Historiografía, n. 28.
ARANDA GARCÍA (2017): “Diosas y hechiceras: la visión de la magia y la mujer en la antiguedad grecorromana”, Raudem, 4, pp. 130-154.
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SÁNCHEZ NATALIAS, Celia (2013): “Le defixiones durante la Tarda Antichità e la loro iconografia”. Chaos e Kosmos XIV.
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