“A estas alturas, creo que no es posible acabar con la Leyenda Negra”, reflexiona Martínez Laínez.
“A estas alturas, creo que no es posible acabar con la Leyenda Negra”, reflexiona Martínez Laínez.

El paso de los siglos no cambia la persistencia de la Leyenda Negra. Pero tampoco ha podido acabar con la imagen legendaria de los tercios. Fernando Martínez Laínez (Barcelona, 1941) regresa con su última novela, La senda de los tercios. Las lanzas (Ediciones B), a uno de los periodos que mejor conoce, el siglo XVII español.

Pregunta. ¿Qué decidió a Ambrosio de Spínola a entregar su vida e invertir su fortuna familiar en la causa de la Monarquía Hispánica?

Respuesta. Ambrosio de Spínola era, en muchos aspectos, un espíritu quijotesco. Tenía una visión del mundo idealista, casi medieval-caballeresca. Siendo poseedor de una inmensa fortuna, su obsesión manifiesta siempre fue emular el espíritu guerrero de su hermano menor, Federico (que murió combatiendo por la causa española), y convertirse en una gran figura militar, como Julio César, su maestro en la historia de la guerra. Una vez que tuvo claro cuál iba a ser su destino, sintió una especie de “flechazo” de amor con España, la mayor potencia militar de la época, y sacrificó el dinero a su vocación de estratega sin dudas ni vacilaciones. La gloria militar fue lo que más le importó, y su tenacidad en este sentido lo llevó a la ruina personal. Sus últimas palabras (“honor y reputación”), cuando ya estaba a punto de morir, reflejan plenamente su carácter.

P. ¿Qué aportó a los tercios?

R. Fundamentalmente, recursos y dinero, el nervio de la guerra, pero esto no hubiera servido de mucho de no ser porque tenía un enorme conocimiento del arte bélico y gran percepción de los problemas logísticos. Muy mesurado y sobrio a la hora de actuar, supo rodearse de buenos oficiales y de ingenieros de talento para resolver las dificultades relacionadas con la expugnación de ciudades, donde se decidía la guerra en los Países Bajos. La gente de los tercios le seguía y respetaba porque nunca pedía a sus soldados más de lo que él mismo se exigía, y solía pagar puntualmente lo convenido. Los conocimientos financieros y mercantiles, heredados de su familia en Génova, sin duda le sirvieron de balón de oxígeno para que los tercios pudieran seguir combatiendo.

P. ¿Su figura es el epítome del cénit del Imperio… pero también de su caída?

R. Así es. Cuando Spínola toma el mando, la guerra de Flandes había entrado en una fase de equilibrio inestable. España contra medio mundo. La situación estaba al límite, con un frágil empate en el aspecto militar y, sobre todo, en el aspecto económico. Pero la contienda flamenca era un agujero negro permanente de dinero, y cuando el dinero se agotó, pese a que los tercios siguieron combatiendo, la caída resultó inevitable y al final la guerra contra Francia nos dio la puntilla.

En "Las lanzas", de Velázquez, Justino de Nassau, gobernador holandés de Breda, entrega las llaves de la ciudad a Ambrosio Spínola y sus tercios, en 1625.
En “Las lanzas”, de Velázquez, Justino de Nassau, gobernador holandés de Breda, entrega las llaves de la ciudad a Ambrosio Spínola y sus tercios, en 1625.

P. ¿Por qué su nombre, y el de tantos protagonistas de aquellos años, es hoy prácticamente desconocido?

R. Es el sino de una España que parece haber olvidado casi todo sobre sí misma. Spínola, en efecto, es un gran desconocido, pero sucede igual con otros muchos personajes de nuestra historia, hoy por completo ignorados. Eso es algo que influye poderosamente en nuestro descrédito histórico y nos ningunea como nación. Nuestra desquiciada tendencia a la desunión y el tribalismo tiene mucho que ver en esto. En el caso de Spínola, además, el hecho de que fuera genovés, y por tanto un extranjero en España, también dio pábulo a muchas envidias y fue poco a poco minando su prestigio, y en cuanto le llegaron los primeros reveses quedó postergado. A eso contribuyó además el conde-duque de Olivares, un “fantasmón” histórico sin real talento político.

P. ¿Es posible acabar con la Leyenda Negra?

R. A estas alturas creo que no. Es como una enfermedad crónica que habrá que ir soportando. Hay mucha hostilidad heredada y muchos intereses académicos y rutina pedagógica dirigidos a mantener el cliché de la Leyenda Negra, no solo en el extranjero, sino también (y esto es lo peor) en la propia España. Los españoles tendríamos que desintoxicarnos histórica y culturalmente a fondo, y llevar a cabo una revolución cultural de nuestro propio pasado. Algo que quizá no es imposible, pero que hoy resulta utópico.

P. ¿Cuáles fueron los pilares del éxito de los tercios?

R. Los tercios eran las mejores unidades de infantería de la época, no solo en el plano puramente bélico, sino también en cuanto a organización, técnica y moral combatiente. Había en este sentido una gran tradición guerrera desde la época de los Reyes Católicos, cuando se culmina la unión de los reinos de España y el poder hispano se abre a Europa y el Mediterráneo. Los tercios disponían además de una gran cantera de buenos jefes y soldados que, por un momento, parecía ina­gotable. Fueron tiempos en los que incluso lo imposible parecía posible. Pero todo, al final, se lo llevó el viento de la falta de hombres y dinero. Como dice Alonso de Montenegro, uno de los personajes de Las lanzas, “la suerte de cada uno es su leyenda, pero todas las leyendas acaban”.

Óscar Medel

*Entrevista publicada en La Aventura de la Historia, número 228

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