Intercambio cultural: viajes de ida y vuelta

El Renacimiento entró en España por los vínculos entre los marinos castellanos y aragoneses con Génova y Nápoles. Luego, los Austrias acumularían tizianos, veroneses y rafaeles, mientras en Italia se imprimían novelas picarescas y libros de caballería. Repasamos las líneas maestras de este fecundo diálogo cultural

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La visión cultural de los otros siempre tiene un fondo de prejuicios. La de los intelectuales hispanos e italianos en los siglos modernos fue disimétrica. El embajador Francesco Guicciardini opinaba en su Relazione di Spagna (1513) que los españoles “no están inclinados a las letras”.

Por el contrario, el poeta Juan Boscán en su Epístola a la duquesa de Soma (1526) elogiaba a Italia como “tierra muy floreciente de ingenios, de letras, de juicios y de grandes escritores”. A su vez, sus colegas de los países protestantes del centro y el norte de Europa despreciaban a los pueblos mediterráneos. La alteridad es cualquier cosa menos imparcial. Los asuntos de Italia pronto concitaron el interés de los monarcas españoles.

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Pedro Garcia Martin
Pedro Garcia Martin
Catedrático de Historia Moderna, Universidad Autónoma de Madrid

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